Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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El español y ciertos puertorriqueños

No sé cuál es la proporción de puertorriqueños o hijos de puertorriqueños en Estados Unidos que no hablan español. Mi nieta nació en Puerto Rico, y a los dos años se fue a vivir con su mamá a Estados Unidos cuando esta y mi hijo se divorciaron. Poco tiempo después, su vernáculo pasó a ser el inglés. Su madre se mantuvo hablándole español. Y mi esposa y yo, siempre que hablábamos por teléfono con ella, también lo hacíamos en español. Lo mismo hacía el resto de su familia materna. Además, cuando estaba residiendo en un estado donde había escuelas que enseñaban español, su mamá la matriculaba allí. Y venía de vacaciones a la isla. Hoy, a sus veinte años, mi nieta es bilingüe y se siente orgullosa de serlo.

En cambio, tengo una prima que, lo mismo que su marido, es nacida y criada en Puerto Rico, pero emigró a Orlando, donde tuvieron sus hijos. Pero, estos, a pesar de su apellido castizo, no hablan español. Mi prima alega que, aunque les hablaba español, los niños rehusaban contestarle en nuestro idioma. Y sus padres lo consintieron.

En uno de los casos eso tuvo una repercusión. Al final de una entrevista de empleo, cuando el hijo de mi prima suponía que tenía asegurada una plaza, le preguntaron en español si hablaba este idioma. Él ni siquiera entendió bien la pregunta. Así que le denegaron el trabajo, no sin antes informarle que en esa comunidad la empresa tenía clientela que solo hablaba español. Perdió esa oportunidad de trabajo por el complejo aprendido de sus padres de que hablar español en Estados Unidos no es necesario y la creencia de que eso no está bien visto.

Este último ejemplo —el de hijos de puertorriqueños que no hablan español— lo he notado entre otros miembros de mi familia y las de mis amigos. Aunque no se trate de una mayoría, cada día lo veo con mayor frecuencia. Y con mucha pena. Porque, en el fondo, creo que se trata de un complejo de inferioridad que no se justifica. Sienten un gran embeleso por todo lo angloamericano de Estados Unidos, que apenas tienen espacio en su corazón para sentir orgullo por nuestro idioma y nuestra cultura.

Probablemente, no saben ni sabrán que, si bien es cierto que el inglés es el idioma común en la esfera comercial, no es el idioma más hablado en el mundo. De hecho, lo es el chino mandarín seguido por el español. El inglés es el tercero. Aparte de la Biblia, un libro de un autor español ha sido el más leído en el planeta: Don Quijote. Y nuestros artistas siguen haciendo alarde de puertorriqueñidad en el reconocimiento y acogida mundial de su música, como Ricky Martin, Luis Fonsi, Chayanne, Daddy Yankee, Bad Bunny, etc. Lo cierto es que nuestra cultura hispánica nada tiene que envidiarle a la anglosajona. Y deberían saberlo.

Si me preguntan, mis primos monolingües no aprendieron desde niños la ventaja de ser bilingües ni a sentirse orgullosos de su puertorriqueñidad. Vivieron convencidos de que con saber únicamente inglés lo tenían todo resuelto en susvidas; que lo mejor era no hablar español, no fuera a ser que los de allá no los aceptaran como sus iguales. Es más, sospecho que querían equipararse al resto de los norteamericanos para sentirse “superiores”. Y sus padres —mis primos— con su actitud hacia su idioma abonaron ese complejo de baja autoestima personal y cultural. Porque en el fondo es injusto echarle la culpa por esta situación a los niños; es responsabilidad de los padres puertorriqueños preservar en sus hijos el español como segundo idioma para que, como dice Raymond Dalmau en su libro, lo hablen, aunque sea “matao”.

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