Yarimar Bonilla

En Vaivén

Por Yarimar Bonilla
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El coronavirus de paseo con mi tía

El pasado domingo, la gobernadora anunció que una turista italiana se encontraba aislada en Puerto Rico, luego de presentar síntomas asociados a la nueva cepa de coronavirus (COVID-19). Mientras observaba la rueda de prensa lo menos que imaginaba es que yo podría tener una conexión personal con el caso, pero resultó ser que la turista italiana se encontraba en el mismo crucero que una de mis tías.

Horas antes de que la gobernadora hiciera su conferencia de prensa, mi tía, quien reside en Florida, llamó para decir que se encontraba en el puerto de San Juan. Para allá salieron mis primos, mi abuela y mi tía abuela (un corrillo con edades de 61 a 91 años) a recoger a Titi, abrazarla, besarla y llevarla a pasear —sin sospecha alguna de que otra pasajera había sido llevada directo a una cuarentena.

Aun así, el coronavirus no estaba lejos de sus conciencias. Mis primos le preguntaron a Titi si ella no estaba preocupada de viajar en un crucero en medio de una pandemia, sobre todo cuando el destino final era Italia —el país con mayor número de casos documentados en Europa.  

El esposo de Titi es italiano y cuando avisaron a la familia en Italia que iban para allá, los familiares trataron de disuadirlos diciéndoles que no deberían ir, que los casos del virus se estaban disparando, y que no iban a poder pasear tranquilamente. Sin embargo, mi tía insistió en dar el viaje. 

Debido a la crisis del COVID-19, los precios de los cruceros bajaron drásticamente y el viaje de 20 días, de Fort Lauderdale a Italia, costaba solo $300 — ¡con todo y bebidas alcohólicas incluidas!  Para Titi esa ganga no se podía dejar pasar. 

Los protocolos que implementaron en el barco le inspiraron confianza: todos los pasajeros tenían que tomarse la temperatura antes de abordar en Fort Lauderdale para asegurar que nadie tuviera fiebre. Sin embargo, no se impuso ningún tipo de control sobre los pasajeros que se bajaron en San Juan (que luego nos enteramos fueron el 95% de los que estaban abordo). Todo lo contrario, la Compañía de Turismo de Puerto Rico los recibió con una placa por ser la primera vez que ese barco llegaba a nuestros mares.

La compañía del crucero declaró que todos los que tuvieron contacto con la paciente están bajo cuarentena, pero al momento de visitar San Juan mi tía no tenía conocimiento de restricción alguna y parecía no saber nada de la italiana que iba a bordo y llevaba varios días bajo tratamiento médico. Lo único que comentó sobre los demás pasajeros es que muchos eran de edad avanzada. “Ese barco parece una égida”, dijo a mis primos.

Ahora mismo Titi, su esposo y otras 2,000 personas a bordo del barco se mantendrán seis días en alta mar. Después que se les negó desembarcar en Antigua, el crucero siguió rumbo a Tenerife. Al salir de España, les toca dirigirse a la Riviera Francesa para finalmente terminar el viaje en Venecia. 

No sé qué les espera al final de esatravesía: el lunes, se extendieron medidas de aislamiento a toda la población en Italia y es enteramente posible que luego de su viaje tengan problemas para entrar nuevamente a Estados Unidos, sin mencionar los posibles problemas de salud a los que puede exponerse si se contagia con el virus, ya que es mayor de 80 años y ha tenido condiciones médicas previas.

Por un lado, el comportamiento de mi tía podría parecer peligroso y hasta irresponsable — ahora mismo todos los que entraron en contacto con ella se preguntan qué deben hacer. Como familia, oscilamos entre pensar que debemos entrar en cuarentena preventiva y considerar que eso sería una medida drástica porque no sabemos si mi tía entró en contacto con alguien enfermo, si contrajo el virus o si tuvimos suficiente contacto con ella para que nos contagiara. 

Toda esta incertidumbre se reduciría si ya tuviéramos en Puerto Rico la capacidad de hacer las pruebas de forma inmediata, y sintiéramos que nuestros funcionarios jefes de agencias públicas (tanto aquí como “allá”) estuvieran a la altura de lo que implica una pandemia global. Sin embargo, la realidad es que no lo están.

En Puerto Rico nos han dicho falsedades sobre las probabilidades de contagio, se han implementado pocos protocolos de protección y se han negado solicitudes de pruebas. Una vez más, no sabemos si estas fallas se deben a la incompetencia, a la prioridad que se le da a la imagen sobre la gobernanza, o a los límites que nos impone el sistema federal. 

En los 50 estados también se ha visto una respuesta gubernamental preocupante. Trump ha minimizado constantemente los riesgos de la propagación y tanto él como sus seguidores han sugerido que el pánico es una conspiración para poner su reelección en peligro.

Frente a un estado ineficiente y/o ausente, los ciudadanos han tomado sus propias medidas. Algunos han vaciado las tiendas para crear sus “bunkers” personales. Otros se han declarado en estado de “autocuarentena” al descubrir que tuvieron contacto con alguien diagnosticado (incluyendo cuatro legisladores republicanos). Cientos de universidades han decidido terminar el semestre de forma “virtual” y un sinnúmero de conciertos y festivales se han cancelado.  Nada ha sido coordinado por agencias gubernamentales sino por ciudadanos e instituciones privadas que se han visto en la posición de responder de forma individual y comunitaria a una percibida ineficiencia gubernamental. 

Está por verse cómo reaccionaremos en Puerto Rico cuando comiencen a confirmarse casos. Seguramente, muchos llenarán sus alacenas y prepararán una vez más sus mochilas de emergencia.  Pero no nos debemos sorprender si frente a la escasez de desinfectante, suministros y un buen manejo de emergencia, otros decidan seguirle los pasos a mi tía aprovechando las nuevas ofertas de crucero y apostando a su suerte en altamar.


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