Ramón Cruz

Tribuna Invitada

Por Ramón Cruz
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El fuego devastador en California

Asfixia, humo, cielo gris, ataque de asma, desesperación, pesadumbre… un panorama desolador. Estoy regresando de California, escenario de los fuegos más devastadores y asesinos de la historia moderna de ese estado. Las imágenes desgarran los ojos… carros calcinados cuyos ocupantes no tuvieron tiempo de sacarse el cinturón, muchos desaparecidos, miles de millones en pérdidas materiales.

Para muchos son imágenes distantes, como las que vimos en recientes tsunamis y deslizamientos al otro lado del mundo.

Pero recordemos también que para toda esa gente, las imágenes que vinieron de Puerto Rico justo después del huracán María eran igualmente desoladoras.

Y es que estos fenómenos son parte de un panorama que se ha vuelto demasiado familiar y que las redes sociales lo acercan aún más.

Lo peor es que parte de estos daños pudieron haberse evitado si hace 20 años hubiésemos presionado a nuestros líderes a lidiar con el cambio climático y adoptar medidas más responsables. Para entonces, Bill Clinton y Al Gore intentaron hacerlo en Kioto, presentando el asunto como una inversión o un seguro contra desastres. El Congreso votó en contra.

Imaginen si los gases con efecto de invernadero de las últimas dos décadas no estuviesen cautivos en nuestra atmósfera… ¿Cuantos fuegos hubiésemos evitado? Cuán menos intensos serían huracanes como María? ¿Cuántas casas o cuántos postes de electricidad no hubiesen cedido? ¿Cuántas playas no estuviesen erosionadas? ¿Cuántos corales no se hubiesen enfermado?

Es incalculable.

Aunque el cambio climático no es la causa de estos fenómenos, sí sabemos que es factor contribuyente para el alza en la temperatura del mar, la intensidad de los huracanes, las olas de calor, las sequías, de la interrupción de ciclos naturales, de cosechas saludables, y de fuegos como los de California.

Da rabia tener que decirle a nuestros hijos: “lidien con esto, porque nosotros no fuimos capaces de modificar nuestro modo de vivir o de consumir”.

En mis viajes nunca quedé tan desconcertado como esta vez en California. Aún estando a 150 millas del fuego, la calidad del aire registró peor que en cualquier otra ciudad del mundo, incluyendo a Pekín, Ciudad México o Nueva Delhi.

La mayoría de la gente en San Francisco sale a la calle con máscaras pues el impacto para las vías respiratorias puede ser grande, sobretodo para las poblaciones más vulnerables como niños y ancianos. Ese particulado se aloja en los pulmones por mucho tiempo.

Encontrar una máscara en una farmacia era tan imposible como encontrar una batería en Puerto Rico semanas después de María.

Es triste cómo estos desastres acentúan las diferencias sociales, afectando más a los más pobres, comprometiendo su salud, vivienda, seguridad, y cavando un hoyo del que se hace más difícil salir.

Recuerdo que en el pasado las máscaras de gas eran un artículo que utilizábamos en demostraciones para protestar asuntos ambientales como una planta generadora de electricidad o un vertedero, pero jamás pensé que durante mi vida tendría que utilizarla para respirar al salir de un lugar con aire acondicionado.

Después de regresar de California, los escenarios presentados en películas como Blade Runner o Dystopia no me parecen ciencia ficción.

El último informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de las Naciones Unidas, que reúne a cientos de los científicos más reconocidos del planeta, suena la alarma que solamente nos queda un poco más de una década para que estos escenarios sean irreversibles.

Exijamos a nuestros gobernantes actuar por un futuro diferente.

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