Rafael Cox Alomar

Tribuna Invitada

Por Rafael Cox Alomar
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El fin de partidos tradicionales

Sobre el firmamento político iberoamericano han surgido tres figuras que ameritan nuestra atención. Y me refiero al recién estrenado presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; al presidente electo de Colombia, Iván Duque, y al candidato presidencial mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

Quizás el caso de Sánchez sea el más emblemático de aquella máxima que aprendí hace ya algunos años atrás del buen amigo dominicano (ya fenecido) Hatuey Decamps, quien decía que en la política no hay cadáveres.

Y es que el pasado 2 de junio de 2018, Sánchez emergió de sus propias cenizas para juramentar como nuevo presidente del gobierno español, tras arrastrar 2 derrotas consecutivas y apabullantes al mando del PSOE y luego de haberse granjeado la animosidad del liderato histórico de su partido por su errático manejo de la crisis constitucional que estremeció a España luego de la elección general de 2015.

Usando como espada la sentencia condenatoria del PP en el caso Gürtel (uno de los casos de corrupción más sonados en la historia de España) y como escudo el artículo 113 de la Constitución española, que establece la moción de censura como vehículo para la destitución del presidente del gobierno, Sánchez (de la mano de “Podemos” y del Partido Nacionalista Vasco) logró contra Mariano Rajoy lo que la oposición política nunca pudo contra Adolfo Suárez ni Felipe González.

Con la bochornosa salida de Rajoy de La Moncloa y la puesta en marcha de un nuevo gobierno socialista comienza, pues, otro capítulo en la compleja saga política española.

La complejidad del rompecabezas político español radica, no en el surgimiento de nuevos movimientos como “Podemos” o “Ciudadanos” ni mucho menos en la irreversible erosión de sus partidos tradicionales, sino en la aparente incapacidad de su clase política para atender de forma efectiva los desafíos que presupone la coexistencia en un mismo estado político de naciones sociológicas y lingüísticas con identidad propia. Tal dilema, que se viene arrastrando inclusive desde antes de la llegada de los Borbones a España a principios del siglo 18, continua hoy al rojo vivo -a juzgar por el episodio Puigdemont en Cataluña. La suerte del débil gobierno de Sánchez, entonces, dependerá de la ingeniosidad de su líder para, tal cual buen torero, acometer sin inmolarse.

Escenario muy similar enfrenta hoy el delfín de Álvaro Uribe.

Artífice de una colosal victoria, Iván Duque confronta, no obstante, una compleja tarea.

Desconocido hasta hace unos meses, y con muy poca experiencia gubernamental, Duque ahora tiene en sus manos el futuro del proceso de paz colombiano -proceso sobre cuya concreción pende la estabilidad y gobernabilidad de aquel maravilloso país.

Si bien es cierto que la elección de Duque sigue el patrón histórico colombiano, en dónde la derecha tiende a avasallar a la izquierda en procesos eleccionarios presidenciales, no es menos que cierto que la cantidad de votos que recibió el ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro, abanderado de la izquierda, rebasó el precedente histórico inmediato.

Así las cosas, la nueva demografía política colombiana representa tamaño desafío para un joven e inexperto presidente que, aunque investido de un contundente mandato popular, tendrá que bregar con una legislatura posiblemente adversa y con un mentor político de talante difícil, como lo es Uribe --- cosa que Santos descubrió tan pronto llegó a Nariño.

Y mientras el nuevo tablero de ajedrez va tomando forma en España y Colombia, el continente se apresta a presenciar la elección más polarizada en la historia reciente de México.

La reaparición de Andrés Manuel López Obrador, al mando de su movimiento político MORENA, y la posibilidad real de que los partidos tradicionales mexicanos encabezados por José Antonio Meade (PRI) y Ricardo Anaya Cortés (PAN) queden fuera de combate por primera vez desde que hace 90 años atrás Plutarco Elías Calle fundara el PRI, hacen de la elección del 1 de julio una totalmente diferente.

Precisamente la defenestración de los partidos tradicionales y la puesta en circulación de nuevas propuestas cimentadas en alianzas ciudadanas parecería ser el común denominador de los procesos electorales que hoy se viven en nuestro agitado vecindario.

¿Transitaremos nosotros por igual camino?

Me atrevería a apostar que sí.

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