Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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El espectro Sanders

Ante una ola que parecía avasallante después de triunfar en tres estados, la candidatura de Bernie Sanders se topó con lo esperado: las fuerzas de un establishment atrapado en pánico. Como amplia coalición de trabajadores, afroamericanas y latinxs, el Partido Demócrata también alberga su muy influyente facción del capital. En esa maraña, prima eso que llaman “centrismo”, un término resbaladizo y de múltiples disfraces, pero siempre con el mismo mensaje: el statu quo y su “sentido común” son evidencia imperturbable de sabiduría. O en el consejo de Don Quijote a Sancho en un momento escabroso: “Peor es meneallo”. De lo que se trata es de no “asustar” a los votantes, sino explicarles por qué su impaciencia y rabia tienen soluciones en las políticas apolismadas de siempre.

Es ese mismo “sentido común” el que aún anda a tientas tratando de explicar la victoria de Trump. Pero los signos del desgaste de lo usual han estado en vitrina por mucho tiempo. Fue el centrismo y su fe en algún gran encuentro con la extrema derecha lo que impidió verlos.  

En estos momentos, el 50% de toda la población con ingresos máximos de 18 mil anuales, ese segmento que agrupa el trabajo, paga más impuestos (entre 23 a 25.6 por ciento) que los 400 americanos más ricos (23 por ciento). Estos impuestos incluyen los federales, los estatales y los locales. 

En 1962, ese 50% pagaba ingresos a una tasa de 22.5 porciento; en el 2018, la tasa había aumentado a 24.2 por ciento.  

Las personas en el 0.01% en la escala más alta de ingresos tributaba a una tasa del 53.6% en 1962, cuando la riqueza promedio de tal grupo era de $30.9 millones. En el 2018, con una riqueza promedio de $349.9 millones, sus impuestos fueron tasados en un 29.4%.

Las 400 personas más ricas en 1962, con ingresos individuales de $276 millones, rendían contribuciones bajo una tasa de 54.4 por ciento. En el 2018, con una riqueza por persona de $6.7 billones, su tasa de impuestos fue de 23 por ciento.

Esta plutocracia, obscena en números oficiales, apenas araña la superficie de un régimen cada día más ilegible para las mayorías.  

Después de 1998, la creciente mortalidad de los blancos no hispanos enterró a medio millón, perecidos a destiempo, victimizados por el suicidio, las sobredosis, el alcoholismo y las enfermedades crónicas. Al día de hoy, casi el 90% de los usuarios de heroína son blancos no hispanos.

Estos datos signan la desesperanza y ese entumecimiento legítimo ante el ruido aburrido de las políticas de siempre. Aunque no toda, esta es cierta explicación del triunfo de Trump y del arraigo de Sanders en el 2016.

Al igual que en el 2016, hoy Sanders es el portavoz de la rabia de los desahuciados. De los trabajadores que no importa cuánto sudan, sus sufrimientos no menguan. De los latinxs que tan necesarios son para la economía norteamericana pero que tan atrapados viven entre la explotación y la incertidumbre. De los estudiantes endeudados, sin oportunidades de trabajo y sin horizonte estable en su futuro.

En cuanto a Biden, no es otra cosa que el statu quo y su pobreza de siempre. Por su cercanía a Obama, Biden tiene el voto afroamericano a su favor. Y a pesar de cinco décadas en la política washingtoniana, parece intocable por la corrupción en que ha vivido.

Pero los espectros no mueren.

Quienquiera sea el nominado demócrata, debe ganar en Michigan, Pennsylvania y en Wisconsin en noviembre. Una derrota de Sanders en cualquiera de estos estados socavará su viabilidad y pondrá sobre el tapete algunos problemas en su mensaje, tema obligado para otra columna.

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