Héctor M. Pérez Acosta

Punto de vista

Por Héctor M. Pérez Acosta
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El enigma de los encapuchados

Como en muchas otras ocasiones de nuestro diario vivir, se repite la historia. 

Esta vez, le tocó el repetitivo turno al acertijo de los encapuchados o infiltrados o encubiertos o como sea el nombre con el que se les denomine, dependiendo de qué lado esté quien haga la denominación o identificación. 

Cuando hacen sus destructivas incursiones durante las manifestaciones o protestas públicas - que generalmente y curiosamente es ya al final, cuando casi todos los interesados se han marchado - vienen las aceptaciones y felicitaciones o las denuncias, recriminaciones y los “te lo dije”, también dependiendo de qué partido, facción o bando provengan los comentarios sobre los hechos ya consumados. Unos y otros cuestionando motivaciones y echando culpas, irreflexivamente. Las ondas radiales y las redes sociales se inundan sobre este tema y se refleja todo un amplio catálogo de epítetos y críticas, a favor y en contra. 

A fin de cuentas, lo cierto es que estas son situaciones en las que todos perdemos y nadie gana. Bueno, nadie no. Algunos deben estar ganando algo de inmediato, mucho o poco, mientras todos los demás perdemos mucho. 

Entre los perdedores, para mencionar algunos, podemos incluir a los bien intencionados ciudadanos “de a pie”, y los que no son “de a pie”, todo tipo de negocios, el comercio, la industria, la institucionalidad gubernamental y sobre todo, las organizaciones trabajadoras, los organizadores de las manifestaciones y sus loables propósitos, los propios manifestantes y los hermanos y amigos pertenecientes a las fuerzas del orden público. 

Y es que estos llamados encapuchados son como un virus del que parece no hay escapatoria posible, por más que nos vacunemos. Surgen de pronto y luego se esconden, pero nunca desaparecen. Regresan, en estado de mutación. 

Llegó la hora de que, por el bien común, estas personas y quienes los mandan y encargan, sean expuestas a la luz pública con todas las consecuencias penales cayendo sobre ellos. Quizás no será tarea fácil, pero existe la tecnología y con el empleo de modernas técnicas investigativas, es posible desenmascarar y procesar a quienes sean. 

Mientras tanto, estamos obligados a continuar especulando sobre la pregunta que viene a propósito: ¿a quiénes les conviene que no se descifre el acertijo y se conozca la verdad?

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