Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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El dictador del Norte

La figura del dictador representa lo peor del género humano: ególatra, codicioso, cruel, desleal, embustero, tramposo, megalómano, violento y destructivo. Es la maldad hecha persona. Este monstruo aplasta a todo lo que se le presente de frente con tal de alcanzar la gloria. Cualquier medio justifica la obtención de este fin. Da la vida por las tres tentaciones que el Demonio le propuso a Jesucristo en el desierto: dinero, fama y poder.

Un rasgo distintivo del tirano es su narcisismo. Sabemos que el narcisista se cree el centro del universo. Solo él y lo que tenga que ver con él, tiene importancia. La persona narcisista está convencida de su perfección y de su superioridad sobre los demás. Necesita aferrarse a la imagen narcisista de sí misma, ya que en ella se basan sus sentimientos de valor y de identidad. Si este narcisismo se ve amenazado, la amenaza es contra una región de importancia vital. No acepta críticas porque jamás se equivoca, y será el vencedor en cualquier tipo de contienda. Nunca perdonará a quien se atreva a corregirlo, a quien se atreva a ganarle, a quien se atreva a herir su narcisismo. Buscará la manera de vengarse, de saldar cuentas con el ofensor. Huelga decir que el narcisista necesita continuamente del aplauso y del reconocimiento para nutrir su vanidad, y en muchos casos se ve obligado a hacerse famoso, porque de otro modo estaría deprimido.

Al narcisista le urge imponer al mundo su propia idea de grandeza: los delirios megalómanos que por tanto tiempo alienta deben trascender del plano subjetivo al objetivo, es decir, pasar de la quimera personal a la realidad de los demás. La palestra social y política es ideal para llevar a efecto tales propósitos, pues en ella se lucha por traer la justicia y el bienestar al pueblo. El narcisista echará mano de sus dotes de orador para embaucar a sus seguidores. La demagogia se le da fácil a este populista que sabe qué cuerdas tocar para entonar las melodías que seducen a las masas.

El destrozado pueblo alemán de a principios de los años treinta del pasado siglo encontró en un joven carismático, llamado Adolfo Hitler, el líder que les devolvería la grandeza perdida. En tiempos de crisis, los pueblos temerosos y desmoralizados depositan su confianza en un salvador para que fortalezca el sentido de identidad y la autoestima. Asimismo, esperan que este mesías resucite una economía moribunda. Este cuento de hadas protagonizado por el megalómano Hitler devino en cuento de terror, tanto para Alemania como para el resto de Europa.

Donald Trump es el Adolfo Hitler de nuestros tiempos. Nació millonario. Está acostumbrado a mandar, a imponer su voluntad. Bautiza con su nombre rascacielos, hoteles, “resorts” y mausoleos, como lo haría cualquier Trujillo o Somoza. El mundo es una extensión de su ego. Incursiona en la industria del entretenimiento, la cual utiliza como trampolín para lanzarse a su carrera política. Como buen “entertainer” se apodera de la imaginación y del alma de los blancos americanos pobres, recelosos del crecimiento de las minorías, en especial de los invasores latinos que representan una amenaza seria en el campo laboral. El multimillonario le habla a esta descontenta población blanca de escasa preparación académica. Apela al racismo, al sectarismo, al patriotismo trasnochado que les devolverá el Estados Unidos de John Wayne.

Sabemos quién es Donald Trump. Él ha logrado imponer su nombre, su persona y su sello inconfundible a la realidad. No podemos escapar de Donald Trump.

Tenemos que hablar de él aunque nos disguste. Es el campeón de los narcisistas. Se ha valido del descaro y del escándalo para llamar la atención del planeta. Ofende sin mirar a quién, y con nadie se disculpa por sus exabruptos y atropellos.

Donald Trump nos bajó de frente y sin dorar la píldora. “Esto es lo que hay conmigo. Lo coges o lo dejas”. La cúpula republicana puso el grito en el cielo, pero nuestro megalómano no se inmutó ni modificó el tono de su campaña alborotosa. Tampoco modificó su fanfarronería, su desfachatez y el “bullying” contra todo el que le saliera al paso.

Este charlatán, este payaso, este abusador, este racista, este misógino, este xenófobo, este hombre barato ha sido electo presidente de los Estados Unidos por gente que sabe que él es un charlatán, un payaso, un abusador, un racista, un misógino, un xenófobo, un hombre barato, y no le importa. ¿Esta es la “gran nación” que idolatran los anexionistas boricuas? ¿La que custodia la democracia y la libertad? ¿Donald Trump es el líder del mundo libre? ¿Un hombre impredecible que actúa por arranques, por perretas de nene chiquito? ¿Que no respeta a nadie? ¿Que acusa de “overrated” a todo el que discrepa de él? ¿Que impone su voluntad a las buenas o a las malas?

Lo que más me asombra y me entristece es saber que muchos latinos, muchos puertorriqueños, dieron su respaldo a este loco. La primera potencia del mundo es gobernada por un imbécil que se burla de “toda esa vaina del calentamiento global y de los cambios climáticos”. Grita a todo pulmón que “los medios de comunicación (The New York Times, NBC, ABC, CBS, CNN) son los verdaderos enemigos del pueblo americano”. El senador republicano John McCain le sale al paso a este disparatero peligroso: “Lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”.

Nuestro comandante en jefe es un bravucón que podría apretar el botón equivocado en medio de una de sus rabietas. Cualquier cosa puede ocurrir cuando el timón se encuentra en las manos de un demente como este. Con razón el servicio de espionaje estadounidense “le oculta información a su jefe máximo por temor a que éste filtre datos sensibles para la seguridad nacional”. El calificativo de “demente” se queda corto.

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