Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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¿El fin del bipartidismo?

Que nadie se haga ahora el sorprendido. Se veía venir después de los debates. Dos candidatos independientes a la gobernación se presentan ante el electorado como nuevas opciones a considerar, con alguna relevancia política, para las elecciones venideras.

No que vayan a ganar, pero sí que habrán de influir como nunca antes en su resultado. Los números divulgados hoy en la encuesta de este periódico son importantes por varias razones. La más evidente es, a mi juicio, que el bipartidismo en Puerto Rico se encamina a sufrir un revés considerable. Con el 22% de los votos de los candidatos independientes, combinadamente, el escenario de 2016 luce diferente.

A partir de 1960, vimos la formación, desaparición y, en muchas ocasiones, la pérdida de la franquicia electoral de terceros, cuartos y quintos partidos políticos que competían contra los dos aguerridos partidos mayoritarios representativos del estadolibrismo (PPD) y la estadidad (PNP).

Desde entonces, nuestro electorado se había encargado de recordarnos en las urnas que en Puerto Rico no hay espacio para más de dos partidos. Y habíamos visto como, desde 1968, PPD y PNP se han turnado en la gobernación.

La encuesta es significativa, además, porque anuncia una nueva generación, cada vez más numerosa, de electores que ya no se limitan a hacer “una cruz debajo de” la insignia, porque no se sienten identificados con una insignia o porque no sienten la lealtad del fanático. Se trata de una nueva estirpe de electores que prefiere caras nuevas, nuevas alternativas de discurso diferente porque suena auténtico.

Esto es particularmente cierto para el renglón de los electores más jóvenes, los de 18 a 34 años, quienes se salen del libreto y votan como quieren, no como lo hacen sus padres. Los electores más veteranos —porque han estado en más “guerras” electorales— tienden a votar por los partidos de siempre y no sucumben tan fácilmente a la novedad, a los nuevos estilos de proselitismo por las redes sociales, o al tratamiento desenfadado de los temas considerados socialmente incómodos o tabúes.

La encuesta, por otro lado, demuestra que los dos partidos mayoritarios sufrirían un menoscabo escandaloso de votos. En 2012 sus candidatos obtuvieron combinadamente el 95% de los votos; ahora sería un mero 68%. La tendencia es obvia: el “corazón del rollo” de ambos partidos se contrae con la misma contundencia que el cambio climático.

Naturalmente, a uno de ellos le afecta más que al otro. Cuando las cosas no andan bien en el país, el elector que no siente lealtad por ningún partido descarga su ira contra quien identifica en las urnas como el responsable. Ése es el voto de castigo; que lo habrá porque hay mucha frustración y desesperanza.

Aun así, algo es diferente: a pesar de la pujanza de las candidaturas independientes, sin un partido detrás de éstas, el multipartidismo seguirá siendo por ahora una ilusión para la gobernanza del país.

Y el bipartidismo continuará marcando la ruta y manifestándose férreamente en la Asamblea Legislativa que es donde reside el poder de promulgar las leyes que posibilitarían el cumplimiento de las promesas de los candidatos independientes con aspiraciones a gobernar.

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