Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El fuego que no se acaba

El gobernador Ricardo Rosselló regresó ayer de España, donde pasó unos días espléndidos promocionando a la isla en un foro de turismo. Puede decirse que esos fueron de los últimos días felices que va a vivir como gobernador en este cuatrienio.

Antes de aterrizar, desde las alturas, a medida en que su avión se acercaba surcando las densas nubes y surgía desde la profundidad de las brumas la silueta verdosa de la isla, algo capturó toda su atención: una espesa humareda negra, levantándose en espiral hasta fundirse con el cielo como un río sucio enrareciendo el mar.

Es su administración ardiendo intensamente por las cuatro esquinas. Al aterrizar, al gobernador no le quedó más que acercarse a los escombros de lo que fue su gobierno y ver si entre las ruinas humeantes queda algo que se pueda rescatar. Es muy triste decirlo, porque es algo trágico que ya hemos vivido como país demasiadas veces. Pero la amarga verdad es que una vez ocurren fuegos como el que se desató esta semana en el gobierno de Rosselló, es demasiado difícil detenerlo.

El fuego esta vez se llama Julia Keleher. Desde esta semana, a nadie le queda duda ya de que la que fue hasta el lunes uno de los principales rostros del gabinete de Rosselló es objeto de una pesquisa federal de corrupción.

De cosas así, pesquisas de corrupción contra su gente más notable, lo hemos visto demasiado ya, los gobiernos no se recuperan.

Keleher no era cualquier integrante del gabinete de Rosselló. Era su secretaria de Educación. El gobernador le tenía toda la confianza.

Le entregó con los ojos cerrados la grave tarea de tratar de reformar el sistema educativo, con medidas la mayoría de las veces muy polémicas.

Medio país, por no decir tres cuartos de país, reaccionaba consternado ante la voracidad con la cual Keleher desmantelaba el sistema de educación, sin que nadie más tuviera alguna participación significativa en el proceso, a pesar de lo esencial que es para todo Puerto Rico tener un modelo de educación pública que funcione.

El gobernador nunca prestó atención a los que querían decirle que tuviera precaución por la manera en que Keleher estaba dinamitando el sistema educativo.

Claro, podía entenderse que el gobernador, como muchos de nosotros, entendiera que el sistema necesitaba una transformación severa, rotunda y rápida. Pero buena parte del país, incluyendo gente fuera de partidos que piensa mucho en estas cosas, sentía horror por las cosas que estaba haciendo Keleher. El gobernador nunca prestó atención.

Hoy sabemos que hay cosas mucho más serias a las que Rosselló tampoco prestaba atención. Trascendió que Keleher es investigada desde el año pasado por la División de Integridad Pública del Departamento de Justicia en Washington, que sospecha que la exfuncionaria traqueteaba con contratistas de la agencia.

Como parte de esa pesquisa, desde el año pasado se allanó la residencia de una consultora de la empresa privada de la que Keleher era dueña antes de ser secretaria. Se sabe también que el 20 de septiembre del año pasado, cuando el país observaba conmovido el primer aniversario del huracán María, un gran jurado federal le requería a un banco en Puerto Rico toda información que tuviera disponible sobre la entonces secretaria.

Desde bien temprano el año pasado, es vox populi en ciertos círculos que a Keleher la estaban investigando.

Gente del Departamento de Educación llevó a la Legislatura y a Fortaleza alegaciones de que Keleher iba con frecuencias a viajes de los que volvía con propuestas ya cocinadas que, dicen, trataba de empujar a la cañona entre sus contratistas preferidos.

El mismísimo presidente de la Cámara de Representantes, Carlos “Johnny” Méndez, dijo en perfecto español que él hace tiempo recibió informes de actuaciones dudosas de Keleher y las llevó a Fortaleza, que no hizo nada de lo que se tenga conocimiento. Cosas como esas que dice Méndez, de quien nunca se ha sospechado que quiera mal al gobernador, es que le complican demasiado las cosas a Rosselló.

¿Nunca le llegaron las quejas de Méndez ni de otros? ¿No le pidió Rosselló cuentas a Keleher? ¿Nunca tuvo ninguna suspicacia? ¿No tiene nadie el gobernador que pudiera ir y decirle al oído “mire, gobe, están diciendo tal y tal de Julia”? ¿Nunca sentó a su secretaria y le dijo “Julia, dime la verdad”? ¿No se enteró nunca el gobernador de que, según ha trascendido, a la secretaria de la agencia más grande del gobierno el FBI andaba hasta mirando vídeos de donde ella vive? ¿No hay nadie en todo Puerto Rico que quisiera tanto a Ricardo Rosselló como para soplarle esto de lo que se venía hablando hace tanto tiempo?

Estas son las preguntas que todo el país, más allá de círculos políticos, se está haciendo. En los círculos políticos, la cosa va un poco más allá. Se preguntan qué relación con todo esto puede tener el que un hermano del gobernador, Jay Rosselló, quien es abogado, haya sido contratado en 2017 por un bufete de Washington interesado en el tema de las escuelas chárter en Puerto Rico.

Ese bufete, de paso, refiere a Jay Rosselló a cualquier cliente suyo que quiera montar una chárter aquí.

La jefa de Ética Gubernamental, Zulma Rosario, de quien tampoco se puede decir que le tenga antipatía a Rosselló, ordenó el viernes investigar el posible vínculo de Jay Rosselló con el Departamento de Educación.

Ese es el fuego voraz que días atrás empezó a la administración de Ricardo Rosselló. Hasta la semana pasada, se puede decir, llegó su gobierno.

Experiencias anteriores dicen que estos fuegos no hay cómo apagarlos. Se desarrolla un ambiente febril.

Se desatan las filtraciones, los rumores, la histeria y el paroxismo. El tema se convierte en un fantasma que sigue al gobernador día y noche. En cada aparición pública, tiene que dedicar un buen rato a hablarlo, no pocas veces ya exasperado.

Lo sabe el papá del gobernador, Pedro Rosselló, cuya era en elgobierno fue definida por la plétora de casos de corrupción que llevó a la cárcel a sus más cercanos colaboradores.

Lo sabe Aníbal Acevedo Vilá, que estuvo la mayor parte de su cuatrienio enredado en una pesquisa que lo llevó a ser el primer gobernador acusado de cargos criminales en la historia, aunque hubiera sido absuelto una vez ya había salido del poder.

Y lo sabe Alejandro García Padilla, que pasó buena parte de su término lidiando con el caso Anaudi Hernández, por el cual desfilaron ante un gran jurado gente de su más estrecha confianza, incluyendo uno de sus hermanos y que llevó a la cárcel a un amigo íntimo, a una jefa de agencia y altos ejecutivos de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA) y de la Cámara de Representantes.

Cuando ese aguacero empieza, no hay dios que lo pare.

Esto se da, para colmo, en medio de una campaña del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para pintar a Puerto Rico como el pueblo más corrupto del mundo, como pretexto para cortar el flujo de fondos de recuperación hacia la isla, porque, por racista, se le metió en la cabeza que los boricuas nos aprovechamos de los estadounidenses, y no viceversa.

Cualquier diría que es que de verdad nos merecemos que esto nos siga pasando una y otra vez.

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