Yarimar Bonilla

En Vaivén

Por Yarimar Bonilla
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El desastre que se repite

En el segundo aniversario de María tengo un gran sentimiento de déjà vu. Por un lado, vuelven a la memoria aquellos primeros días de septiembre de 2017, entre el paso de Irma y el de María, cuando pensábamos que habíamos esquivado el desastre y muchos se movilizaban para ayudar a nuestros vecinos en las Islas Vírgenes (sin imaginar que pronto nos tocaría a nosotros). Por otro lado, pienso también en septiembre de 2018 y en lo difícil que fue tratar de conmemorar ese primer aniversario cuando todavía nos sentíamos en el ojo de la tormenta.

Si bien aún es imposible hablar de algún tipo de recuperación, por lo menos a dos años de la tormenta empezamos a sentir algo de distancia entre el momento actual y el de María. Esto no quiere decir que María haya desaparecido de nuestras conciencias, sino que reconocemos que Puerto Rico se encuentra en una era post-desastre. Vivimos en un después. Durante los eventos del verano particularmente se empezó a sentir que habíamos cruzado un portal y abierto un nuevo capítulo.

Pero esa frágil distancia entre “antes” y “después” se vio amenazada con la llegada del huracán Dorian. Una vez más, se desvió la tormenta, devastando esta vez a los vecinos del archipiélago de las Bahamas. Mientras observaba el paisaje familiar de árboles secos, casas en ruinas, comunidades abandonadas y residentes en estado de shock frente a pérdidas devastadoras, no pude evitar sentir que el desastre caribeño se repetía.

Uno de los textos clásicos de los estudios del Caribe es la colección de ensayos del escritor cubano Antonio Benítez Rojo “La isla que se repite” (1989). Benítez Rojo argumenta que, a pesar de su gran diversidad lingüística, cultural y política, la región del Caribe representa un archipiélago en el que ciertos procesos históricos, cosmologías y tradiciones se repiten.

Pensé mucho en esta idea de repetición mientras observaba el paisaje quemado y colapsado de las Bahamas y la forma en que los residentes hacían frente a una serie de problemas familiares: escasez de alimentos y atención médica, desorganización gubernamental, confusión, desespero y la angustiante amenaza del destierro. Aun con las diferencias que distinguen el Caribe anglófono del hispano, aparecían los mismos patrones, que incluyen también la frustración de los caribeños en la diáspora frente a la falta de comunicación con sus seres queridos y el agobiante sentimiento de impotencia que produce la distancia.

Aunque las Bahamas no son parte de los Estados Unidos, vimos también la repetición de posturas imperiales, tales como las declaraciones racistas de Trump de que entre los refugiados se encontraban “personas muy malas”, su intento de imponer nuevas restricciones de visados y las más recientes declaraciones de que los bahameños deberían resolver sus propios problemas. Entre los pocos políticos estadounidenses que han propuesto mayor ayuda a las Bahamas se encuentra Marco Rubio, pero no para ayudar al prójimo, sino para evitar que las Bahamas sean reconstruidas por la China.

Los estudiosos de los procesos de desastre reconocen que no existe tal cosa como un “desastre natural”. Lo que convierte un evento climático en un desastre son las condiciones sociales preexistentes: la desigualdad social, los problemas de gobernanza, la falta de planificación, la política ambiental, entre otros. En el caso del Caribe, nuestra historia común nos ha dejado en un estado de vulnerabilidad extrema.

Nuestras sociedades fueron construidas para el consumo y placer de extranjeros: primero la economía azucarera que buscaba satisfacer el paladar y la economía del imperio y luego la industria de turismo y el énfasis en crear economías para atraer al “visitante” en lugar de economías para retener a los residentes. Estos procesos nos han expuesto como región a construcciones inadecuadas, ciudades mal planificadas, el mal manejo de las costas y el dominio de economías de explotación donde se desatienden muchos de los servicios esenciales que nos podrían fortalecer al momento de enfrentar un desastre.

Me parece que el miedo más grande que sentimos los puertorriqueños en este momento es que a dos años de María miramos a Bahamas y sentimos que nos miramos al espejo. No solo en el sentido de volver a ver lo que vivimos hace dos años, sino también en el sentido de los retos de la recuperación. Al observar estos fenómenos—y pensando también en la recuperación que aún se lleva a cabo en Dominica, San Martín, Antigua y Barbuda luego de Irma y María, donde al momento se desatan luchas por la construcción de complejos de hotelería de lujo sobre terrenos en disputa—da la impresión de que el desastre que se repite no es solo ambiental, sino histórico y político.

Lo más preocupante no es el hecho de que ahora mismo no estamos listos para otro huracán, sino que no vemos que se estén trazando otros caminos para el futuro. Si sabemos que los desastres son producto de las condiciones sociales preexistentes, y no simples productos de la naturaleza, ¿qué estamos haciendo como sociedad para evitar que el desastre se repita? ¿Qué lecciones aprendimos de la tragedia de María?

Partiendo de la idea de Benítez Rojo, debemos tal vez comenzar por mirar a nuestro alrededor para ver cómo nuestros vecinos caribeños articulan los retos y aplican las lecciones aprendidas de los repetidos huracanes que nos amenazan con tanta fuerza en la era del cambio climático. Cabe observar cómo frente a las mismas amenazas, y con el mismo legado histórico, podemos desarrollar estrategias compartidas para que la tragedia de María, la devastación de las Bahamas y el terror que nos invade con cada aviso de tormenta deje de repetirse.

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