Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El estado fallido

Uno lee la definición de la Enciclopedia Británica de lo que es un estado fallido y, si tiene los sentidos bien puestos, siente un escalofrío correrle el cuerpo como una araña. Los estados fallidos, según la Británica, son sitios con “infraestructura que se está desmoronando, servicios básicos, educacionales y de salud vacilantes e índices de desarrollo humano como mortandad infantil y niveles de alfabetización en deterioro”.

Agrega, también que los estados fallidos “crean un ambiente de corrupción floreciente y tasas de crecimiento negativas, donde la actividad económica honesta no puede florecer”. Puerto Rico lee eso y reacciona como el adicto al juego que ve a un sicólogo explicando las características de los adictos al juego, negándose a reconocerse a sí mismo en lo que oye.

“Ese no soy yo por esto, por aquello y por lo otro”, dice se dice a sí mismo el adicto, en un caso, y Puerto Rico en el caso de los estados fallidos.

El estado fallido, por supuesto, es mucho más que lo antes descrito. La primera característica que se le atribuye es que carecen de control de su territorio nacional o de sus fronteras. Alguien puede argumentar que Puerto Rico también cuenta con esas características, pues el control definitivo sobre su territorio y sobre sus fronteras no lo tenemos nosotros, sino Estados Unidos. Pero eso no significa, como en el caso de los estados fallidos, no haya control sobre tales factores, sino que ese control lo tiene otro.

En casi todo lo demás, nos toca mirarnos al espejo y encajar, con propósito de enmienda si se puede, los golpes al estómago que nos devuelve la imagen. La institucionalidad se ha deteriorado de tal manera en Puerto Rico, que en este momento el gobierno carece de la capacidad para ejercer algunas de sus responsabilidades más básicas y tiene, por lo tanto, algunas de las características más importantes de los estados fallidos.

¿Cuáles son las funciones más básicas que de un estado? Son proveer seguridad, salud y educación a la población. En las tres, nos toca reconocer con la mano en el corazón, que enfrentamos enormes carencias.

Veamos, primero, el tema de la seguridad. Todos sabemos que si tenemos una amenaza en casa y nos toca llamar una patrulla, más nos vale rezar que llamar al cuartel, pues la ayuda divina seguro viene primero que la terrenal. Eso por no mencionar, una vez el crimen ha sido perpetrado, son muy escasas las posibilidades de que sea esclarecido.

La Policía de Puerto Rico carece, en este momento, de los recursos y de la capacidad para esclarecer los crímenes más simples, no digamos los más complejos. Durante los años de austeridad, la fuerza policiaca, que siempre ha estado mal paga, ha sido minada, dejada sin recursos y desmoralizada. Enredada en su propia telaraña, es incapaz de responder a las necesidades del país.

En el tema de la salud, no nos va mucho mejor. Quiera la providencia que no le toque necesitar una ambulancia en casa, pues quizás va a morir esperándola. Si necesita un especialista en casi lo que sea, puede pasar meses en lo que le dan la cita; más de uno no aguantó la espera.

Los conflictos de los médicos puertorriqueños con las aseguradoras privadas son tan serios, y el gobierno, rehén de la industria de seguros, ha sido tan tímido para atenderlo, que muchos galenos sencillamente han optado por colgar el estetoscopio y salir de Puerto Rico.

A llegar al renglón de educación, la cosa es, francamente, de espanto. No hablemos de las deficiencias de décadas en lo que se enseña en las escuelas públicas, y de los estudiantes que se quedan a veces por meses sin una clase porque el míster o la misis no llegaron y no hay quien los sustituya. No hablemos de las enormes carencias de materiales y recursos en los salones de clases mientras tantos se hacen millonarios con los recursos del Departamento de Educación.

Tampoco hablemos de los estudiantes de educación especial cuyos padres navegan a brazos los siete mares procurando la atención de sus hijos, no pocas veces teniendo que terminar en la corte, que lleva décadas tratando de hacer al gobierno cumplir.

Hablemos de que hace un mes hubo un terremoto que afectó casi exclusivamente a una sola zona de la isla y que, a pesar de eso, la inmensa mayoría de los niños en todo Puerto Rico no han tomado clases ni saben cuándo empezarán. Ya, en algunos sitios, se dan casos de gente “tomando la justicia en sus manos” y dando clases en parques y bajo carpas.

En la secuela del terremoto, el Departamento de Educación quedó retratado, una vez más, como una dependencia incapaz de cumplir con sus funciones más básicas.

Los anteriores son solo los tres ejemplos más grandes, y quizás más visibles, que ilustran, sin que nadie pueda negarlo, lo que es un desplome general de la institucionalidad aquí. Pueden escribirse volúmenes de libros hablando de cada una de las instancias en las que el Estado es incapaz de responder a las necesidades de la sociedad. Pueden agregarse, por ejemplo, la incapacidad del gobierno puertorriqueño para combatir la corrupción o para proveer energía eléctrica a todo el país al mismo tiempo.

En breve y doloroso resumen, no se puede señalar, en este momento amargo de nuestra historia, una sola institución pública de la que pueda decirse que cumple a cabalidad su función o que cuenta con la confianza de la población.

Los lodazales burocráticos, los procedimientos bizantinos, la viscosa incompetencia, la politiquería, todo eso y más, son males con los que tenemos que lidiar todos lo que, en algún momento desgraciado de nuestras vidas, hemos tenido que entrar en contacto con alguna operación gubernamental. El estado puertorriqueño, de un tiempo a esta parte, es más que cualquier otra cosa, finca para cosechar adeptos para los partidos, agencia de empleo para colaboradores de campaña y mina de oro para contratistas e intereses económicos que viven como parásitos de los recursos de todos.

Esta es una causa principalísima de por qué el país se nos está cayendo encima. Se nos vacía la isla con gente huyendo cansada de vivir en un sitio en el que nada funciona. La economía, que está por cumplir 14 años estancada, pisa y no arranca con un estado que es más obstáculo que puerta.

Hay apenas inversión porque de afuera saben que aquí nada funciona y para que algo funcione hay que pagarles a los personeros que son los que hacen que, a veces, algo funcione para sus clientes. La juventud ve el panorama y le tienta la desesperanza. El que no coge el monte para otro país, se mete en el refugio de la apatía.

Esto es un problema que afecta nuestra viabilidad misma como sociedad y cuya solución no puede esperar más. No es solo, como se ha creído hasta ahora, de un par de agencias dirigidas por incompetentes.

Es un mal endémico que afecta a todo el aparato público y que nos impide cualquier avance. No hay ninguna jurisdicción en el mundo entero que con un cuadro así pueda responder a las necesidades de su sociedad y marchar hacia un futuro mejor.

Algunos, al leer esto, para no enfrentar al monstruo, se entretendrán debatiendo si somos un estado fallido o no. Pero no se entretengan mucho, que mientras tanto, Puerto Rico se nos sigue cayendo encima.

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