Ramon L. Nieves

Tribuna Invitada

Por Ramon L. Nieves
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El desafío de cerrar escuelas

El cierre de casi 200 escuelas es un evento dramático para miles de personas en nuestro País. Muchas de esas escuelas forman parte integral de sus comunidades. Algunas son las tradicionales escuelitas del barrio, donde estudian hijos y nietos de ex alumnos. 

El plan de cierre de escuelas anunciado por la Secretaria de Educación, Julia Keleher, es una continuación del programa que la pasada administración comenzó a ejecutar, y que fue ampliamente criticado por la entonces oposición, hoy Gobierno.

Todos conocemos las razones por las cuales se están cerrando escuelas. En 1980, había aproximadamente 700 mil estudiantes en 1,400 escuelas. Luego de más de una década en depresión económica, y la emigración más grande en nuestra historia moderna, la población escolar ronda los 400 mil estudiantes, con prácticamente la misma cantidad de escuelas que en 1980. 

Durante mi servicio como senador por el Distrito de San Juan, conocí las dinámicas del cierre de escuelas. El País contaba entonces con un Secretario de Educación, Rafael Román Meléndez, que conocía muy bien el sistema. Román Meléndez fue, y es, principal de escuela en San Juan. 

La Escuela Ramón Luis Rivera, en Aguas Buenas, estaba en el plan de cierres. El Secretario tenía dudas sobre si correspondía cerrarla. Por esa razón, acudimos a la escuela un domingo el Secretario, el Alcalde de Aguas Buenas y este servidor. Luego de la visita, el Secretario no cerró la escuela. Y tenía razón: el Departamento de Educación reconoció a la Ramón Luis Rivera como la “escuela de excelencia” que es.

El plan de cierres debe tomar en consideración la calidad de las comunidades escolares. Una comunidad escolar compuesta por padres que se involucran en la educación de sus hijos, maestros comprometidos con la enseñanza, y directores con liderato, funciona. El Departamento de Educación debe asegurarse que las escuelas receptoras integren de manera efectiva a las comunidades escolares que funcionan bien.

No se puede tapar el cielo con la mano. Cientos de escuelas públicas les han fallado a nuestros jóvenes. Nunca olvidaré aquellas palomas muertas colgando del techo en una cancha escolar; las bibliotecas con libros que todavía se referían a la Unión Soviética como país; escuelas con computadoras, pero sin la infraestructura energética para tan siquiera prenderlas. Y lo peor: la indiferencia de padres, maestros y directores en algunas escuelas.

La crisis fiscal fundará otro Puerto Rico. Debemos apostar a que ese nuevo Puerto Rico cuente con comunidades escolares de excelencia. Es lo menos que podemos aspirar para las generaciones futuras. 

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