Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El cuento del cuco

Esta semana me topé con un pedazo de oración que me sorprendió tanto que procedí a anotarla en un cuaderno: “…la fórmula izquierdista del ELA…” El estupor causado fue de tal magnitud que me negué a copiar la oración completa, el título y el nombre del autor de este desatino de proporciones inconmensurables. Sin embargo, ahora que considero este asunto, sé que la chocante descripción conceptual que esta frase transmite se reproduce con casi infinitas variaciones, si bien no tan groseras en su formulación, en un amplio catálogo de parlantes radiales y escribidores politológicos.

La falta de rigor intelectual constituye una pandemia puertorriqueña, especialmente en aquellos ciudadanos aquejados de la afección capitolina y del padecimiento bipartidista. El contagio ha sido extenso en los medios de comunicación y existen programas y emisoras que son focos de infección de tal magnitud que han contagiado a importantes sectores de la población. El problema no es que exista una inclinación por el gatillo dulce, la puñalada trapera, el linchamiento o la lapidación, sino que esto se efectúa armado con unos recursos intelectuales que en lugar de ser un fusil de asalto exhiben el nivel de comprensión de una pistola de fulminantes. El hecho de afirmar que el ELA, es decir el Partido Popular, es “una fórmula izquierdista” toma por asalto cualquier posibilidad de entendimiento con una pistola de agua.

Lo grave, lo pasmosamente gravísimo, es que la afirmación pasa casi siempre con ficha y no es motivo de escándalo ni de descrédito. En nuestro país es un delito gritar ¡fuego! dentro de un cine, pero hablar o escribir públicamente exhibiendo presupuestos, “razonamientos” y llegando con ellos a las conclusiones más irresponsables resulta ser una digna manifestación de ciudadanía. En algunas ocasiones estos procedimientos pretenden incitar a la violencia extrema, como aquella vez en que escuché a un militante estadoísta, que luego ocuparía varios cargos gubernamentales, exigir a viva voz en el pasillo de un hospital que había que asesinar a Sila María Calderón por ser comunista. Sin embargo, las más de las veces se trata de liquidar cualquier conato de pensamiento, para mantener una homeóstasis discursiva en la que reine la desinformación, la ignorancia y la vagancia, para que siga así venciendo por los siglos de los siglos el carimbo de una sola cruz bajo la insignia de dos agrupaciones de inciudadanía programática y límbica.

El Caribe al que pertenecemos ha sido por más de dos siglos víctima de estas manipulaciones. A lo largo del siglo 19, bastaba la sospecha de que alguien fuera masón para dar con sus huesos en los calabozos después de 12 horas de “reeducación” en las canteras. Luego de pasar por la experiencia o de haberse librado de ella por los pelos, a aquellos que habían recibido la infamia del epíteto no les quedaba más opción que el exilio. La acusación de masón operaba, sino una limpieza étnica, al menos un procedimiento antibiótico que liquidaba cualquier ciudadano vivo y pensante, independientemente de que algunas de las bajas fueran un Martí o un Betances.

El siglo 20 puertorriqueño basó sus contiendas políticas en estos métodos de la mejor tradición inquisitorial y como masón sonaba ya rancio, se optó por otros epítetos terroríficos: independentista, nacionalista, socialista, comunista… Las últimas dos apelaciones han probado ser las más populares y versátiles. También las más útiles. En un mundo en que un miembro del PPD puede ser acusado de comunista no es que todo sea posible, sino más bien lo contrario, prácticamente todo resultará imposible, porque lo primero que será irrealizable para incontables personas será la más básica comprensión de cualquier asunto público. Vivimos, por tanto, en una sociedad sin alternativas, donde lo que no ha funcionado es la única opción que disponemos para que lo mismo siga sin funcionar. El cambio, de manera casi mágica, se achica hasta desaparecer y es sustituido por la ilusión de que la mejor alternativa es la de carecer de alternativas.

La adjudicación del máximo epíteto incapacitante se ha disparado esta semana luego de que en el Teatro Tapia se dieran a conocer los proyectos del Movimiento Victoria Ciudadana. Esa reunión de masones¬ independentistas nacionalistas socialistas comunistas ha provocado entre políticos bipartidistas y politogueadores (¿no sería más riguroso reunirlos en un solo grupo: bipartipolitoguearpolíticos o BPP que acaso constituye el partido único del país?) ha causado en esta semana una cruzada de reavivamiento del pánico. Luego de un rociado generoso de indiferencia y ninguneo hacia el movimiento, ha habido después del éxito obtenido en el Tapia el lunes, algo así como un llamado a la reinstauración del garrote vil para evitar tentaciones heterodoxas dentro de los dos partidos principales. Simultáneamente, una legión de habladores de micrófonos y escribidores de medios electrónicos, han multiplicado geométricamente la existencia de masones, independentistas y socialistas al punto de que los números no cuadran, y en la elección del 2020, si nos dejamos llevar por sus terrores, no habrá papeletas para tanta gente.

El del cuco es un cuento viejo, como el del masón, el independentista y el socialista. Y el cuento ha sido muy efectivo, porque no hemos visto al ladrón ni al abusador ni al manipulador, como tampoco a los malos gobernantes. No los vimos ni los vemos porque nuestras vidas han transcurrido en la escuela de la falta de rigor intelectual. Nuestros maestros han sido los fotuteros, nuestros profesores universitarios los politogueadores, nuestros jefes los políticos garantes de la homeóstasis social idiotizada. Pero el cuento del cuco tiene siempre un narrador: el caco que metiendo miedo pretende pasar desapercibido. La provocación del susto masivo es muy provechosa, porque la máscara del inquisidor oculta al ladrón. El cuento del cuco es además el cuento del miedo del caco a ser descubierto. Como en los mejores relatos, en este lo que parecía ser ocultaba la verdad que al final descubrimos y nos ilumina: el caco invoca al cuco precisamente por ser caco.

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