Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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El coraje nuestro de cada día

“Solo cabe progresar cuando se piensa en grande; 

Solo es posible avanzar cuando se mira lejos” 

Ortega y Gasset

Los psicólogos Dollard & Miller crearon una de las teorías más antiguas de la psicología contemporánea sobre la agresión. En el 1939, establecieron que la frustración era la causa de toda expresión agresiva. Existe, entre una y otra, una relación causal, obligatoria y predecible. Esta teoría redirigió la atención y elaboración de política investigativa-social hacia las causas (las frustraciones externas) y a no quedarse estudiando solamente las respuestas de agresión. 

Eventualmente surgieron teorías contestatarias. Lazarus, por ejemplo, reconceptualizó la causa de la agresión como “amenaza” cognitiva, esto es, cualquier cosa que la persona interpretara como una intimidación o peligro al ego. Entonces la agresión no solo dependería de la frustración sino también de la amenaza percibida. 

El coraje es una emoción primaria que sirve de motivador o energía para ciertos comportamientos y respuestas. Es esencial en la respuesta innata de “ataque o huida” fundamental para la sobrevivencia. Nacemos equipados para madurar respuestas de coraje ante la frustración cuando algo entorpezca el alcance de nuestros objetivos o amenace nuestra seguridad física o emocional. La forma de expresarlo va a depender del aprendizaje social y cultural. 

El coraje es una emoción transitoria pero intensa y extrema, por lo que no es raro que pasado el evento de coraje la persona “baje” a sentimientos depresivos. El organismo no puede funcionar por siempre en estados excitatorios extremos. Corajes repetidos, frecuentes y fuertes tienen consecuencias físicas que desgastan el organismo. Aun así, hay personas que llegan a convertir el coraje en su estado emocional, o rasgo, predominante, al punto que algunos psicólogos (Stosny, 2020) hablan de personalidades adictas al coraje.    

Pero ¿qué pasa cuando un pueblo completo es el que tiene coraje? Entonces hay que dejar de analizar al individuo para examinar su entorno y circunstancias, ya que la causa es exógena. Estudios psicológicos comprueban que la exposición prolongada a estrés social incrementa exponencialmente el coraje y la hostilidad personal y colectiva. Problemas por desempleo o inestabilidad económica, discrimen, exposición a delincuencia y violencia social frecuente, ausencia de apoyo en redes familiares y sociales, así como frustraciones con el gobierno y el mal estado general del país contribuyen a que la gente sienta más y más coraje. Desastres y emergencias naturales también exacerban frustraciones y dolor. Respuestas social-gubernamentales inadecuadas, e insuficientes, en situaciones de emergencias hacen explotar las frustraciones acumuladas colectivas y exacerban brotes de violencia.

El coloniaje condiciona a la gente a vivir psíquicamente avasallada. Esto no quiere decir que vivan en conformidad silente ni total, sino que las dualidades de amor-odio, obediencia y desafío, se convierten en actitudes y emociones prototípicas de la vida cotidiana. Con frecuencia, se enfrentan situaciones de discriminación y trato injusto o desigual que acumulan más molestias y frustraciones. 

El boricua no es servil pero funciona dentro de los parámetros del síndrome del desamparo aprendido (Seligman, 1975); esto es, con altas tendencias a pensar que no puede valerse por sí mismo aunque la irracionalidad de tal idea también golpee su auto-estima, auto-concepto e identidad. 

Estudios en Puerto Rico y Estados Unidos (Duarte, et. al, 2019) demuestran que vivir o sentirse en status de minoría social aumenta la ansiedad y depresión entre los boricuas. Es necesario trabajar con las fuentes psicológicamente tóxicas de ansiedad social para apoyar y ayudar a jóvenes en desarrollo y al resto de la población afectada. El gran libertador de América, Simón Bolívar, decía que un pueblo ignorante es instrumento de su propia destrucción. Por eso tenemos que educarnos bien como primera línea de defensa y rescate de lo nuestro. 

A los que todavía se preguntan por qué ocurrió el “verano 2019” y por qué se repiten las convocatorias potencialmente explosivas frente a La Fortaleza en el 2020, les exhortamos a comprender primero las fuentes objetivas e históricas del disgusto, discordia y conflicto del boricua antes de disponerse a criminalizar o patologizar los movimientos sociales por justicia y reivindicación de la miseria colonial. Es fácil culpar al que protesta, pero la malicia nos dice que eso es, precisamente, lo que quiere el sistema para desvalorar y desvirtuar los reclamos de cambios. Recordemos, además, que no todo es como aparenta o se presenta. No es la primera vez que se insertan agentes extraños y ajenos en las marchas pueblerinas para engañar al resto del pueblo. Lo correcto es validar el coraje porque es un reclamo legítimo de los derechos violentados y eso incluye desenmascarar mercenarios y oportunistas.

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