Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
💬 0

El gallo “Abelardo”

En uno de mis viajes a Puerto Rico, cuando iba caminando a visitar a mi madre, pasé por el parque de la calle Magdalena en el Condado y, para mi sorpresa, oí el canto de varios gallos kikirikí. Me paré en seco y vi un gallito joven que era parte de una familia. Había una gallina y tres pollos, dos hembras y el gallito que tomaban agua de un envase plástico que alguien les había dejado.

Me senté en el banco frente a Stella Maris para sacarles una foto para mi Facebook, y me puse a pensar en lo raro que se me hacía que, en medio del Condado, hubiera un gallito kikirikí. Había visto perros, gatos, salamandras, sapos concho, reinitas, cucarachas en nuestra casa en Condado, pero nunca había visto un gallito.

Seguí pensando y me acordé de que en la casa de mi abuela en la Alhambra, en Ponce, había un gallo que se llamaba “Abelardo”, y en lo raro que era para mí de niño oír un gallo en el patio de la casa de mis abuelos.

Lo raro venía de un sentimiento profundo que combinaba el goce que siente un niño con los animales, y la sorpresa de encontrar un animal del campo en lo que yo pensaba era una casa moderna de la ciudad. Cuando pregunté por qué había un gallo en la casa, me dijeron que “Abelardo” era necesario para que la gallina ponedora pusiera los huevos que tanto le gustaban a mi abuela, y que ella se comía pasados por agua todos los días por la mañana. Esta explicación me resultó más curiosa todavía porque yo no estaba acostumbrado a comer nada que no saliera del supermercado que había cerca de mi casa.

También me parecía raro que el gallo tuviera nombre. Yo estaba acostumbrado a darles nombre a los perros, y a llamar “Mishu”, a los gatos, pero nunca había pensado que un gallo pudiera tener nombre. Nunca le pregunté a mi abuela por qué le habían puesto así. Creo que pensé que era una de esas excentricidades de ella y de su familia que les ponían nombres rarísimos a sus hijas que aludían a los mitos clásicos, como Fredeswinda, y que les gustaba vivir en lugares con nombres exóticos como la Alhambra.

Pero muchos años después, no recuerdo dónde, leí que mi abuela era muy amiga del escritor puertorriqueño Abelardo Díaz Alfaro.

También me enteré que don Abelardo tenía un programa radial mañanero en Ponce. Até cabos, y pensé que lo del nombre del gallo era un chiste de mi abuela que se burlaba de su amigo que contaba cuentos que volvían al mundo perdido del campesino puertorriqueño por medio de un aparato moderno como la radio. Y no se daba cuenta de la ironía del asunto.

Pero el canto del kikirikí también tuvo otro efecto en mí. Recordé que en esa misma esquina donde yo estaba sentado tomándole fotos al gallito, y donde me sorprendía de nuevo la extraña unión del pasado y el presente, de lo antiguo y lo moderno, allí mismo había pasado una tragedia.

En la intersección entre las calles Magdalena y Cervantes, se habían llevado a mi amigo de infancia, Rafael Vizcarrondo, para robarle el carro y para darle una muerte terrible. En mi memoria, esa esquina del parque marca mi traumática salida de los muros protectores de cemento que rodean la casa de mi familia en el Condado, y que me permitían vivir la versión isleña de la “vida de Riley” y mis privilegios de la loza.

En esto yo no era tan diferente del gallo “Abelardo” que vivía tan campante en medio de Ponce con su corte de gallinas ponedoras en el patio de grama manicurada de la casa de mi abuela durante los turbulentos años del 60.

El kikirikí del parque me despertó la conciencia de que todos tenemos que salir de nuestros patios privados tarde o temprano.

En mi caso fue más bien tarde, y no sé si para bien o para mal. Pero no importa. Lo importante es que le debo al gallo “Abelardo” la conciencia de mi ambigüedad en Puerto Rico.

Otras columnas de Benigno Trigo

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La quiebra y la fe

El escritor Benigno Trigo argumenta sobre la importancia de la fe en momentos difíciles, como la quiebra de la Iglesia

💬Ver 0 comentarios