Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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El futuro llegó

El futuro ha dejado de existir como posibilidad, porque desde hace unas semanas no hay que esperar por él. Cuando era niño la televisión transmitía una serie que asociaba el terror con el futuro, combinando las preocupaciones de la era atómica y la carrera espacial en la Guerra Fría. El recuerdo me lleva a suponer que se trataba de una temporada primeriza y en blanco y negro de The Twilight Zone. Varios fueron los capítulos que me impresionaron, pero hubo uno en particular que quedó grabado en la memoria. Más de una vez retazos de él han aparecido en mis sueños y uno de mis primeros intentos por escribir un cuento incluyó una versión de su imagen más trastornadora.

En el episodio el protagonista encuentra algo parecido a un cronómetro. En esa época este tipo de aparato era una suerte de reloj de bolsillo provisto de botones. Las peripecias del capítulo han desaparecido de mi mente, pero sobrevive la imagen más poderosa. El personaje vive en una gran ciudad muy parecida a Nueva York y cuando apretaba los botones del “cronómetro”, se detenían los movimientos de cientos de transeúntes a la vista y por extensión los de la humanidad entera. Al principio, el prodigio, el enorme poder que el hombre tenía en sus manos, era motivo de alborozo y placer, pero un día el “cronómetro” dejó de funcionar y la ciudad se convirtió en un páramo. La escena final mostraba al protagonista, condenado a la soledad, recorriendo calles en que ninguno de los que han quedado congelados en el tiempo le devolvía una mirada o una palabra, con la consciencia de que nadie le tocará ni acariciará y que una distancia enorme se ha formado entre todos esos cuerpos y él.

Abruptamente, el futuro llegó en los primeros meses de 2020. La pandemia del coronavirus adelantó el porvenir y lo que quizá tomaría una generación arribó en una quincena. La lucha contra la pandemia obligó a todos los ciudadanos de una sociedad a abandonar las calles, los trabajos, las aulas, los parques y estadios, una incalculable variedad de negocios y recintos. La humanidad vive en cápsulas, en algo así como un leprosorio panóptico y digital de proporciones planetarias. Todo humano está bajo sospecha, todo cuerpo material equivale a peligro mortal.

La tecnología compensa la radicalidad de las medidas motivadas por la pandemia. Teléfonos, tabletas y computadoras vienen a ocupar la función del “cronómetro” de The Twilight Zone. Sus funciones dulces son las del contacto: la llamada, el mensaje, la foto, las imágenes en vivo transmitidas para el orbe. Otras funciones permiten ir a clases, trabajar a distancia, consumir libros, música, películas u ordenar objetos. De esta forma el contacto corporal entre humanos se reduce al mínimo o se elimina por completo. Este era justamente el juego, el prodigio que disfrutaba el personaje al accionar su “cronómetro”.

En un artículo de José A. Delgado aparecido en este diario el pasado jueves, Joxel García, exdirector de la Organización Panamericana dela Salud, afirmaba que “Puerto Rico no está en la primera fase de la curva” y que “la crisis toma 12 semanas”. A García se le pregunta hasta cuándo se extenderá el distanciamiento social y el funcionario predice que “por lo menos hasta junio… si la curva baja en julio, entonces se puede considerar levantar el toque de queda”. Estamos a comienzos de abril. Faltan dos meses para junio, tres para julio. Nuestro planeta se ha convertido en un decorado de ciencia ficción. El exterior se recorre con equipos de seguridad: máscaras, guantes, líquidos exterminadores. Nos hemos convertido en alienígenas nativos, domésticos, humanos, demasiado humanos.

La emergencia salubrista trae un Caballo de Troya: la crisis económica. El encierro, la alienigización de la humanidad no es cónsona con los modos de producción económica que, pese a la retórica tecnologizante de nuestra época, siguen siendo fundamentalmente tradicionales y con un uso muy bajo de tecnologías. Hasta hoy si uno compra un aguacate, lo toma con la mano de una pila en un supermercado y lo lleva a la caja; si uno toma una clase se desplaza hasta un aula; si uno levanta una pared alguien pone con sus manos los bloques y mezcla el cemento.

Las dos crisis provocadas por la pandemia serán lo suficientemente prolongadas como para que se impongan cambios en la gestión cotidiana de casi todo. Sin embargo, la economía igual que el virus es oportunista. La economía y los virus funcionan por contagio, crecen en la medida que infectan.

No es descabellado suponer que la situación presente, que previsiblemente se extenderá por meses, será utilizada por fuerzas económicas para rediseñar sus maneras de actuar y por ello, para la reconfiguración de las maneras de obrar de sus empleados y consumidores. De esta forma, lo que ha sido en estas circunstancias medidas de emergencia extraordinarias, podrían pasar a ser usos cotidianos que normalizarían un estado de excepción. La educación dejaría de estar asociada con un lugar y se convertiría en un genérico servicio en línea, al igual que una infinidad de otros ofrecimientos profesionales. Casi cualquier intercambio humano tradicional puede versionarse en pantallas. Si no hace falta tocar a otro existe la tendencia (no sé si es una ilusión, un mito o una ofensiva oportunista) de traducirlo en torrentes de información electrónica.

Estamos a un paso de que esto se generalice como un virus: habrá muchachos y muchachas criados bajo las luces de las pantallas cibernéticas, anunciando que tienen relaciones con novios y novias que nunca han tocado y que pueden residir indistintamente en Suecia o Japón. Los verán a diario, estarán en contacto constante, conversarán con ellos compartiendo lo que será cena para uno y desayuno para otro. Los aparatos de realidad virtual crearán nuevas sexualidades y el más poderoso anticonceptivo. El predominio del cuerpo y del contacto hasta ahora vigente, puede relativizarse con esta pandemia y es aquí donde se traza la frontera entre dos épocas.

La afirmación me pertenece, pero estoy seguro de que es extensible a la gran mayoría de mis contemporáneos: el futuro llegó. Desde el día de hoy soy un viejo, alguien cuya época no volverá nunca más. Mi cuerpo es antiguo, enamorado de otros cuerpos, de otras materias sonoras, visuales o lingüísticas. A partir de este momento soy un aborigen perteneciente a una cultura en vías de extinción. De muchas partes, como el protagonista del episodio visto hace tantos años en una era predigital, están apretando los botones del “cronómetro”. Los cuerpos se detienen y las ciudades se vuelven páramos.

El que me lee lo hace en una pantalla. Este es el máximo de contacto. Mi presencia no crecerá más. El futuro llegó.

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