Carlos Dalmau Ramírez

Tribuna Invitada

Por Carlos Dalmau Ramírez
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El desfile militar de Trump y Puerto Rico

El presidente Donald Trump ha pedido que el Pentágono le monte un desfile militar a lo largo de la Avenida Pennsylvania en Washington, DC. Esta idea se le ocurrió al presidente durante su visita a Francia el año pasado, donde presenció el tradicional desfile del “Día de la Bastilla”.  Allí Trump, al ver lo solemne que lucía Emmanuel Macron ante el despliegue del poderío militar francés por la Champs Elysees, habría pensado: “!Yo quiero mi desfile!” 

Reporta la prensa que el alto mando militar quedó perplejo cuando Trump pasó del deseo genérico a la orden seca: “¡quiero un desfile como el de Francia!”.  Se trata de una instancia sin precedentes.  La tradición americana, distinta de la francesa, limita estos eventos a la celebración de éxitos militares contemporáneos.  El último de estos triunfos fue en 1991, luego de la Guerra de Kuwait.  Pero, ya sabe usted, el presidente es el comandante en jefe y si insiste habrá que darle su desfile.  Mientras yo aquí ando pensando cómo todo esto puede ayudar en algo a mi querido Puerto Rico.

Mientras, por todas partes se levantan las voces de repudio.  La organización de veteranos “VoteVets” ha criticado duramente la idea de una parada militar para saciar el ego de un presidente, con “tendencias autoritarias”.  El general retirado Paul Eaton ha tirado con todo al decir que “desafortunadamente, en este momentos, no tenemos un comandante en jefe, sino un aspirante a hombre fuerte de república bananera.” Se intensifica el debate, y yo pensando en Puerto Rico.  

Para muchos, el desfile de Trump tiene un dejo de totalitarismo y levanta bandera roja en un mundo crispado con juegos nucleares y amenazas de guerra.  La congresista Jackie Speier ha liderado la descarga de los demócratas advirtiendo que “aquí tenemos un Napoleón en ciernes.”  Ante la lluvia de críticas y cuestionamientos, la Casa Blanca le ha dado un giro al asunto y alega que el propósito del presidente Trump es recordar la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial.  Sigo pensando en Puerto Rico.

Resulta que los puertorriqueños cuentan con una honrosa e incuestionada historia de servicio militar en las fuerzas armadas de los Estados Unidos.  Esta historia comienza precisamente con la Primera Guerra Mundial.  La ciudanía americana fue concedida (o impuesta) a los puertorriqueños con el Acta Jones de 1917.  Esta ley precedió por solo dos meses la ley de Servicio Selectivo, que trajo consigo el servicio militar obligatorio en Puerto Rico.  Entonces fueron reclutados 236,000 puertorriqueños y 18,000 pelearon activamente en aquella brutal guerra. 

Ciudanía americana y sacrificio militar fueron de la mano desde entonces.   En la defensa de los intereses de Estados Unidos, los puertorriqueños han pagado, como ha dicho Luis Dávila Colón, un enorme tributo de sangre.  Cien años después de la Primera Guerra Mundial es buen momento para preguntarnos si el sacrificio ha valido la pena.   

Es momento de plantear por qué pelearon nuestros soldados, si no fue por un futuro de democracia, libertad y oportunidades para todos.   Precisamente hoy que nos encontramos en bancarrota, sin genuino apoyo federal y en un régimen anti-democrático impuesto por el Congreso.  

Presidente Trump, tenga su parada.  Mientras, nosotros utilicemos el momento para exigirle respeto, diligencia y dignidad hacia Puerto Rico.  Este es el mejor tributo a las generaciones de soldados nuestros que creyeron en la promesa de los Estados Unidos.  Que pelearon por ella.  A ver si esta vez nuestros líderes no se achican frente a Trump; a ver si esta vez, en lugar de conformarse con papel toalla, le exigimos dignidad y respeto para Puerto Rico.  

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