Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El final de la historia

Escribo esta columna a 162 días del huracán Irma y a 147 de María. En este periodo de casi seis meses ha habido varios capítulos y la historia humana de las tormentas no ha terminado. Recuerdo los días anteriores a su llegada y, luego, especialmente la terrible madrugada de María, cuya capacidad de destrucción se extendió a casi todo lo largo de ese día. Después vinieron varias semanas, en que, asediado por el calor y los mosquitos, el país yacía prácticamente incomunicado, en tinieblas, carente de casi todo, rodeado o viviendo entre ruinas, descubriendo un panorama de devastación de una magnitud que se asemejaba a la de un bombardeo.

Más tarde vinieron otros capítulos. El de las horas en filas de supermercados y gasolineras, el del toque de queda y la ley seca, el de la visita de Trump, Pence y otros funcionarios estadounidenses, el de pueblos amurallados por los derrumbes de sus carreteras, el de un aeropuerto convertido en campamento de refugiados. Vimos el baile incierto de cifras y fechas. La gestión de la catástrofe por el gobierno se transformó de la campaña de medios, en que incontables jefes de agencias recorrían sin descanso las emisoras, al secreteo de una cofradía que cerraba con llave gavetas y puertas. En medio de este silencio angustiante, se destapó el escándalo de Whitefish. Como le ocurre de un tiempo a esta parte, el gobernador estuvo tan centrado en su trabajo, que no se enteró de las enormes y alarmantes decisiones que tomaron sus subalternos y, como tenía tanto que hacer, tampoco pudo saber quiénes fueron responsables de ellas.

Cuatro o cinco semanas luego de María, calle a calle, fue retornando el servicio eléctrico. En un segundo, los beneficiados pasaban de la desesperación al júbilo, cegados por una lámpara de mesa. Sin embargo, muchos no llegaron a abrazarse luego de su arribo: encamados, diabéticos, pacientes de diálisis, fueron víctimas directas e incontadas de la especulación contractual y el saqueo, efectuado por varios gobiernos, del patrimonio y las empresas del Estado.

A este capítulo, si es que tomamos por ciertas las cifras que nos ofrecen, no ha llegado todavía alrededor del 30% del país, que permanece a oscuras y, en ocasiones también, sin agua. Durante un número de semanas que pareció una sentencia, los puertorriqueños suspendimos los saludos por “ ¿Tienes luz” o “¿Te llegó la luz?” En ciertas zonas, esta práctica que obviaba cualquier otra consideración sobre la salud, el bienestar o la fortuna del prójimo, ha ido desapareciendo. Aunque la noche del domingo pasado, cuando un extenso, pero afortunadamente breve apagón, dejó a oscuras la costa norte, la pregunta volvió a reemplazar los saludos por lo menos un par de millones de veces en 20 o 30 minutos.

No obstante, a casi seis meses de los huracanes, un tercio de la población se siente olvidada y vive una espera en la espera que espera. La suerte, el bienestar y la salud de algo más de un millón de personas, se liquida cada mañanaen los partes de prensa del gobierno con la mención de un porciento que desde hace mucho permanece prácticamente estacionario.

La realidad de tantos se ha invisibilizado. Hay cuotas de incapacidad y desdén de parte del gobierno, pero también la recuperación del servicio eléctrico por más de la mitad de los ciudadanos provoca amnesia. Una vez más, la solución personal del problema borra el problema de nuestras mentes. La insensibilidad llega a veces a tales proporciones, que he visto a funcionarios de gobierno y ciudadanos estar a un paso de responsabilizar a los que carecen de luz de su situación. ¿Quién los manda a vivir en la altura? ¿Tan lejos? ¿Tan apartados? No puedo saber cuántos lo han dicho, pero estoy seguro que muchos lo piensan y lo mascullan en privado.

Esta actitud insolidaria no puede despacharse fácilmente. No es un hecho aislado ni simplemente una manifestación de lo que un amigo llama el boricua bestial. Esta idea es tan común, porque ha sido diseñada. Décadas, quizá siglos de historia, se encuentran detrás de ella.

En nuestro país es tristemente común hablar del pueblo sin sentirse parte de él. La referencia al “todos” se transforma en una alerta sobre la existencia como problema de un "ellos". En las contiendas del bipartidismo, el pueblo se reduce al partido. Al rival se le dirigen la burla y los peores deseos y a las minorías se le reservan el discrimen, la represión y el ostracismo.

¿Cuántas veces he sido testigo de la chispeante felicidad que en tantos despierta un “tú no pareces puertorriqueño”? En otras palabras, no parezco pobre, paso por blanco y puedo transmutarme en el objeto de mi deseo. ¿Cuántos conciudadanos, luego de vivir en el extranjero, se enorgullecen de haber sustituido su acento por otro? ¿Cuántos confiesan con una satisfacción pícara que no leen, escuchan o ven nada puertorriqueño? Su "país" es una mezcla de televisión por cable e internet; sus solidaridades son un cheque mensual para un niño extranjero que solo han visto en una fotografía. Si les pidiéramos una explicación, despacharían el asunto afirmando que las cosas han cambiado y que esto es ser moderno.

Casi seis meses después, un tercio del país permanece olvidado y a oscuras. El olvido viene de las autoridades y de sus compatriotas, que ya pueden sacar latas frías de la nevera, encender la lavadora y cargar los celulares. Me pregunto cómo se justifica que un millón de personas vivan a esta altura en un "bolsillo" o en una serie interminable de ellos. Quizá cuando pensamos que no pertenecemos al "todos", es fácil concebir al pueblo como un "bolsillo" inmenso y distante.

En el fondo, todo es cuestión de perspectiva, porque hay también otros que nos observan. Casi cada semana, llega del “todos” del Norte la orden, la negativa, la amenaza, la convicción, que indican que Washington otea el horizonte indiferentemente. Sus políticos y funcionarios, sus banqueros y ciudadanos, tienen los televisores encendidos, abren los refrigeradores, entran a internet. De vez en cuando se topan con una noticia del pueblo puertorriqueño y fruncen el ceño cuando se enteran de las peticiones de préstamos y bancarrotas de esos extranjeros que, extrañamente, tienen también su ciudadanía y sin embargo resultan idénticos a los niños a los que envían 20 dólares al mes y sólo han visto en una fotografía.

Acaso éste sea el último capítulo de una historia que comenzó hace seis meses o 120 años. El pueblo de Estados Unidos nos dice semanalmente “la verdad que tú ni eres ni pareces americano”.

A lo mejor por esto, algunos se empeñan por no llegar al final de la historia, porque mientras existan “bolsillos” repletos de “ ellos”, un montón de atesoradores de una ciudadanía precaria y pisoteada, pueden seguir aferrándose al proyecto de no pertenecer, de no hablar, de no compartir la suerte de los bolsillorriqueños.

Por esto, también, la luz no llega y no llegará para algunos. Mientras existan “bolsillos” se puede seguir pensando que el pueblo es otro, que los desdeñados y rechazados desde el Norte no somos nosotros sino “ ellos” . Por eso ciertos personajes prefieren una historia sin conclusiones, unos cuentos que no acaban.

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