Robert Villanúa

Tribuna Invitada

Por Robert Villanúa
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El fenómeno Macron

El ejemplo de Donald Trump dejó un sabor amargo. Sin haber ganado el voto popular llegó a la presidencia de Estados Unidos. Menos mal que en Francia no existe el sistema del colegio electoral sino el del sufragio universal: cualquier candidato de más de 18 años de edad que consiga la mayoría de los votos (50% más uno) será electo presidente por el próximo quinquenio.

Once partidos se peleaban la carrera por la presidencia de Francia. Y ganó el novato Emmanuel Macron (centrista), en la segunda vuelta, con un impresionante 66.1% (sobre 20 millones de votos) frente a la veterana Marine le Pen (extrema derecha), quien recogió un 33.9%, (sobre 10 millones). Macron surge en medio de un malestar social profundo ligado a la crisis económica, a la política migratoria y a los problemas de seguridad nacional exacerbados por los ataques terroristas. Se podría añadir a estos factores el espíritu crítico de los franceses, que se mueve entre dos polos: la conciencia orgullosa de la riqueza histórica y cultural de su nación y la eterna insatisfacción por las deficiencias de los servicios públicos.

Macron no hubiera ganado sin la creciente amenaza de la extrema derecha y sin el desprestigio de los partidos dominantes. El candidato de la derecha republicana, François Fillon, se vio asediado durante la campaña por escándalos de corrupción. La izquierda tradicional socialista tuvo que lidiar con la pérdida de popularidad del presidente saliente, François Hollande. Por el contrario, la izquierda radical experimentó un auge inesperado gracias al estilo épico del líder del movimiento “France insoumise”, Jean-Luc Mélenchon.

La principal rival de Macron, Marine Le Pen, preside un partido de tendencias fascistas y xenófobas. Maneja con habilidad un discurso populista bastante insidioso. Un por ciento considerable de la población se identifica con sus ataques al Islam y su intención de reforzar las fronteras para “proteger” al pueblo de los inmigrantes. También hay respaldo entre sectores marginados de la clase trabajadora para un rompimiento con la Unión Europea y un rechazo del euro en favor del franco para combatir a las élites financieras. Seduce la promesa de devolverle a Francia “su grandeza”.

Francia nunca se ha curado del trauma de la invasión nazi. Libros y películas recuerdan constantemente la Ocupación, época desastrosa de la Segunda Guerra Mundial que ha dejado cicatrices profundas en la memoria colectiva. Marine Le Pen y su padre, Jean-Marie Le Pen (fundador del Partido “Front National” que su hija heredó), se asocian con ese atroz período histórico.

El domingo, 7 de mayo, Emmanuel Macron fue declarado octavo presidente de la Quinta República. La cuenta regresiva acentuó el suspenso que reinó hasta el último minuto. El fundador del partido “En marche” (iniciales de su nombre), exministro de economía del gobierno socialista de Hollande, cruzó la explanada del Louvre al ritmo de la “Oda a la alegría” de Beethoven.

Macron se presenta como un oasis en el paisaje político de Francia. Candidato más joven de la historia francesa (39 años), sube al podio con una imagen de buenazo y de niño genio desde sus años escolares. Ha irrumpido en el escenario presidencial con una velocidad y un éxito nunca antes vistos. Y ha sabido obtener el apoyo decisivo de una diversidad de afiliaciones y tendencias políticas.Tanto es su impacto que los partidos competidores se fisuran y vislumbran una recomposición política.

Como si fuera poco, la figura del nuevo presidente se rodea de una aureola romántica, rebelde y hasta feminista. Está casado con su exprofesora, Brigitte Trogneux, 24 años mayor que él. La prensa ha comentado a saciedad esa relación excepcional. En los mítines de Macron, la multitud reclama a gritos a la ya célebre Brigitte.

“Él es portador de las esperanzas de millones de franceses y de muchas personas en Alemania y Europa”, afirma la poderosa canciller alemana Angela Merkel. Aplaudido por líderes mundiales, el programa neoliberal de Macron con toques socialdemócratas confrontará, sin embargo, días difíciles. Los que lo ayudaron a triunfar sólo para detener a Le Pen lo acechan, listos para atacarlo sin piedad y obstaculizar su futuro desempeño.

En definitiva, más allá del fenómeno que pueda encarnar Macron, lo más importante es que su triunfo logró frenar, al menos por el momento, el inquietante ascenso del Frente Nacional. Pero ya se acercan las elecciones parlamentarias y el tiempo escasea para constituir una asamblea legislativa multipartidista de 577 diputados. ¿Contará Emmanuel Macron con una mayoría funcional que le permita gobernar?

“La Marseillaise” del cambio ha resonado en Francia. De izquierda a derecha, el magnífico himno revolucionario, soberbio e impetuoso, anuncia esperanzas y desafíos. Esperemos que Macron esté a la altura de ambos.

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