Silverio Pérez

Punto de vista

Por Silverio Pérez
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El cucoquismo criollo

Mi madre me puso una toalla blanca alrededor del cuello y sentenció: si no te estás quieto y te dejas sacar los piojos, ellos crecerán y un día van a alzar vuelo y te llevarán por los aires. Lo de ese vuelo estilo Peter Pan, me gustaba. Cuando esa fantasía, por absurda, comenzó a ser poco intimidante, se buscó otra: te voy a llevar al parque Muñoz Rivera con una mona que se la pasa espulgando a su crío, y si te mueves te va a clavar las garras en la cabeza. La amenaza, lejos de intimidarme, me provocaba curiosidad por ir a ese mítico parque Muñoz Rivera.

Pero nada de eso comparaba con el cuco que siempre rondaba la casa, pendiente de si me portaba mal para, en lo más oscuro de la noche, llevarme a un sitio desconocido. De más grande aprendí que todos esos inventos de mi madre revelaban que, como no tenía argumentos sólidos para convencerme de que hiciera lo que ella quería, recurría a ese miedo que habita en nuestro cerebro límbico para alertarnos de todo aquello, real o imaginario, que pueda amenazar nuestra supervivencia.

Me enfadan aquellos que, a falta de argumentos para convencernos de algo, recurren a los miedos más pueriles, faltando el respecto a sí mismos y al intelecto de los que pretenden intimidar. Cada cierto tiempo surgen nuevos cucos que los políticos inventan y sus fanáticos repiten, como subterfugio para esconder serias e intimidantes realidades. El fantasma del comunismo fue utilizado en Estados Unidos para justificar intervenciones, encarcelar y asesinar disidentes. Mientras, a sangrientos dictadores que eran afines a las políticas imperialistas se les trataba con guantes de seda.

El presidente Donald Trump ha utilizado el miedo a los inmigrantes y los ha llamado asesinos, violadores de mujeres, traficantes de drogas y, para justificar su paranoia, declaró una emergencia en la frontera con México que el tiempo se ha encargado de desmentir. En Puerto Rico, en tiempos en los que el Partido Popular comenzaba su hegemonía ideológica, se llegó a implantar la Ley de la Mordaza, para coartar discursos y manifestaciones, y de paso criminalizar a todo aquel que favoreciera la independencia de Puerto Rico.

Recuerdo cuando en una campaña política se decía que Rafael Hernández Colón prácticamente tenía una línea directa con Fidel Castro y que si ganaba las elecciones era cuestión de días para que el comunismo llegara a la isla. La misma mentira se ha repetido en diversos periodos, cambiando la figura convertida en cuco, pero con las mismas intenciones. En Estados Unidos, esos cucólogos que tienen a su disposición la cadena Fox News, se han enfocado en Alexandria Ocasio Cortez, de la misma forma que en Puerto Rico, los que practican la versión criolla del trumpismo desde supuestos programas de análisis, han hecho con Carmen Yulín Cruz, convirtiendo a ambas mujeres en figuras más conocidas y de influencia.

El cucoquismo criollo está de plácemes con la salida de una nueva organización política, Victoria Ciudadana, que de inmediato han vinculado con el partido socialista venezolano, sin analizar un ápice de lo que esta organización propone. Les voy a dar a estos especialistas en la intimidación fantasiosa una lista de cucos reales que verdaderamente nos debieran causar pavor: el acuerdo con los bonistas de Cofina; el que el artífice de un cacareado plan en las pasadas elecciones, ya fracasado, intente regresar a reiterar su fracaso; los candidatos sin propuestas del Partido Popular que simplemente apuestan a que el pueblo siga escogiendo entre los menos malos; la lista de cadáveres que siguen sin ser entregados a sus familiares en el Instituto de Ciencias Forenses; la impunidad con la que campean los criminales en el país; los salarios astronómicos que se siguen pagando a ciertos funcionarios mediocres; la desigualdad que sigue acentuándose, la destrucción paulatina de nuestro sistema educativo público… Bueno, se me acabó el espacio, pero la lista da para varias columnas. A esas cosas sí le debiéramos temer. Aunque insistan, ya cada día menos personas se dejan intimidar por el cuco de turno.

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