Carlos I. Gorrín Peralta

Punto de vista

Por Carlos I. Gorrín Peralta
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El desprecio presidencial

Donald Trump es un personaje único. Su récord de desprecio hacia diversos grupos es notorio. Sus críticos dicen que es una persona prejuiciada, racista, sexista, homofóbica y mendaz. Algunos le imputan desajuste mental. Otros desaprueban su estilo irrespetuoso aunque concuerdan con el contenido de sus expresiones.

De un tiempo a esta parte su desprecio hacia Puerto Rico ha provocado indignación profunda. Más allá del papel toalla luego de María, exagera por mucho los fondos que supuestamente ha asignado y transferido su gobierno a nuestro país luego del huracán, y denuncia que Puerto Rico es uno de los lugares más corruptos del mundo, su gobernanza está rota, su gobierno ineficiente malgasta fondos federales y ha incurrido en quiebra por una impagable deuda pública.

Las críticas que esto ha provocado casi añoran el momento en que termine su presidencia, para regresar a la normalidad. Pero, ¿desaparecerá el desprecio presidencial hacia Puerto Rico cuando “salgamos de Trump”? ¿O seguirá siendo más de lo mismo, con un nuevo enchape de respetabilidad?

Los veinte presidentes anteriores a Trump también han despreciado históricamente a Puerto Rico al gobernar al país como una colonia para adelantar los intereses económicos y geopolíticos de los Estados Unidos. Veamos algunos ejemplos. McKinley nos conquistó; su general Miles proclamó al llegar que nos traía las bendiciones de la libertad, pero el presidente firmó la vergonzosa Ley Foraker que estableció un régimen colonial que todavía no ha terminado. Wilson firmó la también colonial Ley Jones. William Taft dijo como presidente que estaba de acuerdo con imponer la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, pero eso no implicaría que fuéramos parte de los Estados Unidos; como presidente de la Corte Suprema luego resolvería eso mismo. Truman firmó la Ley 600 con la cual se engañó al país por décadas; también engañó a Naciones Unidas, indicando que habíamos alcanzado el pleno gobierno propio y que habían desaparecido los últimos vestigios de colonialismo. 

Desde Carter, los candidatos a la presidencia han hecho campaña en primarias presidenciales, y algunos han venido personalmente a recaudar fondos y conseguir votos para sus convenciones, aunque no participamos en la elección. Las comisiones de Casa Blanca designadas por Clinton, Bush y Obama han indicado que lo que se dijo en Naciones Unidas no tenía significación jurídica, y que Puerto Rico sigue siendo territorio no incorporado, sujeto a los poderes plenarios del Congreso. Obama prometió que en cuatro años resolvería el problema del estatus, pero en su octavo año cabildeó a favor del proyecto de ley redactada por su Secretario del Tesoro que resultó en la ley Promesa. Por supuesto, todos han reclutado nuestros jóvenes, bien sea obligatoriamente, o prometiendo villas y castillos, para ir a pelear y morir en guerras ajenas.

Trump es una vergüenza para los Estados Unidos en el escenario internacional y en muchos aspectos internos. Para nosotros es un dolor de cabeza porque somos un territorio no incorporado y sus políticas nos afectan. Pero el fin de Trump no marcará el fin del desprecio hacia Puerto Rico. Enfocar nuestras críticas en su persona promueve esperanzas de un futuro mejor cuando ya no sea presidente, como si no fuera aún más indignante que las tres ramas del gobierno federal nos sigan considerando una posesión que pueden gobernar, dejando sin efecto decisiones del gobierno local que no armonicen con sus designios, e incluso cediendo a Puerto Rico a otro país sin siquiera consultarnos.

Solo cuando el pueblo exija que termine el colonialismo, y ejerzamos la libre determinación para crear un nuevo Puerto Rico no sujeto a los poderes plenarios del Congreso, terminará el centenario desprecio de los presidentes hacia Puerto Rico.

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