Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El desenlace de la tragedia

Desde hace cerca de su mes, el tiempo ha dejado de ser una extensión colonial e indefinida del tedio y se ha convertido en catástrofe. Este término lo elijo a propósito, refiriéndome a su sentido original: una catástrofe es el desenlace de una tragedia.

En estos días parece que en la proverbial “charca” de Manuel Zeno Gandía ha ocurrido un maremoto. En tan solo dos semanas, el país pasó de un gobernador y un presidente del Senado que sospecharon lo que venía y apresuradamente huyeron a esconderse en sus vacaciones, a la publicación, que provocó un cataclismo, de un chat de 889 páginas que eliminaba toda duda razonable sobre la abyección de nuestros gobernantes y sus extremadamente bien compensados colaboradores. Sin grandes convocatorias ni directrices, como nunca se había visto, el pueblo salió a las calles a manifestarse. Noche tras noche, sobre el viejo San Juan flotó una nube de gases lacrimógenos. Gentes de múltiples generaciones, pero sobre todo los jóvenes, dieron muestra de valentía y creatividad, exigiendo la renuncia del gobernador. Luego de una entrevista desastrosa en la televisión estadounidense, que después del chat se convirtió en su segundo retrato vivo, Ricardo Rosselló tuvo al país en vilo hasta los primeros minutos del 25 de julio, cuando anunció su renuncia.

Las celebraciones fueron inmensas y en los días que siguieron, la gesta del pueblo puertorriqueño se convirtió en noticia de primera plana en los principales diarios del mundo. El movimiento contra Rosselló no era unitario en términos de opciones políticas, pero demostró patentemente la existencia de una nacionalidad que defendía con arrojo y pasión el territorio de su archipiélago y la cultura producida por sus habitantes. En muy poco tiempo, se transformaron las prácticas de lo político en Puerto Rico. De forma memorable, durante días, la mayor parte de los políticos parecieron indefensos y atontados.

Escribo el miércoles de esta semana. Hace siete días renunció el gobernador y multitudes celebraron en toda la isla. En ese momento, sino antes, comenzó la contraofensiva. La casta política del bipartidismo no ha parado de reorganizar y apertrechar sus batallones. Todo se ha hecho a puerta cerrada, pero llegan rumores de las maquinaciones de sus cabecillas. Rivera Schatz, Méndez, Wanda Vázquez y el propio gobernador parecen no estar dispuestos a ceder terreno ni privilegios y más de uno se dispone a llevar al país a una gravísima crisis constitucional para obtener beneficios políticos.

Esta mañana se publicó que Rosselló escogió a Pierluisi como secretario de Estado y, por tanto, como su sustituto en la gobernación. Esta decisión ya es una catástrofe para el renunciante, que se ha visto obligado a seleccionar a su rival en las primarias. Mañana se reúne la legislatura para confirmar el nombramiento, pero el presidente del Senado ya ha insistido en que esto no ocurrirá. Anteriormente, la secretaria de Justicia ya había expresado su renuencia a responsabilizarse por la gobernación; ahora Hacienda es dirigida por un becario de un programa de estudio y trabajo, y la carambola del caos gubernamental halla sentado en Educación a un ayudante de una exsecretaria acusada por delitos federales. La novela política puertorriqueña rebasa las posibilidades de verosimilitud de la ficción. Ni siquiera la reciente y alucinante Tercer mundo de Pedro Cabiya puede dar cuenta de la magnitud y la ridiculez de nuestra catástrofe, del desenlace de nuestra tragedia.

En la desolación del paisaje luego de la batalla, quedan muertos y mutilados políticos, pero aparentemente un cabecilla los fue dejando sin apoyo según se dirigían al frente de guerra. Ese miliciano se llama Thomas Rivera Schatz.

El futuro inmediato es imposible de predecir. Cuando se lea esta columna el sábado, el gobernador podría ser Rosselló, Pierluisi, Vázquez, el desconocido secretario de Educación, Rivera Schatz o alguno de sus agentes. Casi no importa quien impere, porque lo que demuestra esta lista es la negativa de los políticos a escuchar los reclamos de los que se expresaron masiva y claramente en las calles. Ninguno de estos personajes es ajeno a la mentalidad de cónclave conspiratorio, como gestión de gobierno y del poder político que se manifestó en el chat. Todos están marcados por conflictos de intereses, falta de transparencia y por su concepción de que se gobierna como si el PNP fuera un partido único. Todos deciden ignorar que ese partido apenas rebasó el 40% del voto en las últimas elecciones y que, ahora, sus cuotas de apoyo deben ser incluso menores.

Rivera Schatz pretende llegar a la gobernación aprovechando el río turbio de la catástrofe política puertorriqueña. Por muchos años fue capataz de otros, pero ahora quiere ser dueño de la hacienda. Una vez en el poder, Rivera Schatz actuará como si dispusiera de un estado de excepción y atacará sin dar antes el alto. Así lo ha hecho durante años con sus correligionarios y opositores, con periodistas, huelguistas y universitarios que fueron gaseados y macaneados frente al Capitolio. Sus tweets son agresiones que reducen medio millón de ciudadanos a un puñado de “Maduritos” o constituyen amenazas a quienes se opongan a sus designios o acusaciones personales y en ocasiones homofóbicas que pretenden amedrentar la disidencia. Sus negociaciones se dan luego de un bombardeo estilo blitz.

La catástrofe, el desenlace de la tragedia de la política colonial puertorriqueña, tiene a Rivera Schatz como absoluto protagonista. Hoy miércoles no sé si llegará o no a la gobernación, pero no importa, porque ya es él el que ha tomado el poder. La discusión sobre los destinos del país se da alrededor de una mesa de conspiradores. El capataz Rivera Schatz ha ido eliminando políticamente a los herederos de la hacienda y está dispuesto a imponer el orden entre los agregados y jornaleros, que de un tiempo a esta parte, han tenido la osadía de pensarse gente.

El terror de los puertorriqueños se da en la colonia inamovible. La pesadilla no es hija de la libertad sino del colonialismo. Rivera Schatz, el que pretende ser nuestro señor, es el desenlace de la tragedia.

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