Marcia Rivera

Tribuna Invitada

Por Marcia Rivera
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El desarrollo humano: una hoja de ruta para Puerto Rico

Los planes fiscales siguen dominando el debate sobre el futuro de Puerto Rico. No es para menos, por la multimillonaria deuda que permitimos que nuestros gobernantes tomaran a nombre nuestro. Pero la salida de la multidimensional crisis que nos arropa requiere discutir y acordar sobre otros temas de tanta o mayor importancia y debe hacerse en el marco de una nueva estrategia integral, cuyo mejor acercamiento lo ofrece la noción internacionalmente reconocida como el “desarrollo humano”.

No es posible seguir pensado y elaborando políticas, planes, programas y proyectos en forma fraccionada y desarticulada.  Eso lo hemos hecho por años y así nos ha ido. Necesitamos una estrategia articulada, prolongada en el tiempo y sinérgica; una estrategia centrada en las personas, que las aliente a participar en la definición de su futuro. Precisamos una estrategia de desarrollo humano sostenible, que integre cinco procesos fundamentales:  

i) auditoría de la deuda para viabilizar una renegociación justa, fijar responsabilidades y lograr acceso a los mercados;

ii) innovación y producción de bienes y servicios que se precisan en Puerto Rico y en la región del Caribe para superar la pobreza, prevenir desastres y preservar el medioambiente;

iii) apoyar al capital local y la producción asociativa para consolidar un vigoroso sector social de la economía, que permita crear empleos dignos y bien remunerados;

iv) realizar inversiones indispensables para asegurar la infraestructura física y humana que asegure condiciones para el pleno desarrollo de los talentos y capacidades de nuestra población en un marco de igualdad de oportunidades, equidad y justicia; y

v) acordar y poner en marcha un proceso supervisado internacionalmente para la descolonización y libre determinación de Puerto Rico.

Sin un enfoque integral y sinérgico basado en lo que le pasa a las personas como resultado de políticas, inversiones y decisiones que toman el gobierno, las empresas y la propia sociedad, seguiremos repitiendo los errores del pasado. El neoliberalismo que se remoza cada cuatro años desde hace décadas, solo ha beneficiado a unos pocos y nos ha llevado a una calamidad colectiva. Es hora de abrir las mentes para generar estrategias a partir de nuestras propias necesidades y de nuestros talentos y capacidades. Eso, que en el mundo se denomina desarrollo humano, acá apenas se conoce. Por tanto, necesitamos aprender, discutir sobre ello, y exigir que las políticas públicas se enmarquen en ese nuevo paradigma. Cada vez queda más claro que los planes fiscales recientemente aprobados agudizarán aún más la crisis que vivimos.

Nadie duda que Puerto Rico precisa profundos cambios. ¿Pero cuál debe ser la brújula que les sirva de orientación?  Hasta ahora hemos sido una nave a la deriva; navegando sin un rumbo orientador, instrumentando políticas y programas azarosamente, cambiando de énfasis con cada cambio de gobierno, pero sin base documentada.  Se aprueban proyectos legislativos sin estudiar bien sus posibles resultados; raras veces se identifican sinergias que podrían potenciarse entre diversos ámbitos, y permanentemente duplicamos y cancelamos esfuerzos por no hacerlo. Pero, sobre todo, se gobierna a espaldas de la gente; sin reconocer el alto nivel de capacidades humanas que tenemos en Puerto Rico que podrían ser una cantera inmensa de estímulo a la innovación, a la productividad y al cambio positivo. Nuestras universidades y colegios profesionales tienen capacidad sobrada para apoyar los procesos de toma de decisiones gubernamentales y empresariales.  Pero generalmente son consultoras externas las llamadas a hacerlo. Todo ello nos ha convertido en especialistas en dejar pasar oportunidades que otros habrían convertido en minas de oro.

Doy un ejemplo de pérdida de oportunidades en el ámbito de  la tecnología. Por la particular relación con los Estados Unidos fuimos de los primeros países en tener acceso a un inmenso mercado de aparatos, aplicaciones y usuarios de tecnología, especialmente en información y comunicaciones. ¿Qué hemos hecho con eso? ¿Hemos usado esa ventaja a nuestro favor colectivo, o la dejamos perder? Creo que nos hemos convertido en voraces consumidores individuales de tecnología, pero nunca nos pensamos como creadores o innovadores tecnológicos, como un colectivo capaz de generar riqueza a partir del conocimiento que fuimos adquiriendo. Por supuesto, hay algunas honrosas excepciones.

Pensemos en la educación en Puerto Rico. ¿Qué pasó con los planes de incorporarla tempranamente, en los noventa? El resultado de una enorme inversión pública fue el encarcelamiento de decenas de funcionarios públicos por corrupción en compras de equipos y aplicaciones, pero muy pocos alumnos fueron realmente alfabetizados tecnológicamente. En tres décadas no se pudo articular una estrategia integral para formar nuevas generaciones que contribuyeran a crear nuevos productos y servicios, generar empleos y cerrar la brecha social y la digital.

Comparo eso con lo sucedido en Uruguay, un país poblacionalmente pequeño como Puerto Rico y con muchísimo menos presupuesto y recursos calificados. Pero un país que pasa todas sus propuestas de política pública por el crisol del desarrollo humano.  Entró tardíamente en el mundo de la tecnología, pero a través del ambicioso Plan Ceibal conducido por el sistema educativo desde 2007, cobró un impulso que atraviesa todos los sectores productivos del país. En apenas diez años generó un importante andamiaje de conocimiento y experticia en programación, servicios informáticos desarrollo de aplicaciones, robótica, inteligencia artificial, animación y videojuegos, que lo colocan a la vanguardia regional en el tema. El sector produce desde hace varios años bienes y servicios para consumo local y para exportación; ha dinamizado todo el mercado laboral; ha atraído inversiones externas y genera ya casi tantos ingresos como la tradicional industria lechera y cárnica.

¿Cómo lo hizo el Ceibal en Uruguay? Con una estrategia integral, que en un mismo esfuerzo buscaba educar a estudiantes y docentes, a padres y madres, así como a funcionarios gubernamentales y de empresas.  Toda la sociedad fue tocada de una u otra manera por ese gran proyecto nacional, en el cual sus contenidos no fueron comprados a las grandes multinacionales, sino que fueron generados por los locales: docentes, psicólogos, pedagogos, especialistas en políticas públicas y técnicos en informática. Se apostó a estimular la curiosidad, la investigación y la innovación, tanto en el salón de clases como en el ámbito laboral, y se creó la Agencia Nacional de Investigación e Innovación para irradiar esa visión hacia todas las políticas públicas. La voluntad de lograrlo se afirmaba con cada compra o contrato que el propio gobierno uruguayo hacía con el talento local, en vez de salir a contratar consultores del exterior.  Porque así se construye el desarrollo cabal de una sociedad.

La industria de carne y leche uruguaya también formó parte de esa revolución silenciosa del conocimiento. Cada camión que recoge la leche de los productores uruguayos tiene un laboratorio instalado en la cual se garantiza que la leche que entra no tiene contaminación de tipo alguno, antes de elaborarse.  Los animales que terminan en jugosos bifes tienen un chip en la oreja donde se traza toda su historia desde el nacimiento.

La implantación de sistemas tecnológicos, diseñados para necesidades del Uruguay, ha permitido también mejorar la recaudación de los diversos impuestos, el control y la verificación de pagos de salarios en trabajos, hasta hace una década informales, como los peones de campo, la construcción y el empleo doméstico. Nuevas profesiones y oficios han nacido del rico proceso y los beneficios para toda la sociedad son claros. La relación entre el sistema educativo y el sistema productivo se ha transformado en una relación dialéctica, en la que uno apoya al otro. La educación tiene capacidad de respuesta rápida a través del las escuelas técnicas, que han sido concebidas como universidades para el mundo del trabajo. Así han nacido centenares de programas educativos con una fuerte base tecnológica en rubros inéditos que sostienen la estrategia de diversificación de la producción, de los medios de producción y de los mercados.

La estrategia puertorriqueña, desde hace décadas, ha sido buscar en el Congreso de Estados Unidos mecanismos para asegurar beneficios al capital estadounidense; ello ha generado muchas ganancias a esas empresas, pero no ha generado una economía próspera ni bienestar colectivo para Puerto Rico. Ha llegado el momento de quebrar ese modelo fracasado y apuntalar hacia otra ruta, con brújula clara en el desarrollo humano.

Puerto Rico tiene enormes posibilidades de incrementar su desarrollo humano si creamos juntos un clima de oportunidades reales para todas las personas. Ello, además, permitiría regenerar confianza en diversos ámbitos, lo que es fundamental para todos los procesos de desarrollo. La inversión en procesos que generen capital social ha sido fundamentales para mejorar las perspectivas del desarrollo humano en todo el planeta. Aprendamos esas lecciones.

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