Luis Balbino Arroyo

Punto de vista

Por Luis Balbino Arroyo
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El día que conocí a Hernández Colón

En el 2014 Alejandro García Padilla propuso impulsar un referéndum de estatus político. La Asamblea Legislativa decidió que las comisiones de Gobierno de la Legislatura tendrían el rol protagónico en la organización del referéndum. Yo era el director legislativo de la oficina del senador Ángel Rosa a mis 23 años de edad y él me asignó a dirigir el proceso de estatus. Él sabía que me apasionaba el tema y que tenía ideas más o menos formadas sobre el asunto. 

Un día, hablando del tema, el senador me comienza a hablar sobre estrategias y me dice: “tengo que hablar esto con Hernández Colón”. Notó mi reacción entusiasmado y me preguntó “tú has conocido a Hernández Colón, ¿verdad?” Mi rostro me delató. Inmediatamente me dijo “¡tú vas conmigo a la próxima reunión!” 

Obviamente conocer a Hernández Colón, para un hijo, nieto y bisnieto de populares “reventaos” era un momento emotivo. Mi madre siempre contaba que cuando conoció a mi padre, su guagua estaba llena de pegatinas populares de la campaña del 88, la última de Hernández Colón. Mi abuelo contaba cómo su padre lo llevaba a caballo a hacer campaña cuando Tío Cayito era alcalde de Moca y cómo Muñoz iba a casa de Tío Cico a hacer chistes “coloraos” con ellos. Y mi bisabuelo, en sus últimos días, no permitía que cortaran los plátanos cerca de casa porque ¡esos plátanos eran populares! 

De camino a Ponce, el senador me dijo con mucha franqueza (y conociendo mi tendencia a hablar cuando me pongo nervioso) “no hables demasiado, escucha y cuando tengas algo que estás seguro que tienes que decir, dilo sin miedo y con firmeza”. Cuando llegamos a Ponce, Hernández Colón me recibió y me preguntó: ¿de dónde eres? Mi respuesta nerviosa fue que soy de Moca. De inmediato me dijo: “ah, allí yo conozco a Luis Alfredo Colón que fue mi comisionado electoral y a Benito Colón que dirigió Emergencias Médicas en mi gobierno”. Cuando le respondí que eran primos hermanos de mi abuelo, me abrazó con cariño y me dijo “¡Ah! ¡Pues eres de los nuestros! ¡Pasa!”

Tan pronto nos sentamos en la sala, lo escuché. Era como ver esos videos que tantas veces vi por internet o en televisión. Una mente inteligente, callada, determinada… pero sobre todo una mente mucho más abierta que la que sus críticos ilustraban. Él conocía con claridad los retos del Estado Libre Asociado. No tenía miedo en discutirlos, pero los ponía en perspectiva muy clara en relación a otras fórmulas de estatus. No era el inmovilista de la caricatura que tanto se le hizo. Nunca olvidaré cuando dijo: “hay que [poner la libre asociación en la papeleta] para darle confianza a los soberanistas de que este proceso es justo”.

Dos horas más tarde, cuando estábamos almorzando en su hogar, osé decir algo. Creo que nunca había estado tanto tiempo callado en mi vida. Le sugerí que la mejor forma jurídica de defender el derecho a la autodeterminación de los puertorriqueños era mediante el debido proceso de ley en su vertiente sustantiva. Fueron quizás los diez segundos más difíciles de mi vida. Cuando lo escuché decir “¡Exacto!”, sentí que habíamos conectado en un plano profundo. Eran pocas las veces que uno tiene la oportunidad de tener esa conversación con alguien con tanta experiencia y calidad intelectual.

El resto de la tarde fue un torbellino de actividad. Discutiendo sobre cómo hacer el proceso plebiscitario más justo, llamó a su hijo José Alfredo para convocarlo de inmediato a su casa. José Alfredo llegó desde San Juan en tiempo récord para hablar con nosotros. Fue la primera de muchas otras veces que hablamos sobre el desarrollo del Estado Libre Asociado. 

Eventualmente tuve la oportunidad de acompañar a José Alfredo en gestiones en defensa del ELA junto a Héctor Ferrer y otros que con valentía y desprendimiento dieron la lucha, sin dinero y en minoría, frente a las críticas de un gobierno abusador que trató de desprestigiar nuestra defensa del Partido Popular de maneras mezquinas y acomodaticias. Tuvimos la oportunidad de reunirnos con líderes congresionales, y la oportunidad de validar las estrategias de Hernández Colón. 

Hace un año, en la catedral del San Juan, lloramos a Hernández Colón. Pero ese día, más firme que nunca, rededicamos nuestras vidas al igual que hicieron nuestros padres junto a él frente a la tumba de Muñoz en 1980. “Nos juramentamos todos contigo en continuar fortaleciendo esa alternativa de paz, y progreso, de confraternidad puertorriquen~a que ha demostrado ser el Estado Libre Asociado”.

Le recordaré siempre, Gobernador.

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