Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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El distanciamiento social ante el COVID-19

Como medida de prevención al contagio del coronavirus, varios países han recomendado a los ciudadanos seguir la estrategia del “distanciamiento social”, definida como el aislamiento espacial (físico), voluntario o no, por reclusión, confinamiento o alejamiento para minimizar las posibilidades de contagio. 

En las pasadas epidemias del SARS y el H1N1 ya se había recomendado esta estrategia, pero nunca a tan gran escala como ahora. Esto requiere evitar lugares donde se agrupan muchas personas a la vez, separar empleados que asisten enfermos en zonas laborales aisladas, acuartelar personas en sus hogares si tienen síntomas gripales y, para proteger a la comunidad, no salir a la calle a menos que sea una emergencia o una obligación insalvable. El nivel más alto del distanciamiento ha sido cerrar pueblos, regiones o países para evitar el tránsito de portadores.

Esta maniobra socio-biológica, inicialmente instaurada de forma masiva en China, ahora en Italia y no descartada en otros países, no ha sido estudiada con profundidad. Pero ya comienzan a levantarse algunas preocupaciones entre profesionales de la medicina, la psicología y la psiquiatría sobre sus efectos a largo plazo porque, en esencia, es una recomendación “contra natura”. Si bien es efectiva para evitar contagios físicos, se desconocen sus efectos psicológicos en la población acuartelada. 

El ser humano es un animal social. Su naturaleza, o sea, su forma inherente de ser, genéticamente programada y socialmente condicionada, es la de buscar compañía en sus pares. La persona se forma en sociedad y depende de ella para su desarrollo y subsistencia, pero ahora se le pide, con duración incierta, cortar las relaciones sociales incluso a extremos de soledad en solitaria (aislarse en un cuarto aparte del resto de la familia si tiene sintomatología). 

Lo prototípico ha sido lo contrario. El ser humano busca apoyo en otros individuos en tiempos de desgracias, enfermedades, desastres, guerras y conflictos. Por siglos, el acompañamiento solidario ha sido un importante baluarte terapéutico-moral implementado y ejecutado por religiones, hospitales y comunidades. El ser humano busca compañía para aliviar temores y dolamas. Por eso hablamos del abrazo que cura, la palabra que alivia, el masaje que relaja, la conexión que tranquiliza, el beso que revive y da esperanzas, la presencia que da fuerzas...

El distanciamiento social recomendado e implementado depende del aislamiento del sujeto como medida sanitaria biológica, pero cabe la posibilidad de que, inadvertidamente, pueda reforzar prejuicios sociales, estigmatizando grupos por raza, clase social o nacionalidad. Hay que prevenir esto, porque agudiza viejos problemas. La solución de un problema no debe crear otro peor.

A nivel individual, de otra parte, sabemos que no todo el mundo maneja bien la soledad, el enclaustramiento, el silencio, la falta de libertad de movimiento y la ausencia de compañía. Personas confinadas en sus camarotes de cruceros contagiados, incluso en parejas, han llamado a familiares y medios noticiosos para indicar que uno de los peores elementos de su situación ha sido la soledad impuesta por encerramiento. Las redes sociales han logrado proveer contactos periódicos, pero la combinación del cautiverio obligado y la incertidumbre del contagio han dado indicativos de no servir mucho para tranquilizarlos. 

En la soledad, encerramiento o aislamiento, algunas personas agravan sentimientos de depresión, vulnerabilidad y desamparo. La experiencia puede ser traumática, porque les desconecta haciéndoles sentir desarraigados, abandonados e impotentes. Estudios recientes en Inglaterra indican que en las personas aisladas por coronavirus aumentó la angustia, elevando sus preocupaciones a dimensiones catastróficas, como si fuera el final del mundo. La ansiedad colectiva aumenta descomunalmente cuando se pierde el control de la vida cotidiana sin saber qué dispone, o hace, el gobierno o cuánto tiempo duran los encierros. En Wuhan, China, la gente buscaba cómo comunicarse de balcón a balcón para no sentirse tan solos y el presidente recién les visitó para anunciar que la situación pareciera haber sido controlada, reportándose, al fin, una merma en casos nuevos. 

El contagio y la epidemia no son nuevos pero las estrategias masivas aplicadas pueden serlo. Habrá que seguir investigando los efectos sobre la salud mental de la propuesta del distanciamiento social. Mientras tanto, la gente debe continuar aplicando medidas extremas de limpieza e higiene para evitar propagación, pero también evaluar y planificar formas de no dejar solos a los afectados, conscientes de que la sensación de abandono es profundamente dañina. La ansiedad elevada y descontrolada puede ser una consecuencia tan indeseable y peligrosa como la pandemia misma. Hay que prevenir ese riesgo también.

Por ello, se recomienda reforzar los hábitos de higiene, abastecerse con víveres y medicamentos apropiados; evitar la culpabilización racista de otros grupos, familias o individuos; reforzar las medidas de cuidado con los más vulnerables; mantenerse informados y actualizados con fuentes fidedignas y, sobre todo, no perder la humanidad caritativa con nuestros pares. Recuerde: en esto estamos todos juntos y juntas. 


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