Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El día del punto

Pertenezco a una generación de escribidores que devoraba los cables cuando salían del teletipo, eso era lo más inmediato que teníamos.

Un puñado de escogidos, que eran los periodistas encargados del “cierre”, revisaba y corregía en el último minuto las noticias y los reportajes que salían al día siguiente, renegando de su vida de noctámbulos de redacción, pero sintiéndose en el fondo afortunados de saber lo que diría la prensa dentro de unas horas.

El periodismo es eso, una clarividencia desvelada.

No me acuerdo cuándo fue que mis escritos comenzaron a salir en endi, que es como llamamos al periódico en línea. Y, si no me acuerdo, es que la transición fue indolora. Evoco lejanamente una conversación en la que me informaron que mi columna se publicaría al mismo tiempo en el papel y en la versión electrónica del diario. Dije que sí. A lo que me causa estupor, respondo rápido que sí o que no, dependiendo del presentimiento. Tuve el presentimiento de que esto era sí (o sí). Y hoy debo decir, después de tantos años, que lo más bonito que me ha pasado en esta aventura cibernética, es descubrir cada domingo los cariñosos comentarios que me prodigan miles de lectores, y que leo al instante. Incluso, si todavía es temprano, siempre hay un buen amigo, o amiga, que me despierta para leérmelos por teléfono: “¿Ya viste lo que dicen de ti?” o “¿Estabas durmiendo? Mira lo que te ponen”. Y lo miro. Claro. Faltaría más, cómo no lo iba a ver.

Nos sustituye, ahora, una generación para la que es normal que los diarios se lean en la computadora y, más recientemente, en el teléfono. Pero hubo un tiempo en que la mayoría de nosotros esperábamos a que llegara el New York Times a las redacciones donde trabajábamos, con un día de retraso, por supuesto. La jerarquía era la jerarquía —nada de “transversalidad”, qué palabreja—, y primero lo leía el director, luego el subdirector, más tarde el jefe de redacción y los editores, hasta que finalmente los sabuesos de la última fila recogíamos los despojos de ese diario magnífico, no sin antes descubrir que a lo mejor le faltaba una página, o le habían recortado una fotografía. En mi caso, además, iba a menudo al aeropuerto, a la hora en que llegaban los aviones de Iberia, para pedir de limosna que me dieran uno de los diarios españoles que recogían los empleados de la limpieza, a ser posible El País.

Hoy en internet podemos leer hasta los semanarios chinos, pero no lo vamos a hacer, no hay que exagerar. Y hay varios periódicos ucranianos, por si necesitamos consuelo.

Al igual que aquellos periodistas que cuadraban el “cierre” de la edición del día siguiente, podemos ver los titulares del diario a la una o las dos de la mañana. Jamás me duermo sin ver la primera plana que se preparó, y leo a esas horas todas las columnas, anoto las erratas (si las hubiera), y refunfuño contra los columnistas que me aburren. Es injusto aburrir, imperdonable, insano. Como me dijo en cierta ocasión el gran periodista colombiano, José Salgar, “en cuanto asome el cisne, hay que torcerle el cuello”. Era su manera de inculcar que en periodismo hay que ir al grano, contar claro y jugoso, y no dejar que asome el pescuezo de lo sensiblero o lo soporífero.

Leer los titulares del periódico, en la madrugada, es un incentivo para devorar el diario en papel varias horas después, mientras se desayuna. No se me ocurriría sentarme a tomar café pasando el periódico en el celular, o en la tableta. De modo que he logrado, en cierta forma, consumar el maridaje idóneo (disculpen los amantes del vino), entre la versión en línea y el periódico clásico, y hasta ahora me ha salido fantástico.

Vendrán los tiempos en que leeremos los diarios en una imagen tridimensional, un holograma con figuras en movimiento y abundante interacción de gente que pasa caminando por entre las palabras, o se detiene a formar parte de las fotografías. Con todo y ese futurismo, habrá que torcerle el cuello al cisne.

Contar lo que pasó, o escribir lo que se piensa, será siempre un oficio un poco desalmado.

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