Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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El eclipse de la moral social

De joven miraba recelosa las películas apocalípticas que pintaban un mundo futuro salvaje, sangriento, sucio, feo, lleno de violencia, miseria y otras plagas sociales. Me parecían exageraciones caricaturescas que solo servían para engrosar el capital de la industria del entretenimiento explotando el desorden, el sadismo, la repulsión y el miedo del público. Ahora que soy vieja, sigo resistiéndome a la sentencia de un futuro “Mad Max” de la humanidad porque es una visión de retroceso, de involución, paradójicamente inhumana, de la que no quiero ser testigo, víctima ni colaboradora. 

Reconozco que hay evidencia de gran deterioro: el aumento, desarrollo o fortalecimiento de la narcocultura, la corrupción gubernamental, las adicciones, el materialismo, consumismo e individualismo, el abandono de la educación informal y formal, el terrorismo, las crisis financieras mundiales, el desmembramiento y abandono de la familia, la intolerancia y el retorno del fascismo. La violenta anomía que parecía ficción exagerada ya se vive. ¿Ha llegado el espantoso futuro amoral que tanto he resistido y protestado? ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Podremos detener el colapso moral de las sociedades contemporáneas? 

Como factor causal, identifico el eclipse de la moral social como uno de los factores de mayor influencia. La moral es aquello en que nos ponemos de acuerdo en cuanto a comportamientos y normas que asumimos como válidos, dice el filósofo Fernando Savater, y la ética es la reflexión activa y dinámica sobre las razones para validar esa moral. Sin dudas, la moral tradicional ha languidecido. Si bien no era perfecta, al menos servía de espina dorsal para sostener lo que valía la pena conservar o para catapultar cambios que eliminaran la falsa moral. El problema adviene cuando pretendemos vivir con valores que se contradicen (en doble moral), vivir sin proponer nuevos valores que mejoren la calidad de los actuales o crear lo contrario, los antivalores, que no sirven para la sana convivencia si no para defender el libertinaje y la irresponsabilidad. 

Vivimos en medio de un precario cambio climático donde el mayor tesoro será el agua, donde no hay seguridad de la configuración geográfica futura de ninguno de los continentes, donde se anticipan graves sequías y perdida de fuentes alimentarias, o sea, vivimos en la antesala de difíciles tiempos para la sobrevivencia física y biológica de la humanidad. Pero también vivimos en el reinado de la doble moral donde algunos pretenden cambiar las cosas a su conveniencia. Están equivocados, aunque tengan poder: democracia no equivale a inmoralidad ni amoralidad. 

No pasa un solo día sin que los medios noticiosos descubran nuevos actos de corrupción. Hay demasiada hipocresía en la doble moral del discurso político y de de muchas figuras de gobierno. La persona que trata de ser moralmente correcta sufre un estadode quemazón cognitivo -una profunda fatiga existencial- enfrentando la doble moral de la cual es objeto de bombardeo diario. Esa hipocresía moral le costó el puesto al exgobernador Ricardo Rosselló cuando el pueblo explotó en coraje ante la evidencia de su doble moral sexista, política y económica. 

Pero seguimos en lo mismo y esto desalienta. Es desmoralizante que la gobernadora Wanda Vázquez y su secretaria de gobierno, Zoe Laboy, ante el recién descubierto entuerto nepotista con sus hijos e hijas cobrando un dineral en contratos con el gobierno, se despachen con la frase “no hay conflicto de intereses” o la hipótesis de los “super hijos fajones” (como si los demás no lo fueran). La doble moral agrava la crisis social porque descompone la convivencia desenmascarando desigualdades y oportunismos. 

Mi abuela reiteraba que no solamente había que ser correctos sino también asegurarse que así era percibido. Cualquier cosa que remotamente pudiera parecer antiético o inmoral, debe ser evitado. La moral va de la mano con la responsabilidad. Comienza con la sabia prevención de la falta o violación moral. No es actuar oportunistamente a la conveniencia particular. No se dobla sin que se deforme. Es tener suficiente vergüenza como para atenerse al sacrificio de hacer lo mejor posible con nosotros y el bien colectivo. 

Que quede claro: la moral socialmente positiva y constructiva no sobrevive con excusas sino con actos correctos; esto es, tratando de hacer las cosas bien desde el principio. Requiere dignidad, honestidad, respeto, verticalidad, sacrificio, madurez y entereza de carácter: valores y características que nunca pasan de moda porque son la esencia del valor por la vida. 

Para recalcar la importancia de detener el colapso de la doble moral en la que vivimos, la hipocresía y el doble estándar, no encuentro mejores palabras que las del psicólogo humanista Erich Fromm quien dijo que la sobrevivencia física de la especie humana por primera vez depende de un cambio radical del corazón humano. Somos humanos, no animales salvajes amorales, y nos toca luchar por vivir a la altura que nos exige la responsabilidad de ser entidades pensantes. Tenemos que crecer. 

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