Aníbal Acevedo Vilá

Tribuna Invitada

Por Aníbal Acevedo Vilá
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El deporte fue mi lección de vida

Aunque no lo crean, yo también he sido deportista. Y el deporte me enseñó una de mis lecciones de vida más fundamentales.

Nadie en mi familia viene de una tradición deportista, pero por alguna razón y con el apoyo de mis padres, de niño y adolescente practiqué organizadamente varios deportes. Practiqué baloncesto, volibol, natación, waterpolo, fútbol y hasta lucha olímpica (sí, el mismo deporte en el cual Jaime Espinal nos ha dado gloria). Nunca me faltó el entusiasmo, pero estaba claro que me faltaba el talento y que no tenía material de atleta. Y fue ahí que temprano en mi vida recibí un gran consejo.  Recuerdo que estaba en quinto o sexto grado y que llevaba varios años nadando, primero para el equipo de la Phi Eta Muy luego para el de Río Piedras cuando una tarde en medio de la práctica, el entrenador americano, que, si memoria no me falla, se llamaba Richard Stark, me sacó de la piscina y con voz fuerte me dijo: "Aníbal, si vas a hacer algo en la vida, hazlo bien, o mejor no lo hagas".  No se me olvida que lo miré directamente a los ojos y le dije, "usted tiene razón" y a partir de ese momento dejé de nadar para competir. Entendí que lo mío no eran las canchas ni las piscinas, y que lo que fuese hacer en mi vida, era para hacerlo bien.  Con esa lección de vida, decidí que seguiría disfrutando el deporte, pero desde la posición del fanático.

Hoy, cuando ya han transcurrido varios días desde ese maravilloso momento que nos regaló Mónica Puig al ganar la primera medalla de oro en unas Olimpiadas para Puerto Rico, me pregunto si habrá alegría mayor que la que sentimos todos. El día del partido de Mónica debe haber sido uno de los mejores días que hemos vivido los puertorriqueños, pero especialmente los fanáticos del deporte. El juegazo que se tiró Mónica en la final -y la verdad es que en todo el torneo olímpico- adquirió un sentido mayor por esa demostración brutal de apoyo que hicimos millones de puertorriqueños aquí en la isla y donde quiera que estábamos. ¡Cuánta pasión! ¡Cuánto orgullo!

Que Mónica ganara el oro fue tan relevante este pasado fin de semana, como lo fueron nuestras celebraciones.  No importa si estábamos reunidos en familia, con amigos, trabajando, guiando, celebrando cumpleaños y aniversarios o de fin de semana de descanso, todos los puertorriqueños estábamos pendiente al partido, a la hora en que empezaba, a las narraciones en inglés y en español, compartiendo enlaces de internet para que los de la diáspora pudieran verlo, celebrando y llorando cada punto ganado y perdido, grabando nuestras fiestas de celebración por el oro y compartiendo nuestra alegría y nuestro orgullo de todas las maneras posibles. Así somos y nuestros atletas lo saben, lo disfrutan y yo diría que lo necesitan.

Espinal, Culson, nuestros peloteros, nuestras selecciones de volibol, baloncesto, softball y balonmano, nuestros boxeadores, mis Piratas de Quebradillas y todos los equipos del Baloncesto Superior Nacional, más recientemente nuestros equipos de fútbol con sus diferentes ligas de formación, los competidores de la LAI, todos, de estos deportes y muchos otros que no he mencionado, necesitan del respaldo de los fanáticos. Eso los hace grandes y nos hace grandes como país. Porque hay mucho más que respaldo al deporte cuando apoyamos y seguimos a los nuestros. De hecho, los puertorriqueños somos de ese tipo de fanático a los deportes que aplaudimos y celebramos hasta en las derrotas porque valoramos tanto o más que las victorias, lo que significa competir y apoyar a los nuestros donde quiera que estén.

Y yo diría que es recíproco, que de los deportistas puertorriqueños hacia sus fanáticos hay el mismo nivel de devoción, que lo demuestran cuando hablan de lo que reciben de su pueblo cuando ganan o pierden, en lugar de hablar de los sacrificios que conlleva llegar a ciertos niveles de competitividad, sobre todo a nivel elite y profesional. Eso es lo que nos dijo y repitió Mónica antes y después de su triunfo. Eso la hace a ella y a todos ellos todavía más grandes.  El orgullo y amor es recíproco. Sólo me queda decirle a Mónica  y a todos, ¡GRACIAS!

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