Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El descontrol del verano

Después del paso del huracán, aparte de tomar medidas de salud pública y reconstruir viviendas, y planificar cómo se les dará refugio a los que viven en zonas peligrosas, en caso de presentarse una nueva amenaza, ha debido mirarse qué se va a hacer con las zonas costeras que han sufrido más, y qué planes van a ponerse en marcha para darles ese espacio necesario para su recuperación.

Hace rato debieron tomarse medidas excepcionales. Sufrimos un huracán devastador y, como todos sabemos, las secuelas pueden extenderse por años. ¿Tanto trabajo le costaba al Departamento de Recursos Naturales y Ambientales elaborar unas medidas de emergencia para que no ocurriera, por ejemplo, lo que ocurrió en Cayo Caracoles, en el área de La Parguera, hace tres semanas?

A un chistoso que ahora no da la cara, se le ocurrió convocar una fiesta de botes en un lugar cuyo ecosistema debe estar prácticamente cogido con alfileres, ya que no se puede haber recuperado en tan poco tiempo. Llegaron los convocados, echaron anclas y se tiraron al agua con sus botellas o vasos plásticos. Uno de los que estuvo allí admitió a los medios que, al no haber playa, se quedaban cerca de los botes, con el agua a la cintura, pasando las horas entre charlas, alcohol y música, algo que pudieron haber hecho en cualquier balneario, sin molestar lo que a duras penas está levantando cabeza.

A un mes del huracán, en octubre de 2017, un pescador de la zona narraba el espectáculo dantesco que había visto al salir en kayak por los alrededores de La Parguera:

“Cayo Enrique está quemado”, decía. “El mangle está todo quemado. Mata la Gata está llena de hojas y de ganchos partidos. Y en Mata la Garza, que es el lugar de anidaje de las garzas, no hay ni una”. Añadía que el agua de La Parguera se había contaminado con los desperdicios podridos que se tiraron desde las casas-bote.

En ese momento había no solo que hacer un inventario de daños, sino emitir disposiciones rápidas para proteger lo más posible la rehabilitación. No se trata de impedir el paso, sino de evitar aglomeraciones y abusos. Porque lo de esa hemorragia de lanchas, de ruidos, de tiradera de basura, fue un abuso que llamaron “Floatopia”. El descerebramiento en su expresión más acuática y etílica. Copiado de South Beach, donde las autoridades ya han dicho que no permitirán ni una más, por el desbarajuste y la suciedad que dejan. Y eso que en Miami se celebra en una playa de verdad, no en un cayo como Caracoles, agotado, presuntamente protegido, frágil luego del embate de un huracán monstruoso.

A los organizadores no los localizaron porque no quisieron. O porque vaya a saber quiénes estaban enredados en eso. De hecho, ya el evento se olvidó. Son agencias inconsistentes y holgazanas las encargadas de cuidar los recursos naturales.

Sin embargo, otros eventos están en fila para celebrarse, lo mismo en el área de La Parguera que en otros puntos maltrechos de la isla, que renacen poquito a poco a estas alturas. Aunque hayan tramitado los permisos, tiene que haber control. Vigilancia estrecha. Advertencias. Y, de ser necesario, multas contundentes.

A fines de este mes, en la propia Parguera, se anuncia un evento donde “miles de dueños y fanáticos del Ford Mustang” se darán cita. Más de veinte clubes de toda la isla, y multitud de curiosos. Dos días. Para la economía de la zona, sobre todo en el ámbito gastronómico, debe ser muy bueno. Pero tengo la sospecha de que habrá que vigilar los excesos en el tráfico, la afluencia (una vez más) de un alto número de lanchas, y sobre todo la acumulación de desperdicios, que va a ser histórica.

Por otro lado, esta es la época en que empiezan los festivales playeros de las estaciones radiales.

La gente tiene derecho a divertirse cuando está de vacaciones, eso es incontestable. Pero en la promoción de esos festivales, que debería utilizarse para insistir en la conservación, nunca se les ocurre decirles a los oyentes que no olviden llevar una bolsa para disponer de la basura; que estén pendientes de los niños para que no arrojen al agua vasos o sorbetos; que no se destroce la vegetación con los neumáticos de los vehículos. Eso ni se menciona. Ni les pasa por la cabeza. Todo se reduce al vacilón, a la cerveza, y a lo generosa que es la estación radial que les da circo.

El hecho de que esos festivales se celebren en balnearios, no quiere decir que se abran las compuertas sin ningún escrúpulo. Todo lo que se bota en la playa sigue su camino hacia algún otro lugar. Hacia el estómago de especies en peligro de extinción. Hacia los manglares, que chupan las porquerías como esponjas y al final se mueren. Hacia los cayos e islotes que están protegidos.

Para hacer este escrito, he mirado, por encimita, la “agenda” de las fiestas playeras en distintos puntos del país. Lo mismo que he hecho yo, y mucho mejor por supuesto, lo pueden hacer las agencias de protección ambiental, si es que van a trabajar ahora en verano, que es cuando se necesita que trabajen. Si se van de vacaciones, que lo digan, y no los molestamos.

Este no es un año como otro cualquiera. No es un verano como otro cualquiera. Acabamos de salir de una pesadilla, y entre la erosión causada por el huracán, y los efectos del cambio climático, las playas se nos van encogiendo, marchitando, volviéndose arrabales costeros.

La impunidad no puede ser la bandera de estos meses como ha sido en el pasado. Diversión con daño a la naturaleza, no es diversión. Es embrutecimiento.

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