Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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El duelo por Notre Dame

“Cambia lo superficial; Cambia también lo profundo; Cambia el modo de pensar; Cambia todo en este mundo”… Así corre la letra de una icónica canción de la famosa cantante argentina Mercedes Sosa. “Cambia, todo cambia”… “Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”; concluye la trova. 

El lunes cambiamos. Fuimos testigos de imágenes sobrecogedoras del desastre por fuego accidental de la icónica catedral medieval Notre Dame en París, Francia. A nivel mundial, las imágenes produjeron intensas respuestas de choque emocional, incredulidad, desasosiego, miedo y angustia. Las imágenes permanecerán imbricadas en la memoria colectiva y personal como otros eventos de trascendencia y dolor (como el 9-11 en Estados Unidos,  el bombardeo del Talibán de los Budas de Bamiya en Afganistán, el fuego del Museo Nacional de Brasil en Río de Janeiro y otras tragedias como la nuestra con el huracán María). Todos cambiamos de alguna forma en cada desgracia.

En el fuego de Notre Dame, afortunadamente, no hubo pérdida de vidas humanas. Entonces, ¿cómo explicar el nerviosismo, el llanto, la tristeza y la depresión que algunas personas han sentido desde que vieron colapsar parte de la estructura milenaria? 

Toda imagen de destrucción evoca fragilidad y transitoriedad. La confrontación directa con lo efímero de las cosas afecta profundamente la psiquis humana. Es el crudo recordatorio de que todo puede cambiar en un segundo. En la eventualidad de enfrentar eventos incontrolables o impredecibles, poderosos o inevitables, es prácticamente imposible no sentir sentimientos de impotencia y temor. Las catástrofes contienen todas las condiciones necesarias para que algunas personas puedan llegar a sentirse traumatizadas. Pero también, paradójicamente, pueden sacar lo mejor de cada cual para reinventar la esperanza, motivarse a la reconstrucción, no dejar caer sus ánimos, sobrevivir y luchar, como vemos hacer a tantos puertorriqueños en la secuela de los huracanes Irma y María de 2017.

El ser humano es un animal social de ritos. Requiere marcar y comprender los eventos importantes en las transiciones vitales. Desarrolla ceremonias e instituciones para conmemorar y trascender. Necesita protocolos y costumbres para estabilizar su vida dentro de los cambios escogidos o impuestos. Desarrolla confianza, tranquilidad, estabilidad y seguridad cuando puede realizar rituales. Quizás por ello, hay ritos en prácticamente todo lo que hacemos. Las plazas, iglesias, escuelas y zonas de encuentros recreativos familiares son lugares de ritos sociales compartidos en grupo y por generaciones. Los rituales personales son realizados a solas, aunque siempre hay excepciones.

La actitud del pueblo parisino y los turistas frente a las llamas que devoraban los techos de la catedral claramente reflejan la forma en que los rituales ayudan a dar anclaje emocional cuando el mundo parece tambalearse. Vimos a muchos ponerse de rodillas en las calles y entonar cánticos religiosos. Unos oraban en voz baja como en misa. Otros han convocado vigilias para los próximos días. Estos rituales religiosos tienen efectos tranquilizantes y terapéuticos pues promueven la unión solidaria al compartir el dolor, miedo y la esperanza (simbólicamente equivalentes a un enorme abrazo colectivo). Evitan la angustia solitaria. Personas que estaban solas en sus hogares salieron a buscar compañía en sitios donde la gente se abrazaba. 

Todo ritual que conglomera multitudes ayuda a combatir el miedo a las incertidumbres. A su vez, los rituales ayudan al comienzo del desarrollo del duelo que produce la pérdida, en este caso, de un icono del catolicismo que es, a la vez, una estructura arquitectónica de gran importancia mundial histórica y simbólica. 

Según sentimos tristeza y dolor al perder un ser querido, también es posible desarrollar dolor emocional en la pérdida de objetos concretos (como la estructura de un monumento, las obras de artes dentro, los antiquísimos símbolos protegidos y venerados) y simbólicos (la historia, los personajes, el valor de los antepasados). El lamento compartido mediante rituales puede ayudar a transformar saludablemente ese tipo de duelo que no es solo por una estructura sino por sus significados. 

No es extraño que algunas personas se hayan sentido como si les hubieran dado la mala noticia de un fallecimiento familiar o cercano. Personas de otras creencias, nacionalidades y visión de mundo, incluyendo ateas, pueden sentirse en duelo enfrentando y procesando reacciones emocionales de tristeza. La irreparable pérdida de arte, historia y el valor de tantos objetos únicos dentro del monumento histórico pueden conformar la experiencia de duelo. 

Recordemos que todo ser civilizado siente empatía con la desgracia ajena. Una de las buenas características de la especie humana es su capacidad de conmoverse ante el dolor de otros y eso ayuda también a procesar el duelo. Este es un buen momento para ello sin olvidar nuestro duelo aún no resuelto pues nosotros también perdimos muchísimo con el desastre de María y, sobre todo, con las secuelas políticas.

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