Carlos Dalmau Ramírez

Tribuna Invitada

Por Carlos Dalmau Ramírez
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¿El fin de la transparencia?

“No hay un crimen, no hay una trampa, no hay un truco, no hay una estafa, no hay un vicio que no viva en secreto” (Joseph Pulitzer).

La transparencia no existe en Puerto Rico.  Los gobernantes hablan de transparencia, pero no la practican.  En su lugar se presenta el enigma del gobierno encriptado.   Si por transparencia nos referimos al acceso de la ciudadanía a la información real, a los datos correctos y a las decisiones de quienes mandan,  entonces ya usted sabe que eso de la transparencia es cuento chino.  En el mundo real se imponen la opacidad y el engaño.

Esto no es un fenómeno nuevo, ni exclusivo de Puerto Rico. En todas las democracias se lucha por más transparencia.  Pero lo nuestro es otra cosa.  Aquí nunca se había enraizado con tanta fuerza el propósito de ocultar las cosas.  La cultura del “nebuleo” se ha apoderado de la cosa pública y se ha recrudecido desde el huracán María.

La verdad se esconde en un entramado de actos secretos y textos codificados en el que participan Washington y Wall Street, el gobernador y la Junta,  los consultores y los intereses privados (abiertos y ocultos).   Nunca se sabe con claridad quién hace qué o por qué lo hace.  El fenómeno no es comprensible recurriendo a las viejas teorías del colonialismo; esto es la criptocracia colonial en esteroides.

Reflexionando, recordé un cuento de la era soviética.  Se trata de un ciudadano condenado a trabajo forzoso en Siberia.  El sujeto sabía que sus cartas serían revisadas por los censores rusos y decide acordar un código secreto con sus amigos.  “Si escribo en tinta azul, lo que digo es cierto.  Si escribo en tinta roja, lo que digo es falso”.  Acordado el código y luego de un tiempo, los amigos reciben la primera carta.  

La carta está escrita en tinta azul.  “Amigos, esto en Siberia está fenomenal.  Las tiendas llenas de comida.  Nos tratan muy bien.  La vivienda es cómoda y espaciosa.  Lo único que no se consigue aquí es tinta roja”.  Al filósofo Slavoj Zizek le gusta contar este chiste como alegoría del autoengaño en las democracias liberales.

En Puerto Rico, el gobierno hace como el prisionero de Siberia; nos cuenta que todo va bien y de acuerdo con su plan (¿cuál plan?), pero no hay tinta roja.  El carácter de la administración se ha revelado en una secuencia de acciones y expresiones inverosímiles.  Piense, por ejemplo, en la intriga del contrato Whitefish, la nebulosa privatización, el tenebroso cierre de escuelas, y el teatro bufo de la Reforma Laboral.  ¿Estamos entonces ante el fin definitivo de la transparencia?

Lo sabremos muy pronto.  La prueba de fuego es la aprobación final de los nuevos planes fiscales por la Junta, antes del 20 de abril de 2018.  Con la ayuda federal de camino, la mirada escrutadora desde Washington, el complicado caso de quiebra y una ciudadanía en vilo, estamos en un momento crucial, para la administración y la Junta.  Ambos se juegan todo.  Tendrán quizás, la última oportunidad de decidir si la transparencia es su salvación o, por el contrario, su condena.

Un cálculo frío debería llevarles a reconocer que, en este momento histórico, la transparencia es su única salida.  Sin ella, no tendrán la credibilidad necesaria para enfrentar los enormes retos que se les avecinan.  Sé que sería casi un milagro que este gobierno o la Junta, sumidos ambos en una profunda crisis de credibilidad, opten libremente por abrirse a la verdad y a una nueva era de transparencia.  Pero sepan que si no lo hace ahora,  el juicio de la historia será implacable.     

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