Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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El generoso corazón

Donald Trump aúlla, herido y sangrante su orgullo, desde los lúgubres pasillos de la Casa Blanca y acá tiemblan las puertas, las ventanas y los corazones, como si otro huracán nos estuviera abofeteando con su aliento asesino. Cada vez que Donald Trump se queda solo, coge su teléfono, abre la aplicación de Twitter y se pone a ver Fox News, lo sabe el planeta, fortunas pueden desaparecer e imperios estremecerse, no digamos ya la fragilidad de casa de naipes que tiene todo lo importante en una colonia.

Se lidió con él, con Donald Trump, como con un niño con rabieta cuando se le quiere dormir; se bajaron las luces, se habló bajito, se procuró que ninguna puerta fuera cerrada ni abierta, abruptamente. Se le trató como a una pieza de cerámica, con extrema delicadeza, midiendo el pulso cada vez que se le iba a tocar, ensayando donde se le iba a poner y poniéndola después, estudiando la dirección y el patrón de los vientos, no fuera a ser que una ráfaga inquieta la tumbara y la hiciera añicos.

“Thanks Mr. President”. “You’ve given everything we have asked for”. “Thank you your leadership and continuos support”. Eso más se le dijo desde acá, no pocas veces engolando la voz, siempre con sonrisas afectadas.

De nada sirvió. La verdad, como la guerra, es un monstruo grande que pisa fuerte y nunca puede ser del todo controlada desde los operativos de propaganda de ningún gobierno. Los 3,000 muertos a consecuencia del huracán María que el gobierno aquí quiso ocultar lograron desde la ultratumba llamar la atención de Donald Trump, que siempre siente que todo gira en torno a él y el presidente creyó, allá en su cabecita loca, loca, loca que todas las noticias al respecto lo culpan de algo a él, personalmente.

Echó humo por nariz y oídos, agarró el teléfono, abrió Twitter y ahí fue: dijo que la cifra había sido inventada por los demócratas, imaginen, para hacerlo lucir mal a él; alegó que la cantidad de muertos subió por arte de magia y, por último, el viernes por la noche difundió la cita de un comentarista de noticias con una merecida fama de antihispano diciendo que “el pueblo de Puerto Rico tiene uno de los gobiernos más corruptos de nuestro país”.

Ahí, pues, el presidente de Estados Unidos, el jefe de estado de Puerto Rico –por Puerto Rico ser una colonia de Estados Unidos–, el “líder del mundo libre” como le llaman con cierta rimbombancia, insultó a las víctimas de María y sus familias, al gobernador Ricardo Rosselló al imputarle ser parte de una conspiración demócrata para hacerlo lucir mal y a todos los puertorriqueños, al hacerse eco del planteamiento racista de que el gobierno boricua es más corrupto casi que cualquier otro.

Bueno que nos pase, dicen algunos. Podemos aprender de todo esto, si queremos, decimos otros.

Lo primero es verle el pelo a los que desde la óptica del colonizado o del politiquero (cuál peor de ambas) quieren hacernos creer que la asistencia que da el gobierno federal de Estados Unidos asus territorios y ciudadanos después de un desastre natural es por “generosidad”. Así lo plantean sobre todo los que, por razones de preferencia de status, quieren que los puertorriqueños sintamos alguna deuda de gratitud con el gobierno de Estados Unidos.

La verdad es que no, la asistencia del gobierno federal no tiene que ver nada con “generosidad” y sí mucho con las leyes que rigen la respuesta a desastres naturales en territorio estadounidense, sea un estado o sea colonia. Esas leyes tienen que cumplirse quiera o no el presidente.

La asistencia de FEMA no se debe a que los americanos sean muy buenos; se debe a que invadieron a Puerto Rico en 1898, nos mantienen como colonia desde entonces, a pesar de muchos reclamos y, por lo tanto, tienen la responsabilidad de asistirnos cuando lo necesitamos. Esto no tiene que ver siquiera con que los nacidos aquí seamos ciudadanos de Estados Unidos; tiene que ver con que como potencia colonial tienen responsabilidades para con nosotros, y hay leyes que así se lo exigen.

La respuesta de Estados Unidos, sabemos todos, lo sabe y lo ha reconocido el propio gobierno federal, ha sido deficiente. Eso tampoco tiene que ver demasiado con Donald Trump, quien, si por su generoso corazón fuera, no habría movido un dedo por Puerto Rico.

La respuesta fue deficiente porque FEMA no estaba preparada para lidiar con un huracán de la categoría de María. También, porque hay funcionarios de dicha agencia a los que hubo que recordarles que los puertorriqueños son ciudadanos de Estados Unidos y tendrían que haberse esforzado aquí como se esforzaron en Texas y en Florida. Por último, porque FEMA es una agencia extremadamente burocrática cuyos inamovibles requisitos no se ajustan a prácticas idiosincráticas muy antiguas en Puerto Rico, como es pasarse o dividirse terrenos entre parientes sin que medie ningún papel.

Por eso fue que, según un análisis publicado en mayo por la revista estadounidense Político, se asignaron muchos más recursos a Texas, azotada por Harvey, que a Puerto Rico, a pesar de que aquel estado sufrió muchos menos daños y estaba en mejor posición para resistir un fenómeno natural que nosotros. Por eso es que, según un análisis de este diario, las asignaciones de asistencia individuales en Puerto Rico son en promedio menores a las recibidas por los damnificados de ocho de los once huracanes que han azotado jurisdicciones estadounidenses desde el 2005, a pesar de que María es el tercero más destructivo de todos.

Algunas de esas deficiencias podían haberse subsanado con presión pública desde Puerto Rico, a su debido tiempo, en su justa forma. Pero el gobernador Rosselló y la comisionada residente Jenniffer González creyeron que alimentándole el ego a Donald Trump podían apaciguarlo o al menos lograr que no torpedeara las gestiones en favor de la isla. No vieron lo que todo el planeta ha visto ya, que el ego de Donald Trump es insaciable, que la lealtad ni los modales están entresus atributos y que con él nunca se gana.

Se dio esta ruptura en la misma semana en que el país, con ánimo todavía conmovido, se acerca al día en que recordaremos el primer aniversario de la devastación de María. No escogió Donald Trump cuestionar ni el estimado de daños, ni la cantidad de casas destruidas, ni el dinero que ha hecho falta para levantar la red eléctrica. Eligió cuestionar cuántos de nosotros murieron, él que en ningún momento ha dicho ni una palabra de empatía o solidaridad a los que de verdad lo perdieron todo a causa de lo ocurrido el pasado 20 de septiembre.

Donald Trump eligió hurgar en nuestra herida más profunda. Eligió darnos donde más nos duele.

Está la gente perpleja. No habíamos visto nunca a un presidente de Estados Unidos atacándonos de esa forma. Ordenando que nos invadieran militarmente, sí; designando a saqueadores y corruptos como gobernadores coloniales, también; negándonos la democracia por la que manda a sus soldados a morir a otros sitios, obviamente; urdiendo el engaño monumental del fraude del ELA, por supuesto; perpetrando o al menos consintiendo en la represión de independentistas, desde el día uno; ignorando los reclamos por atender la situación colonial, siempre.

Llamándonos mentirosos y corruptos públicamente, eso jamás.

Es que tenemos que pedir más, si es que más nos merecemos.

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