Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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El esposo de Pippa

La formación de estos huracanes monstruosos, de ahora en adelante, no va a ser la excepción, sino la norma de todos los veranos.

El efecto del cambio climático, que todavía algunos se empeñan en negar, se verá con toda su crudeza dentro de cuarenta o cincuenta años, con el aumento paulatino del nivel del mar, pero también, y de manera inmediata, en forma de sequías o huracanes devastadores.

Irma, José, y lo que aún pueda surgir de aquí a que termine la presente temporada, serán rutina en años venideros, con otros nombres y otras intensidades.

En este momento, la prioridad es el sistema eléctrico y los daños sufridos en las estructuras. Después de eso, los científicos tendrán que examinar el deterioro de las costas y la erosión que ha podido acelerarse con el formidable golpe de las olas.

Más allá de la “intensa” preocupación que nos causa que el hotel de lujo de los suegros de la parienta de la duquesa de no sé cuántos, quedara maltrecho en la isla de San Bartolomé, habrá que valorar cuánto en realidad sufrieron nuestras playas. Se dice que en Houston el peso de la lluvia ha podido haber “flexionado” la corteza terrestre, lo que equivale a hundir la superficie como en dos centímetros, según cálculos de un becario de la NASA. De modo que es probable que los vientos endemoniados de Irma, y especialmente la marejada ciclónica, hayan cambiado perfiles geográficos en lugares muy vulnerables, como las islitas de Barlovento.

A través de Telesur pude ver al primer ministro de Antigua y Barbuda, quien aseguraba entre lágrimas que la devastación en Barbuda “era absoluta”, y que gran parte de la isla estaba “literalmente bajo el agua”. Supongo que los casi 2,000 habitantes de esa parte del país, emigrarán de forma temporera o definitiva a la otra parte, que es Antigua, también damnificada. Representa este caso, a pequeña escala, un ejemplo de lo que auguraron los científicos que ocurriría, y que ya se aprecia en el extraordinario documental de Leonardo DiCaprio y Martin Scorsese, “Before the flood”. Ese documental se ha debido exhibir aquí en los cines comerciales, que nunca se ocupan de la cultura y de la sociedad, para que la gente vaya tomando conciencia de los grandes desplazamientos humanos que provocará el calentamiento global.

En Puerto Rico no estamos exentos de que un desastre como el de Barbuda arrase las zonas costeras. Es por eso que el oceanógrafo Aurelio Mercado, que es el hombre que con más constancia ha estado alertando a los ciudadanos y a las sucesivas admnistraciones sobre el peligro de las marejadas, ha declarado que “esta vez esquivamos la bala”. De haberse mantenido solo un poquito al sur la trayectoria, podríamos haber enfrentado mareas ciclónicas de 28 pies sobre el nivel del mar.

El oceanógrafo lleva dos décadas tratando de hacerles comprender a las agencias del gobierno que deben usar el Atlas de Mareas Ciclónicas, preparado con esfuerzo y gran rigor científico, que indica los lugares costeros que hay que desalojar. El Atlas (que fue recientemente actualizado), se repartió en todas las oficinas de emergencia municipales hace varios años. Meses atrás, Mercado preguntó si lo estaban usando, y se dio cuenta de que ni siquiera sabían de lo que él hablaba. La negligencia, la ignorancia, el granito de arena que se pone siempre para facilitar la corrupción, han provocado que lo tiren al zafacón.

Nadie ponga en duda que este gran susto del huracán Irma ha alertado a las compañías de seguro, muchas de las cuales ya no cubren ciertas construcciones en áreas inundables. Con todo y lo “esquivo” que se mostró el huracán, la fuerza de las marejadas llegó a romper contra los muros de contención de varios condominios, junto a las áreas designadas para estacionamiento.

Irma no ha hecho más que dar el campanazo que ya se había escuchado con Harvey en Houston, y que se escuchará, hoy mismo, en las costas de la Florida.

Toda la filosofía del mercado de los seguros, en lo que respecta a casas, automóviles, negocios, embarcaciones y bienes de distinta especie, incluso hoteles, ubicados en zonas costeras, será reestructurada. No hay compañía que pueda hacer frente ni siquiera a la idea de una catástrofe como la de Barbuda.

Ahora, con calma, el gobernador debe dar instrucciones para que todas las agencias, incluyendo aquellas que se encargan de planificar nuevos proyectos y otorgar permisos, adopten el Atlas de Mareas Ciclónicas. Es imperativo que ese documento sea enviado al coordinador de revitalización de la Junta de Control Fiscal, Noel Samot, y a los siete miembros de la Junta.

Ya ellos han visto que un huracán sí es capaz de paralizar al país. Otra cosa no, pero el huracán sí. De modo que deben adecuar sus propuestas a las inclemencias del tiempo, y a la necesidad cada vez más real de apartar a la gente de la orilla, respetando la zona marítimo-terrestre.

En la islita de San Bartolomé donde, como ya dije antes, quedó en ruinas el hotel del esposo de una tal Pippa —esposo de una fealdad aterradora, qué espanto de hombre, vi su fotografía en este diario— pueden dar fe de lo que se sufre cuando se ignoran las marejadas ciclónicas.

El horrendo aristócrata tiene otros hoteles. Pero el resto de la gente solo tiene una vida, un trocito de tierra para vivir, una única esperanza de que los arrogantes, los obtusos que niegan el cambio climático, comprendan por fin que a todos nos alcanzará el océano cambiante y el furor de las catástrofes.

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