Madeline Román

Tribuna Invitada

Por Madeline Román
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El Estado inestable y la infancia criminalizada

La niña de 11 años, estudiante de educación especial, que la dirección de un plantel escolar de Carolina refirió al Tribunal de Menores por un altercado con otras dos estudiantes (tras toda una trayectoria de acoso) y el proyecto de reforma del sistema de justicia juvenil  impulsado por el senador José Vargas Vidot, constituyen el referente inmediato de las reflexiones que aquí comparto.

Desde la óptica del derecho, el Estado se define como “última razón”. Es decir, como un recurso extraordinario que se usa cuando ya ha fallado aquello que nombramos como controles informales o institucionales. Tiene que sernos significativo que aquello que se nombra como “última razón” sea lo primero que se activa en casos como el de esta niña.

Al presente, las maneras en que asumimos el mundo de la infancia se ha convertido en un fenómeno extremo: sobreprotección de un lado, abandono de otro. Este último se expresa en la tendencia a la criminalización de problemáticas susceptibles de ser atendidas por los llamados controles informales (hogar, escuela, comunidad inmediata). Cada vez son más los casos que llegan al Tribunal de Menores por conflictos y problemáticas que podrían ser dilucidadas extra-estatalmente. Esto es, fuera del ámbito de la criminalización. ¿Qué motiva esta renuncia a lidiar con las situaciones de conflicto que se presentan en los planteles escolares? ¿Pereza institucional, percepción de ingobernabilidad e inmanejabilidad de los casos, subjetivaciones punitivas y discriminatorias (niña negra, educación especial)? 

El mundo de la infancia contemporánea es asumido con mucha ambivalencia. Esa ambivalencia se expresa en pensar a los niños en calidad de víctimas (“infancia en peligro”) o bien en victimarios (“infancia peligrosa”). En la medida en que las condiciones sociales que propiciaron el fenómeno de la infancia han desaparecido (algo que mucha gente reconoce cuando dicen “los niños ya no tienen tiempo para ser niños…”), tanto la infancia como la juventud se han convertido en fenómenos indeterminados. Esa indeterminación se expresa en todo tipo de aseveraciones contradictorias: “son adultos en cuerpo de niños”, “no importa lo que hagan siguen siendo niños…”. Al decir del fenecido filósofo Zygmunt Bauman, ¿qué hacer con niños que quieren ser adolescentes, adolescentes que no quieren ser adultos y (añado) adultos que se comportan como adolescentes? El saldo de todo esto es un estado de indistinción que desata todo tipo de respuestas. Hay padres que no corrigen a sus hijos por miedo a que éstos los dejen de querer y hay maestros y trabajadores sociales que no corrigen a sus estudiantes por miedo a que los padres los demanden…otro abandono que redunda en la ampliación del lado punitivo y represivo del Estado.

Se calcula en un millón la cantidad de niños encarcelados en el mundo. Esta encarcelación se produce en abierta violación a las leyes internacionales que establecen que el encarcelamiento de niños tiene que darse como último recurso a ser considerado y por el menor período de tiempo posible. Muchos niños son institucionalizados por actos que no constituyen crímenes en sí, tales como faltar a clase, pelearse, fugarse de sus casas. Como también fue planteado por Bauman, una sociedad insegura desarrolla la mentalidad de una fortaleza sitiada pero perpetuar un tipo de sociedad así sería terrible para todos. 

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