Andrés Fortuño Ramírez
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El Cun-Quin-Cun de la Sanse

En los años ochenta, semanas antes de las Fiestas de San Sebastian, nos encontrabas a todos los artistas amanecidos en los talleres de Bellas Artes en la Universidad de Puerto Rico. Imprimiendo calografías, serigrafías, litografías y pintando camisetas. Una vez las fiestas empezaban, había que llegar temprano para conseguir un buen puesto en la calle. 

Traías una mesita, un caballete, lo que se te ocurriera para colgar tus piezas y ponerlas a la venta. Las piezas se montaban a ambos lados de la calle sobre las aceras, hasta pegadas en las paredes. Vendíamos a “a sol y agua” como decía Dennis Mario, creador de “Don Pedro y los Pitirres”, pieza que aún cuelga sobre una pared en la Sanse. 

En el centro, sobre los adoquines, pasaba la gente a ver las piezas y a hacer sus compras de artistas emergentes puertorriqueños. Increíble pensarlo hoy día, pero aún de noche, había espacio para caminar entre las obras de arte por la encendida calle San Sebastián. No faltaba la rivalidad entre artistas y otro tipo de vendedores, que pretendían dominar los espacios y establecer reglas que ambos bandos iban hilvanando sobre el camino.  

De hecho, los estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas del Viejo San Juan se referían a los de Bellas Artes en la UPR como Los Académicos. Nosotros de vuelta, les llamábamos Los Atormentados, comparándolos con los artistas sufridos de siglos pasados. Debido a la cercanía de la Escuela en San Juan y su contacto directo con el Instituto de Cultura, estos siempre nos llevaban ventaja a la hora de conseguir los mejores puestos. 

Esta rivalidad, sumamente amistosa por cierto, duró poco, ya que el Instituto de Cultura y el Municipio de San Juan tomaron las riendas del evento y comenzaron a formalizar el alquiler de espacios y a convertirlo en algo mucho más organizado. Las multitudes fueron creciendo, los artesanos y artistas bajaron de las montañas, llegaron de todos los pueblos. Formando el bembé que hoy conocemos como las Fiestas de la Calle San Sebastian. 

Una vez terminé mis estudios en la UPR, me mudé al Viejo San Juan donde viví siete años. Vivía en plena calle San Sebastian. Ahí pasé el huracán Hugo, viví mi primer romance y desde mi balcón, compraba azucenas en la mañana para preparar la casa para las fiestas de la calle. Durante esos siete años ya no vendía mis pinturas en las aceras, sino que invitaba a la gente a mi casa para conocer las nuevas piezas. 

Recuerdo que todo empezaba con la procesión del santo. 

Tempranito en la mañana, pasaba erguido el San Sebastián; acribillado con flechas, sangrando, cargado sobre los hombros de los devotos. Detrás le seguían cantando las monjitas del Colegio de Párvulos, colegio que quedaba en mi mismo bloque. Todo lo veía desde mi balcón, con un café en mano y con el distintivo olor que ofrecían las azucenas.  

Según iba entrando la noche, se comenzaban a escuchar a lo lejos las pleneras con su “cun-quin-cun” y el tumulto de gente que subían las calles al son de “Dame la mano paloma” o de “Una noche se oyó en Borinquen”. ¡Qué tiempos aquellos! Sin duda alguna entre los mejores. 

Ahora que vivo fuera de mi islita, cada vez que llega esta fecha siempre me invade la nostalgia. Ganas de ser otra vez estudiante y de cargar con un saco enteramente vacío para echar nuevas experiencias. Pero bueno, no me quejo, aún tengo mi arte. Todos los años hago una pintura o algún dibujo para conmemorar aquellos tiempos de bohemia, de artista de calle y empezar a planificar el nuevo año al ritmo del Cun-quin-cun” de la Sanse. ¡Felices fiestas!

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