Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El corredor de la muerte

No es posible mirar el documento sin sentir que a uno le recorre la sombra de un escalofrío. En la última página, hay varias fechas. En la última fecha, las letras y los números que la forman saltan de la página y agarran por la garganta al que lee: 31 de diciembre de 2021. Junto a la fecha, una frase y más pavor. Dice la frase: “Cierre del campus, terminación de las actividades administrativas”.

Es un mensaje que suena como una campana enloquecedora en una película de horror: el 31 de diciembre de 2021 cerraría oficialmente la Universidad de Puerto Rico (UPR). Esa fue la fecha que la administración de la universidad fijó para ponerle candado al proyecto de ecualización social y creación de arte, ciencia, conocimiento y libertad más importante que hemos tenido en nuestra historia.

Cerrará ese día si no logra retener su acreditación. La acreditación está en peligro porque la Middle States Comission, el organismo que la otorga, tiene dudas de que la UPR pueda seguir operando tras los bestiales recortes impuestos por la Junta de Supervisión Fiscal, con el consentimiento del gobierno y hasta de la actual administración de la universidad.

La Middle States le pidió a la UPR que le diga cómo piensa seguir operando con la mitad de los recursos y que le explique cómo será el cierre si no puede seguir. De ahí fue que vino el documento con el que se estuvo traficando como en secreto el mes pasado, del que se susurraba, como si fuera una aparición, el que hablaba del 31 de diciembre de 2021 como la fecha en que se apagará por última vez el interruptor a la UPR.

Tomemos distancia un momento y tratemos de verle todo el pelaje a este feroz animal: aquí hemos llegado al nivel de hablar en voz alta del posible cierre de la UPR, con fecha y todo.

Desde que tenemos conciencia, todos sabemos que en algún día vamos a morir. Pero no hay manera de que la vida siga igual para el que le anuncian definitivamente el final, fecha incluida. Pocos han explicado esa crítica coyuntura de la vida mejor que Jean Paul Sartre en el cuento El Muro, que narra la última noche antes de ser fusilados de tres presos republicanos durante la guerra civil española. “Yo no había pensado nunca en la muerte porque no se me había presentado la ocasión, pero ahora la ocasión estaba aquí y no había más remedio que pensar en ella”, dice el narrador de ese extraordinario relato.

Así está hoy la UPR. Hierve en sudores en el corredor de la muerte. La ejecución ya tiene fecha. Si no prosperan las apelaciones (la defensa, si se le puede llamar así, que está haciendo la administración universitaria), le inyectarán las sustancias letales.

La vida no se ve igual cuando se anuncia la fecha del final. La comunidad de la UPR lo está entendiendo. Viene agotada por años tratando de hacerse entender, por intentar que el resto de la sociedad reconozca su valor. Poco antes del huracán María, estudiantes realizaron una larga huelga a la que el gobierno no hizo ningún caso y que terminó, por lo tanto, sin logros específicos. Allá adentro, unos sectores están encontrados con otros, por diferencias sobre cómo afrontar el calvario que vive la institución.

El salvaje machetazo de la Junta, que incluyó un aumento de más del doble en el costo de la matrícula, le dejó aletargada. Ver la fecha -ese funesto 31 de diciembre de 2021- la está haciendo despertar.

Profesores y estudiantes, incluyendo de escuela superior, marcharon el viernes. “Jóvenes de mi edad no se dan cuenta de que, si cierran la UPR, las universidades privadas van a aumentar costos. Si esto sigue así, me voy a estudiar a Cuba”, le dijo a Marga Parés Arroyo, una reportera de este periódico, la joven Gabriella Flores, una estudiante de escuela superior que, el viernes, viajó desde Cayey a participar en la marcha.

Miembros de la Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU) advirtieron esta semana del terrible efecto en cadena que tendría en todo el sistema educativo del país, en todo Puerto Rico, el cierre de la UPR. El presidente Jorge Haddock dice estar confiado de que la universidad logrará retener la acreditación. Había confianza antes de que no se llegara al punto en el que se está ahora, con todo el proyecto universitario hundiéndose en arenas movedizas ante la mirada mayormente desinteresada, cuando no entusiasta, del resto del país. Y pasó.

Es hora de despertar. Puerto Rico tiene que entender que salvar a la UPR no puede ser una lucha solo de la comunidad universitaria. Hay quien, por las más mezquinas razones imaginables, por una pobreza intelectual que da lástima, no aprecia lo que la UPR representa para nuestro país. Esos son los menos. La mayoría aprecia todo lo que la UPR ha hecho y quiere seguir haciendo.

Los más queremos que siga existiendo ese puente de la pobreza a la clase media que es la universidad pública accesible. Valoramos el conocimiento que allí se crea, el arte que sale de sus aulas, el pensamiento que allí se forja. Entendemos lo importantes que son las investigaciones científicas que allí se llevan a cabo, que son el 69% del total de las que se hacen en Puerto Rico.

Valoramos incluso a los que, al asomarse en sus aulas por primera vez a un universo de ideas de las que estaban totalmente ajenos, se rebelan, cuestionan, pelean, combaten, nadan contra la corriente, dicen verdades que duelen, esculpen nuevas posibilidades, se atreven a tener esperanza, a soñar, a amar, a trabajar, a equivocarse y a aprender.

Poner a la UPR sobre sus pies, garantizarle la vida, la vida plena que merece, no va a ser fácil. Fue abusada, maltratada y politizada demasiado tiempo. En estos días para no ir más lejos, dos exrectores se declararon culpables en corte por ser unos vulgares ladrones.

De uno de ellos, se dice, sería hoy presidente si hubiese aguantado la tentación de meter la mano en bolsillo ajeno entonces, para meterla ahora. Gente así y no los que sueñan y actúan en consecuencia, son los principales causantes de la desgracia de la UPR.

La universidad, el nombre lo dice, Universidad de Puerto Rico, es de todos nosotros. El país la necesita, hoy más que siempre. No podemos dejar que la maten. Moriremos todos un poco si eso pasa.

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