Pedro Reina Pérez

Tribuna Invitada

Por Pedro Reina Pérez
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El final de los Estados Unidos

Poco se podría exagerar la concatenación de eventos encabezados por el presidente Donal Trump, que revelan el final casi irreversible de un orden nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Con las imágenes de Trump legitimando con un apretón de manos al tirano norcoreano —prácticamente a cambio de nada— se verifica que la nave estadounidense que aquel encabeza, da la espalda no solo a sus aliados, sino a una manera de asumir las relaciones internacionales a partir de la mediación de organismos mutuamente consensuados, como la Unión Europea o la Organización Mundial del Comercio (WTO, por sus siglas en inglés). Con el abrazo de Trump a Kim Jon-un, nos adentramos en un territorio desconocido para el ordenamiento mundial, de alta volatilidad y con posibilidades inéditas de tornarse peor en desconfianza y belicosidad.

Al interior de Estados Unidos, las cosas tampoco se perfilan favorablemente. Se recrudece la persecución contra inmigrantes indocumentados, mujeres pobres y niños, mientras se degradan las leyes ambientales, bancarias y de protección a los consumidores. La prensa independiente es atacada con virulencia, al tiempo que se favorecen medios de comunicación que no producen otra cosa que no sea propaganda para el Presidente. Las corporaciones, disfrutando de tasas contributivas en extremo favorables, ven cómo se desmontan los controles al capitalismo más especulativo y salvaje, con el favor declarado de un congreso dócil, que ni se anima a implicarse como árbitro en las guerras tarifarias con aliados fundamentales como México y Canadá. La incertidumbre corroe las bisagras del pacto social, y pone en peligro la subsistencia de industrias estadounidenses de mucho calado como la agricultura, entre muchas otras.

El nativismo aceita la maquinaria de un gobernante que desprecia la tolerancia, la concertación y la historia, a favor de una ideología presentista y puramente transaccional, en el que el mañana no importa. Las instituciones que debían ejercer un contrapeso a estos impulsos tiránicos, yacen tendidas en el camino, sin poder articular una respuesta. La bancarrota moral de todos los actores sociales que observan esto y no hacen nada para denunciarlo o confrontarlo es la gran desgracia de un país que se despidió de sus mejores tradiciones. El futuro se anuncia impredecible y opaco.

Puerto Rico no queda al margen de estas transformaciones. Como nos informa la prensa esta semana, la isla apenas ha recibido el 10% de la ayuda prometida por el gobierno federal, a pesar de la devastación extrema que los huracanes y la crisis posterior infligieron a los puertorriqueños. De los $94 billones de dólares requeridos a las autoridades federales, apenas $32 billones han sido aprobados. La diferencia es dramática y augura mayores penurias a las ya vividas. No hay dinero para reconstruir, se cierran escuelas y se triplica la matrícula de la universidad pública. La asimetría política tiene pocas salidas para resolverse, aunque haya quien insista en que la estadidad para la isla es inminente. Mientras tanto, la Junta de Control Fiscal camina incólume hacia el empobrecimiento de los puertorriqueños, con un solo fin en mente: el repago de una deuda impugnada. Esta aberración solo es posible por un sistema político corrupto, y por una ciudadanía traumatizada. Empero, una respuesta ciudadana es imperativa.

Si no hay dinero para reconstruir, se venderán las ruinas y se desterrará a los que sobren. Ese proceso ya se constata por todas partes sin que las autoridades puedan o quieran atajarlo. Acaso lo peor sea el destierro de personas en la isla misma: sin servicios básicos, sin hospitales, sin carreteras. Por ellos hay que tomar las calles y retornar a la política para concertar una salida. La desidia solo multiplicará la pobreza y eso es inaceptable.

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