Juan Antonio Candelaria

Tribuna Invitada

Por Juan Antonio Candelaria
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Elegir al que puede gobernar

Marginal al debate sobre nuestra crisis fiscal y, como secuela, la llamada Junta de Control Fiscal, se ha encendido una interesante controversia: inteligencia, capacidad o experiencia, ¿indispensables para quien pretenda gobernar el país? Tal parece que existe una confusión de conceptos, que precisamos clarificar.

La inteligencia percibida como potencial esencialmente genético, evade toda definición concreta. Ni aun las pruebas de cociente intelectual (IQ) revelan, siquiera someramente, el nivel de inteligencia de un ser humano. Nada más difícil de definir. Tanto así, que Howard Gardner, en 1983, en su libro, Frames of Mind: The Theory of Multiple Intelligences, propone 8 tipos de inteligencias, las cuales para desarrollarse urge que la persona tenga experiencias críticas de aprendizaje, tanto en el contexto formal e informal (cotidiano). De manera que, la experiencia es imprescindible para el desarrollo de ese potencial humano.

Por otro lado, la sabiduría, conocimiento acumulado, la dan los años intensamente vividos. En el argot pueblerino, se dice que “las canas dan sabiduría”. Es colateral a la inteligencia cristalizada ( Horn y Cattel) . Aprendizaje y sabiduría, se dan en función de lo vivido, de las experiencias inestimables de enseñanza conducentes a adquirir, procesar y combinar conceptos e ideas, formular estrategias y resolver problemas. Esto no se puede lograr de ninguna otra forma, que no sea por medio de la experiencia. De hecho, una definición clásica del aprendizaje, lo puntualiza como un proceso, primero activo y luego mental, donde el ser humano cambia sus estructuras cognitivas por medio de la experiencia. (J. Piaget).

Así, reconocemos la experiencia como factor crítico para que las personas puedan modificar sus esquemas cognitivos: reestructurar sus conocimientos, formar nuevos conceptos y ejecutar.

Más recientemente, se ha definido aprendizaje como el proceso de construir y reconstruir la experiencia. En síntesis, conocer, aprender, procesar ideas y conceptos, así como la capacidad para solucionar problemas se da en función de dos factores: inteligencia y experiencias de aprendizaje (y de vida). De ese modo, la Inteligencia se materializa o actualiza por medio de la experiencia.

Por tanto, la experiencia es medular para emprender funciones administrativas de alto perfil. Pueden ser experiencias malas o buenas, de ambas se aprende (aprendizaje por medio de errores), pero indispensables para tener éxito en la dirección, gerencia y administración de un gobierno, máxime en las circunstancias críticas que vivimos. No se puede venir a aprender, a tener experiencia, es un riesgo que no podemos permitirnos.

Es posible que todos los candidatos posean inteligencia, vista como un potencial a desarrollar, pero, ¿tendrán la experiencia necesaria para su perfeccionamiento?

Obviando, por su intrascendencia, los cazadores de votos apiñados desesperadamente en los postes de alumbrado eléctrico del país buscando “la gran chamba”, es vital fijarnos en quienes aspiran a administrar, desde La Fortaleza, el territorio no incorporado que, explícitamente llamado, no es otra cosa que una colonia.

Dije administrar. Para eso son las elecciones generales. De manera que, conviene que se tenga el mejor administrador (gobernador, si cae mejor). Pero, ¿quién debe administrar? ¿Cuáles son sus cualidades? Sin entrar en disquisiciones socráticas, gobernante filósofo y filósofos gobernante, analicemos, de forma más pragmática, el asunto. Un candidato a administrar el país, como valores universales, debe poseer, buen juicio, ponderación, sentido analítico, sentido de justicia, desprendimiento, objetividad, empatía con el pueblo, honradez, entre otros. Adoptando la filosofía pragmática, dentro del contexto de crisis fiscal que nos sofoca, tiene que poseer, además de inteligencia: conocimiento, capacidad, dominio de destrezas administrativas, sabiduría; en fin experiencia.

Un pueblo sabio elige, no al que tiene ganas de gobernar, si no al que puede.

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