Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El elogio del fracaso

En un mensaje político de fin de año, al senador del Partido Nuevo Progresista (PNP) Miguel Romero le pareció apropiado mostrar un comentario en Twitter de este periodista como ejemplo de los “grandes avances” hechos por el actual gobierno.

No es que este servidor hubiese comentado que teníamos -por fin- un modelo económico que nos sacaría de la dependencia, que estaban a niveles aceptables los índices de aprovechamiento académico en las escuelas públicas, que se acabaron los déficits presupuestarios que nos ahogan o que no hay los apagones ya invisibles de rutinarios que son.

Tampoco dije que en la Policía ya no había escasez de personal, equipo, adiestramiento o ánimo, que desaparecieron los endiablados hoyos en las carreteras, que se acabó la acumulación de cadáveres y el liqueo de fluidos corporales en el Negociado de Ciencias Forenses o ni siquiera que recuperamos algo tan sencillo, tan elemental, algo que a nadie se le debería negar, como son semáforos que se pongan verde cuando se puede pasar o rojo cuando toca parar.

El gran avance que mencioné fue muchísimo más modesto: mediante una aplicación móvil desarrollada por estudiantes de la Universidad de Puerto Rico (UPR) pude obtener al instante una copia de la licencia de mi carro, que se me había perdido.

Nadie debería tuitear que sale el sol, porque se supone que el sol sale todos los días. Pero cuando vivimos un desplome institucional del nivel del que atravesamos en Puerto Rico, una pequeña gestión gubernamental que logra hacerse sin contratiempos parece un rubicón que merece comentarse.

El mensaje de Miguel Romero salió en los mismos días en que sucedieron muchas otras cosas que, en la mejor tradición de la política puertorriqueño de ocultar o minimizar lo que no sale bien, el senador no comentó, mucho menos celebró.

En esos días, trascendió que durante el 2018, la Policía solo esclareció menos de una cuarta parte de los asesinatos (el 23%) y radicó cargos solo en el 12%. Esto supone que la inmensa mayoría de la gente que mata en Puerto Rico anda por la libre sin pagar por su crimen, dispuestos a acabar con cuanta otra vida la parezca menester, porque sabe que tiene el 77% de posibilidades de que nunca los atrapen.

Fue también en los mismos días en que, hastiados del maltrato institucional del que ha sido objeto por años, cientos de policías se ausentaban de sus labores, al nivel de que en la despedida de año, con tanta gente recurriendo a la bestialidad de disparar al aire, había cuarteles cerrados con llave y candado, patrullados por fantasmas y almas en pena.

Por ahí igual se supo que vuelve a haber acumulación de cadáveres en Ciencias Forenses. En este diario, hay hoy un reportaje especial que dice que Puerto Rico puede estar viviendo una crisis de muertes de sobredosis de drogas, pero nadie sabe de qué magnitud porque Ciencias Forenses se tarda demasiado en hacer autopsias y exámenes toxicológicos.

Igualmente, en los días dela celebración de Miguel Romero surgieron nuevos informes del colapso otra vez de una tarea harto sencilla que, por razones incomprensibles (o quizás no tanto), ningún gobierno de Puerto Rico ha podido ejecutar jamás de manera aceptable: el transporte marítimo hacia Vieques y Culebra.

El servicio, que ahora se da desde Ceiba, lleva meses otra vez dando problemas. El gobierno no se había inmutado y minimizaba las quejas hasta que la situación afectó a turistas que hicieron sus reclamos en inglés.

Ese es el Puerto Rico con el que los ciudadanos nos enfrentamos a diario y que ninguna campaña de publicidad ni mensaje político con medias verdades podrá jamás ocultar, un país que ha sido dinamitado y explotado de tal forma por quienes se supone que lo cuiden, que ha llegado al punto de que nada importante funciona.

No funciona la seguridad, con una Policía en acelerado deterioro, que está al borde de ser colocada en sindicatura y que es dirigida por una persona, Héctor Pesquera, al que parece que le pagan por dar excusas, porque mira que nada en salario y en pretextos.

No funciona la educación, con niveles de desempeño estudiantil muy por debajo de lo aceptable, planteles deteriorados y maestros mal pagos y desmotivados.

Y no funciona tampoco la salud pública, con un sistema que no podemos pagar y que cada cierto tiempo se asoma a un abismo fiscal que el día menos pensado no podrá evitar, quedándose más de un millón de almas puertorriqueñas sin servicios, por la ceguera de una clase política que nunca ha querido ver que ese modelo de prestación de cuidados está fuera de nuestro alcance de isla pobre.

La clase política debería estar avergonzada de haber estrellado de esta manera a un país con tanto potencial. Pero no lo está.

Cuando pueden, encuentran la aguja en el pajar (el tuit sobre la copia de la licencia, por ejemplo) y se agarran de eso para hacernos creer que las cosas no están tan mal.

Cuando no, viene la letanía de excusas, que en eso sí nadie se los gana y tienen A+: la pasada administración, la futura administración, la colonia, Dios, la oposición, Lucifer, los ciudadanos, el Congreso, los cabilderos, la Junta, los grandes intereses, la madre, el padre, el cura, la iglesia, los valores, la prensa, la familia, el cartel del petróleo, el alumbrado, o, como pasó este fin de semana con el problema de las lanchas, turistas que tuvieron la demente idea de ir a despedir el año en Vieques o el mar picado que no tiene nada de raro en el Caribe.

No es difícil advertir lo que hay detrás de estas actitudes.

En el fondo de ese discurso subyace la voluntad de querer hacernos creer que la mediocridad, la incompetencia, el colapso y el fracaso son la norma. Quieren que creamos que los puertorriqueños somos así, mediocres, incompetentes.

Cuando gobierna una clase política que quiere ocultar el derrumbe de la institucionalidad, que nos pide que celebremoscomo bueno lo que con suerte llega a mediocre, que cree que resuelve todo con operativos de relaciones públicas, con reuniones pomposas o declaraciones rimbombantes, el mensaje es claro: ya que son incapaces de resolver los problemas que ellos mismos causaron quieren convencernos de que el fracaso es lo normal, para que nos quedemos tranquilitos aguantando.

El país, mientras tanto, parece acostumbrado, sino resignado, a vivir entre ruinas. Todo el que tiene con qué se desentiende de estos problemas y manda a sus hijos a colegios, contrata seguridad privada para sus urbanizaciones o condominios o paga cuantiosas sumas por seguros médicos no gubernamentales.

Hay otros, muchos otros, que no tienen más remedio que enviar a sus niños a escuelas en las que a veces no tienen maestros de ciertas materias por horas, viven en sitios que son feudos de maleantes o son piezas de un sistema de salud que muy a menudo les raciona los servicios.

No parece que haya mucha gente que haya visto esto como lo que es: un país secuestrado por una clase política que ve el fracaso como una virtud y quiere que todos bajemos nuestras expectativas y le agradezcamos las migajas entre las que vivimos.

Le toca a la gente, entonces, decidir si quiere sumarse también al elogio del fracaso o va a exigirles más a quienes les encomendó la tarea de dirigir las instituciones de las que de una u otra manera dependemos todos.

La decisión no debe ser difícil.

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