José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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El Estado y Trump

“L’état c’est moi” no fue una consigna salida de las gradas del equipo campeón en la recién concluida Copa Mundial de Fútbol. Se escuchó en Francia, siglos atrás, de boca de aquel famoso rey sol, Luis XIV. En aquellos tiempos no existía aún nuestra moderna división de poderes; bastaba que el rey enunciara su opinión para convertirla en ley.

A veces se llegaba a extremos. En Inglaterra, por ejemplo, bastó que un rey plantara su pie en tierra, para convertirlo en medida de distancia. Más tarde cuando volaron las cabezas de los reyes, borraron también aquella huella e implantaron el sistema métrico.

Y como si el tiempo hubiese dado vueltas, hoy vemos y escuchamos al presidente de Estados Unidos, donde la constitución prohíbe todo vestigio monárquico, tratando de convertirse casi en un rey. Cómo entender, si no así, el comportamiento y las expresiones de Trump en la recién concluida cumbre de la OTAN en Bruselas. Allí arrancó gestos de asombro entre jefes de estado. Con todo furor, tal como si fuera un monarca, regañó y arengó a viejos aliados por no asignar el 2% de sus presupuestos para gastos militares.

Pero para el antiguo enemigo de Occidente, Rusia, y su presidente, Putin, no hubo reproches, sino frases acarameladas y conversaciones secretas en Helsinki. Y en esos mismos instantes acababan de salir a la luz pública unas investigaciones del Negociado Federal de Investigaciones en las que se acusaba a 12 agentes rusos de haberse infiltrado para influir las elecciones presidenciales. Frente a Putin, Trump no solo ignoró esos hallazgos, sino que siguió intimando con el antiguo director de la KGB; no en balde Putin expresó haber salido vencedor de ese encuentro.

Acabada la cumbre, de vuelta a casa, frente a las acerbas críticas de líderes de su propio partido, como Paul Ryan, trató de arreglar el embrollo minimizándolo. Fue solo un malentendido, dijo, “no veo ninguna razón porque no pudiera ser Rusia”; enfatizó el no (“wouldn’t”, en vez de “would”); como quien dice, dije diego en vez de digo. Falta por ver si esas explicaciones aquietan esas aguas revueltas a su orilla.

Quizá previendo alguna moción de censura o juicio en el Congreso, acaba de nominar para la vacante del Tribunal Supremo a un juez conservador, Brett Kavanaugh, renuente a aplicar el artículo 2, sección 4 de la Constitución donde se especifica que el presidente, “será removido de su cargo por residenciamiento (“impeachment”) de ser convicto de traición, soborno…”. Curiosa la vuelta de este juez, quien años atrás lideró una campaña para residenciar al presidente Bill Clinton.

Antes de partir al viejo continente, Trump también sembró otra nube de contaminación al nombrar por poco tiempo a Scott Pruitt como director de la Agencia de Protección Ambiental (EPA). Con una amplia lista de conflictos de intereses, pues anteriormente litigó contra la EPA, comparte con Trump no creer en el cambio climático y apoyó la salida del acuerdo climático de París.

Y como si el clima no afectara a la gente, Trump llegó aquí tras María y en pose imperial, lanzó papel toalla, y luego nos amonestaba, “no están haciendo lo suficiente”. Pero ahora nos enteramos que agencias federales, como FEMA, tampoco estaban preparadas para bregar con la secuela de aquellos estragos. No tan solo faltaban abastos, sobraban trabas burocráticas para restringir fondos y ayudas.

Confórmense con eso, pareció decirnos. Y así también en aquella antigua Francia empobrecida, ante los reclamos de ayudas al rey, la reina repetía, “si no tienen pan, que coman bizcocho”. Vueltas que da la historia cuando hoy parece escucharse un eco de aquel, “L’état c’est moi”.

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