Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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El fin del status-quo

Con el fin del ELA tal como lo hemos vivido a lo largo de los últimos 64 años, se acaba el status quo que nos inmovilizaba en un limbo político cuasi colonial.

Habría que analizar ahora las opciones de futuro disponibles y hacerlo cuidadosamente, para no enredarnos en otra fórmula equívoca que nos deje en la misma posición en que nos encontramos. Una de las opciones es la estadidad. Al contrario de lo que muchos piensan, no está en nuestras manos alcanzarla, ni siquiera en el caso de que la solicite una mayoría de los puertorriqueños. Conlleva, además, unas cargas fiscales que muchos no conocen. Conviene, entonces, que se hable claro respecto a esta opción.

Otras opciones implican alguna medida de soberanía nacional, por no decir independencia, palabra que por décadas –si no, siglos- ha sido el cuco para la mayoría. Habría que indagar la razón –o razones- tras ese miedo.

Una de ellas es, sin duda, la ignorancia respecto a sus condiciones y consecuencias. Los partidos políticos que abogan por la independencia de Puerto Rico han comunicado muy mal la elaboración de un plan viable para conseguirla y sostenerla. Se ve que no pueden –o quieren- hablar claro, mostrando planes, números y cálculos razonables. Las independencias no se han logrado nunca a base de un deseo sino de una necesidad. Y los pueblos colonizados, cuyos recursos naturales y humanos han sido explotados por una metrópoli que no reconoce sus derechos políticos han sentido –quizás más que otros - la necesidad de tomar las riendas de su propio destino. Pero tienen que comprender lo que ello implica en términos económicos.

Haría falta un análisis objetivo de las ventajas y desventajas de las alternativas para el futuro, teniendo en cuenta que vivimos tiempos más propicios a los acuerdos que los que corrieron en el pasado, cuando el Primer Ministro español, Cánovas del Castillo, juró que emplearía “hasta el último hombre y hasta la última peseta” en la guerra contra los cubanos.

¿Qué obtenemos de los Estados Unidos? Protección, dádivas materiales, beneficios económicos y lo que muchos perciben como garantías del buen funcionamiento de un gobierno democrático. Convendría examinar cada uno de estos renglones y separar lo indispensable de lo que no necesariamente lo es a la vez que examinamos también lo que nos “cuesta” la situación. Entre otras cosas, un desbalance en la escala de nuestra economía, que debe mantenerse a un nivel casi imposible de sostener o, por vía alterna, convertirse en un estado de beneficencia; unas limitaciones importantes en cuanto a nuestro desarrollo comercial o de otras índoles; una situación de desigualdad al vernos imposibilitados de proteger nuestras industrias y de imponer límites a las transferencias de los fondos de capitales invertidos aquí.

Ha llegado el momento de las cuentas claras y el chocolate espeso, el de encarar estas cuestiones y también los miedos que palabras como “soberanía” e “independencia” provocan. Una equivocación funesta de los partidos independentistas fue aliarse con los sectores izquierdistas de la región y del mundo, es decir, con los “enemigos” de Estados Unidos, buscándose así enemigos internos entre los puertorriqueños mismos, más conscientes que nadie de que un enfrentamiento hostil con la metrópoli sería absurdo. La independencia –o la soberanía- no equivale automáticamente a la implantación de un régimen marxista, ni siquiera socialista. Puede –debe- alcanzarse negociando espacios de mayor libertad. Nos guste o no, Estados Unidos ejerce hegemonía sobre la región y hay que contar con ellos para efectuar cambios. Seguramente que en un mundo que ha visto las independencias de Barbados, Dominica, Jamaica, St. Kitts y Nevis y Trinidad-Tobago, entre otras, se puede lograr el reconocimiento de nuestro derecho a negociar una soberanía eficaz.

Este tipo de discusión, sin embargo, ni siquiera se plantea a nivel público en el país. ¿Por qué?

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