Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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El futuro ya pasó

No me explico por qué rayos uno recincide en la manía autodestructiva de ver los debates primaristas. ¿Será porque no hay suficientes series turcas en la tele? ¿O será que uno alimenta la perversa esperanza de que, entre sandez y sandez, los debatientes se entren a puñetazos frente a las cámaras?

Debe ser eso último. De otra manera, habría que concluir que el masoquismo ha superado a la resignación en el inventario general de nuestros valores nacionales. Pasar la noche escuchando al sobreviviente mayor del fortuñato y al príncipe heredero del rossellato repetir hasta la ronquera que la estadidad es la única solución a nuestros males puede infligirle daño cerebral irreversible a cualquiera. Y más cuando son nuestros presuntos salvadores de Washington quienes ahora se empeñan en apretarnos el torniquete colonial.

Menos mal que los populares no son dados a celebrar primarias para el puesto de vividor de Fortaleza. Prefieren el método digital o el sacrificio voluntario de algún ego en ayuno. Si insufrible resulta la cantaleta perpetua de la estadidad redentora, imagínense lo que sería someterse nuevamente a los mil y un malabarismos retóricos para definir la culminación del ELA. Porque a eso, al llantén por las difuntas empresas 936 y al repertorio de las promesas incumplibles por falta de chavos se reducen las patéticas propuestas del oficialismo moribundo.

La perspectiva de un gran debate de cierre entre los dos candidatos finales de los partidos dominantes es aún más disuasiva. Entre la asignación recíproca de culpas, el recital de generalidades y la machaca de consignas desgastadas volverá a transcurrir ese tedioso ejercicio para dizque dotar al elector de un criterio informado. Admitan que es como para salir corriendo hacia Plaza las Américas a curarse la crisis humanitaria a tarjetazo limpio.

Mientras tanto, se martilla sin tregua el engañoso tema del cambio generacional. Y es verdad que algunos pretendientes al trono insular todavía no alcanzan la senectud de los cuarenta. Pero la juventud no necesariamente garantiza buen gobierno. De gobernadores jóvenes y malas administraciones, ya hemos tenido nuestra cuota. Este año, el atractivo juvenil de ciertos aspirantes no logra disimular la flagrante vejez de sus ideas.

Nada impedirá, desde luego, que uno de esos sosos aspirantes se mude al Palacio de Santa Catalina el próximo mes de enero. Las elecciones, ya se sabe, no se ganan con plataformas de partido sino con el manejo hábil de mitos y símbolos. En momentos tan críticos como éstos, quien sepa proyectarse como portador de un porvenir halagüeño podría sonsacar el voto depresivo. En medio del desierto conceptual que nos rodea, quien logre transmitir alguna medida de entusiasmo a las masas descreídas llenará con hambre de ilusiones el vacío del desencanto.

Para operar esa magia, no existe mecanismo más poderoso que el de la nostalgia. Definida por el diccionario como la “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, posibilita el retorno imaginario a lo que se percibe – con razón o sin ella - como tiempos mejores. La contienda primarista americana ilustra a perfección ese emotivo estado mental que transporta al elector a un mundo anterior de felicidad figurada.

Con su grito de guerra Make America Great Again, Donald Trump se metió en el bolsillo la nominación presidencial del Partido Republicano. Sencillo en su insidiosa eficacia, el lema comunica un imperioso sentido de desagravio. La supuesta grandeza venida a menos de Estados Unidos delata la añoranza de una era de poderío militar y dominio blanco incontestados que urgiría, a toda costa, restaurar.

La misma fascinación idílica ejerce sobre los demócratas la presidencia de Bill Clinton, identificada con la prosperidad económica. Con suma astucia, Hillary Rodham ha puesto el recuerdo de ese paraíso perdido al servicio de su candidatura. Inclusive ha anunciado que, de llegar a Casa Blanca, convertiría a su controversial marido en una especie de zar de las finanzas gubernamentales.

Bernie Sanders no se queda atrás en materia de nostalgias electorales. Se trata, en este caso, de un recalentamiento exitoso del pensamiento tradicional de izquierda. Sanders ha osado reciclar en su país el lenguaje estigmatizado de la lucha de clases. Su persona y su discurso propician un “flashback” automático a épocas de intensa militancia. A sus enérgicos 74 años, ha sabido provocar un inesperado activismo político entre un estudiantado falto de inspiración combativa.

Movilizar la nostalgia boricua es otro cuento. Normalmente, el infante Ricky no tendría siquiera que yoguear en shorts ni bailar la macarena. Pero, para desgracia suya, los megaescándalos de corrupción acompañan en la memoria colectiva a los monumentos faraónicos del rey Pedro. Agitar las aguas del ayer tampoco le conviene a Pierluisi. Su asociación con las administraciones de Rosselló y Fortuño no es cosa muy añorable que digamos. En cuanto a Bernier, a menos que se envuelva en las brumas de la épica muñocista, también podría quedarse sin modelo funcional para un viaje nostálgico.

¿Será que el futuro ya pasó y sólo nos dejó este presente muerto con olor a refrito? Chequeen los delirios que es capaz de producir el consumo tóxico de los debates primaristas.

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