Ibrahim Pérez

Punto de vista

Por Ibrahim Pérez
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El coronavirus puede detenerse

Un organismo microscópico conocido como coronavirus ha puesto el mundo al revés en apenas tres meses, contagiando a más de 300,336 personas y causando el deceso de unas 12,984 en 188 países y territorios. Su impacto en nuestras vidas ha sido profundo, sin precedentes.

China, país más poblado (1,400 millones de habitantes) del mundo, ha sido el más duramente impactado con sobre 81,000 casos confirmados en todo el país, aunque principalmente en Wuhan, China Central, ciudad de origen del coronavirus. El gigantesco contagio poblacional provocado obligó al gobierno chino a recurrir a medidas drásticas y extremas para controlar la epidemia. 

Los casos nuevos en China finalmente comenzaron a reducirse consistentemente desde el 7 de febrero. Pero fue el 18 de marzo el primer día, tras 56 días consecutivos manteniendo a su gente bajo estricto aislamiento, que China no registró ningún caso nuevo de origen interno. Fue un punto de viraje memorable. La controversial experiencia de China debe servir de lección para aquellos países severamente afectados que están todavía luchando para impedir el contagio.

¿Cómo logró China aplanar la ascendente curva de casos confirmados y frenar el contagio? Aunque tardíamente, el 23 de enero, seis semanas después de aparecer el primer caso implantaron el “lockdown” (cierre de toda actividad pública-privada no esencial combinada con una cuarentena poblacional mandatoria), inicialmente en Wuhan y eventualmente extendiéndose a la mitad de la población china. 

Las autoridades descontinuaron el transporte hacia y desde Wuhan. Ordenaron a su población a mantenerse en su hogar, excepto para visitas a médicos y bancos, para compra de medicamentos, gasolina y comestibles. No transitarían vehículos por las calles. El ejército se ocuparía de mantener la ciudadanía en riguroso cumplimiento. Voluntarios visitarían los hogares para tomar temperaturas y enviar a centros de cuarentena aquellos con fiebre. Epidemiólogos trabajarían todos los contactos de casos positivos. Aplicaciones electrónicas vigilarían el movimiento de las personas.

No ha habido casos nuevos desde el 18 de marzo. Sin embargo, Wuhan ha continuado en “lockdown”. El mismo se mantendrá hasta que transcurran dos semanas consecutivas sin casos nuevos. En el resto de China, la gente está regresando lentamente a su trabajo y rutina diaria. Los comercios apenas comienzan a operar.

La versión china del “lockdown” ha resultado exitosa porque ha sido de larga duración y exageradamente radical, porque ha garantizado el confinamiento mandatorio de la población (en vez de un mero distanciamiento social), y porque han monitoreado su cumplimiento rigurosamente. Ese grado de “lockdown” es prácticamente imposible en nuestras sociedades democráticas donde no sería constitucionalmente posible instituir medidas que puedan violar libertades civiles y derechos humanos. 

El toque de queda implantado en Puerto Rico desde la noche del 15 de marzo comenzó en el momento oportuno y en la dirección correcta, pero creo que quedará corto en cumplimiento poblacional y no producirá los resultados deseados. Para que nuestra versión de “lockdown” sea verdaderamente exitosa, tendría que garantizarse el cumplimiento de las directrices emitidas con la mayor rigurosidad y crudeza legalmente permitida, asegurándonos que mantenemos el más restrictivo distanciamiento y hasta separación entre los jóvenes (portadores asintomáticos) y los viejos (los más vulnerables), entre abuelos y nietos. 

Tendría que añadir otras medidas esenciales como realizar pruebas diagnósticas a la mayor parte de la población sin síntomas, para identificar y aislar los positivos, para poner en cuarentena sus contactos. Solo así se podría cumplir con el crucial objetivo de romper la cadena de transmisión y detener el contagio y la enfermedad. 

Tenemos que comprometernos todos a cumplir a cabalidad con las directrices emitidas por la gobernadora para detener ese pequeño monstruo que tanto desasosiego está causando en nuestras familias.

¿Puede nuestro sistema inmunológico defendernos del CoViD-19?


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