Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El dodo de Oxford

Apoco de llegar me entero de que la Universidad de Oxford tiene una veintena de museos: de arte clásico, pintura, escultura, instrumentos musicales y el Museo Pitt Rivers de arqueología y antropología. La enorme oferta debe aprovecharse en dosis, pero mis inclinaciones me impulsaron a comenzar por el dedicado a la cultura material y simbólica de la humanidad.

Ubiqué al Pitt Rivers en un mapa y salí de la pequeña casa que la universidad me ha conseguido a media hora a pie del centro de la ciudad. Ese lunes era feriado y la primavera inglesa ofrecía un día nublado y llamativamente frío. Torné en una avenida con grandes casas rodeadas por árboles majestuosos. Todo es profusamente verde en Inglaterra y para alguien acostumbrado a ver transitar los carros por la derecha, el mundo parece haberse puesto alarmantemente al revés.

No tardé mucho en encontrar el museo que queda cerca de las decenas de colleges de la Universidad, que más que facultades académicas parecen monasterios y castillos.

Como todos los museos de Inglaterra, este es gratuito. Aquí ir a un espacio de exposiciones equivale a caminar por una calle o sentarse en una plaza. Los museos son accesibles en cualquier momento y no conllevan para una familia un costo de entrada equivalente a una pequeña fortuna.

Entré al edificio y antes de las escaleras encontré un estacionamiento de coches de bebé. Subí unos peldaños y accedí a un gran espacio interior con techo de cristal y grandes columnas de hierro. El recinto se organizaba en hileras de escaparates llenos de fósiles y animales disecados y por los pasillos se alzaban las osamentas gigantescas de dinosaurios, elefantes y ballenas.

Pronto me di cuenta de que no estaba en el museo de arqueología y antropología, sino que había penetrado a algo así como su vestíbulo enorme, constituido por el Museo de Historia Natural.

Con entusiasmo me detuve ante innumerables vitrinas, pero paulatinamente mi ánimo fue ensombreciéndose. La clientela del museo era eminentemente infantil. Grupos de niños jugaban a encontrar especies y en la tienda del museo había mochilas con fauces sonrientes de dinosaurios y almohadones en forma de ballena. Sin embargo, a pesar de esta ligereza e inocencia, como en todo museo de historia natural de nuestra época, el recinto era superficialmente lúdico y feliz, porque era un enorme cementerio. En sus vitrinas quedaban congeladas por los taxidermistas innumerables especies extintas por las acciones destempladas de la humanidad.

Detrás del cementerio animal, quedaba la necrópolis humana. Al Pitt Rivers se accedía entrando a otro espacio amplio con dos pisos de balcones. Si el primer museo era todo luz, este era todo sombras; si el primero estaba compuesto por algo así como peceras iluminadas, en este los exhibidores apenas alumbrados parecían cajones de sastre atiborrados de objetos. La enorme variedad cultural humana se mezclaba en las vitrinas como si fuera un guiso de sobras. Los objetos se exhibían temáticamente según la función o el material: el Amazonas cohabitaba con vikingos y japoneses, Polinesia con esquimales y africanos.

El museo era un reino de penumbras y los objetos amontonados se identificaban entornando los ojos y leyendo etiquetas, que habían sido atadas a ellos con cordel y que habían sido escritas a mano hacía un siglo. Sus textos eran áridamente factuales: una vasija era una vasija, una cabeza reducida de los shuar amazónicos era nada más que eso.

Simultáneamente maravillado y desconcertado, subí al segundo piso. Nada me preparaba para lo que encontré allí. Era una muestra enorme de las armas de la humanidad. Arcos y flechas, escudos, macanas, cerbatanas y lanzas, las armas que compartieron los pueblos colonizados del mundo, estaban ante las armas de fuego de los pueblos que los habían vencido. Por ninguna parte había ni la más mínima mención de las tensiones que existían en esa sala. No se recordaba ni una sola matanza, ni un solo exterminio, ni una sola derrota que condenara a un pueblo a la esclavitud. En ese segundo piso no había relaciones de poder ni historia. Todo se reducía a un gabinete de curiosidades.

El Museo Pitt Rivers no era solamente una necrópolis, sino una escena criminal alterada, que legaba de generación en generación un monumento a la impunidad de Occidente. La historia del mundo moderno yacía contenida en esas vitrinas, pero permanecía ágrafa, sin lectura, y por tanto sin comprensión.

Al salir, me senté en un banco frente a la fachada del museo. Una mujer se sentó junto a mí y escuché a su compañero decir que en el museo estaba el dodo de Oxford. Entonces recordé la vitrina donde se exhibía su esqueleto y su recreación. El dodo es una de las insignias del museo y la tienda está llena de sus peluches.

Esta especie de paloma gigante que podía llegar a medir un metro, oriunda de la isla Mauricio en el Océano Índico, fue conocida por los holandeses en 1558 y apenas un siglo más tarde ya había sido extinguida. No podía volar y no le tenía miedo al hombre. La combinación fue trágica. El Pitt Rivers resume su existencia de esta forma: “El dodo es la más famosa criatura que se extinguió en tiempos históricos. Sus restos en Oxford son uno de los grandes tesoros del museo”.

Sin embargo, esta no es la historia completa del dodo de Oxford. El año pasado, al investigar el espécimen unos científicos de la Universidad de Warwick, descubrieron que la parte trasera de su cráneo había sido baleada por una escopeta. Según la Canadian Broadcasting Corporation: “Estos pájaros fueron cazados hasta la extinción. Su hábitat fue destruido. Cuando se examina este espécimen y se comprueba que entre 20 y 30 perdigones quedaron incrustados en su cabeza, se está ante el retrato de una muerte violenta”.

Mañana comenzará mi seminario en la Universidad de Oxford. Se titula “La mala invención del Caribe”. Es la consideración del holocausto humano y conceptual producto de las conquistas y colonizaciones que determinan nuestras vidas y lugar en el mundo hasta el día de hoy. Espero honrar la memoria del dodo de Oxford, de todos los dodos, incluyendo la vida precaria de nosotros que también somos los últimos dodos del mundo.

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