Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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El cristianismo y las elecciones de 2016

De niño recuerdo comenzar a asistir a la iglesia evangélica luego del divorcio de mis padres. A pesar de que hubo domingos en los que me hacía el enfermo para quedarme en casa viendo caricaturas, siempre encontré en la iglesia el refugio que mi madre, mis dos hermanos y yo necesitábamos para aliviar el dolor de ese proceso. Una comunidad dónde recibíamos amor, aceptación y apoyo instrumental. Esta comunidad me enseñó la importancia de ayudar al otro, de alimentar y vestir a las personas sin hogar, de compartir y preocuparme por los desventajados, en fin de amar al prójimo.

Con el pasar del tiempo seguí creciendo en esa comunidad religiosa y en este acompañamiento desarrollé destrezas que hoy en día son instrumentales en mi trabajo como profesor y como psicólogo.  Era evidente para muchos que mi vida iba dirigida a ser líder en esta comunidad religiosa.

Sin embargo, siempre me sentí incómodo con algo: imponerle mis visiones a otras personas so pena de una eternidad de sufrimiento. En mis viajes a distintas partes del mundo, encontré a personas que vivían la religión y la espiritualidad de una manera distinta. Su visión acerca de asuntos doctrinales difería de las posturas que me habían enseñado en Puerto Rico. Su amor y aceptación por personas que el cristianismo consideraba pecadoras era admirable. ¿Lo más impactante? Utilizaban el mismo libro para justificarlo: la Biblia. De momento, me di cuenta de la diversidad que existe dentro del mundo religioso. Me di cuenta también que las enseñanzas de esa iglesia tenían el potencial de oprimir y afectar a millones de personas que no pensaban como yo. ¿Dónde estaba el amor en esto? Comencé también a ver los “pecados” del cristianismo (y de otras religiones). Su rol en guerras, procesos de colonización, y su impacto en la política pública del país. Tres procesos que ejemplifican la violencia de las acciones de la iglesia cristiana.

De la misma manera, me di cuenta que la preocupación de la iglesia cristiana a nivel de política pública, era mayor en asuntos de sexo, género y orientación sexual que por asuntos de pobreza, desigualdad y corrupción. Es aparente que estos “pecados sociales” no los movilizan a nivel de política pública de la misma manera.  A pesar de lo que muchos puedan pensar esto no desembocó en un odio por la iglesia o en convertirme en ateo, pero si en repudiar las acciones de un colectivo cuando intenta imponer sus visiones en una población diversa.

Marchemos adelante (o en retroceso) al 2016. El 8 de noviembre de 2016 se concretó en Estados Unidos y en Puerto Rico un movimiento hacia la derecha; hacia los valores conservadores que profesan muchos cristianos. Digo muchos, porque conozco otros cristianos que poseen visiones de inclusión y amor verdadero. La influencia de la derecha religiosa en las elecciones de ambos países no puede ser más evidente. Sus estrategias de miedo y presión política, violentaron toda presunción de separación iglesia-Estado y dieron paso a gobernantes que atacarán acciones de política pública dirigidas a hacer de nuestra sociedad una más justa y solidaria.

En el caso de Puerto Rico, de manera concertada, la derecha religiosa negoció con el próximo gobernador de Puerto Rico, el Dr. Ricardo Rosselló Nevares para eliminar la Carta Circular que promovía la educación basada en la Perspectiva de Género y otras acciones relacionadas. Esto basado en la desinformación, el prejuicio y el miedo.

Por otro lado, en Estados Unidos el fenómeno fue aún más interesante. La derecha religiosa ayudó a elegir a un presidente el cual basó su campaña en el racismo, el sexismo, la homofobia y la xenofobia. Fueron aliados de un candidato que ha demostrado ser un depredador sexual. Los malabares mentales y morales que han tenido que hacer para justificar esta acción han sido monumentales. La justificación de este sector consiste en que no están apoyando la conducta o la moralidad de un presidente, sino sus políticas públicas. En psicología llamamos a esto disonancia cognitiva; el fenómeno donde tus actitudes y conductas no son cónsonas. De manera pueblerina se la llama a esto hipocresía.

Lo triste de estas acciones es el impacto que tienen y seguirán teniendo en la misma gente que el cristianismo profesa amar. En Estados Unidos ya podemos ver cómo la elección de Donald Trump ha dado “permiso” a racistas y homofóbicos a ser abiertamente prejuiciados y violentos. El fortalecimiento del Ku Klux Klan, una organización que dice estar basada en los valores del cristianismo, amenaza la seguridad de muchas personas. Miedo, llanto, violencia son las consecuencias iniciales de esta elección. Y la iglesia cristiana después de su apoyo a este candidato se lava las manos como Poncio Pilatos, declarándose no responsable de esta situación social, bajo el mantra amamos al pecador pero aborrecemos el pecado.

Mi preocupación no son los líderes y feligreses cristianos que apoyan esto. Honestamente, sé que estas personas, luego de leer estas palabras, me mandarán al infierno y me calificarán como un alma perdida. No habrá reflexión crítica de sus posturas. Me preocupan los miles de cristianos que favorecen la perspectiva de género, que aman genuinamente a las personas de la comunidad LGBT y son aliados en su lucha por obtener los derechos humanos que les corresponden. Aquellos que reconocen que el apoyo de la iglesia evangélica al presidente electo Donald Trump, los hace cómplices de las implicaciones sociales de este evento, que incluyen la violencia racista.

A estos pregunto: ¿dónde están sus voces? ¿Están siendo representados por una iglesia que promueve la discriminación y el odio? ¿Se sienten cómodos con cómo el cristianismo violenta la separación Iglesia-Estado para imponer sus creencias y valores morales? ¿Permitirán que por los próximos cuatro años se destrocen los avances en derechos humanos que hemos logrado?

Les reto a organizarse y levantar su voz para promover el amor al prójimo de la manera correcta. El no hacerlo, el mantener silencio, es complicidad. El hacerlo pudiese ser el comienzo de un proceso teológico-social liberador que sea aliado de quienes son oprimidos para demandar justicia, transparencia gubernamental y la reducción de la desigualdad social que nos afecta a todos.  

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