Luis Galanes

Tribuna Invitada

Por Luis Galanes
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El genio boricua en el huracán

En los días anteriores al arribo del huracán María a Puerto Rico, circulaba por las redes sociales una grabación de audio del comediante cubano Álvarez Guedes, en la que se comentaba sobre el tipo de recepción social que provocó la llegada de un huracán David de 1979 entre los puertorriqueños: “había una alegría en la calle, ¡pero una alegría!”

Aunque creo que este tipo de recepción ha variado desde 1979, no deja de resultar curiosa una especie de siniestra morbosidad estética de los puertorriqueños, a medio camino entre la atracción y la aversión, por presenciar un huracán de inmensa furia en cofradía de amigos y familiares. ¿De dónde nos viene este rasgo tan distintivo de nuestro mileu social?

Fue del Romanticismo de quien aprendimos esta forma de aproximación ética y estética de la naturaleza en sus estados caóticos. Los filósofos del romanticismo—siguiendo la máxima de Pascal de que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”—propondrán la existencia de un saber “originario”, superior al conocimiento científico; y que se revelaba al genio romántico sólo en momentos de caos y tormento.

Los románticos alemanes se referirán a este estado caótico como Strum und Drang (literalmente, “tormenta e impulso”), y encontrarán en la imagen de la naturaleza en caos—así como en la niebla y en el color gris—sus caracterizaciones metafóricas más aptas. La tormenta será el locus horridus en el que emergerá la verdad superior. Schelling dirá que “aquel al que la naturaleza se le aparece como algo muerto jamás podrá alcanzar aquel profundo proceso gracias al cual, como acrisolado en el fuego, nace el oro puro de la belleza y la verdad”.

Con la llegada del huracán, la fiesta deja de ser fiesta para convertirse en otra cosa. De forma repentina se escucha un ventarrón profundo, seguido por el crujir de un árbol roto. ¡Llegó el huracán! En ese momento, como dirá Theodore Roethke en su poema The Storm: “We wait; we listen. Alguien dice: “apaga la radio para poder oír el huracán”. Vano esfuerzo. Intentamos escuchar el huracán, pero no entendemos muy bien lo que nos dice. No podemos siquiera asegurar que en realidad nos está diciendo algo.

Borges también lo intentó en su nativa pampa argentina, con resultados similares: “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice, o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como la música…”.

Si bien es cierta la aseveración de Gayatri Spivak de que “el subalterno no puede hablar,” también lo es la aseveración de que, en la jerarquía de subalternos, la naturaleza ocupa el primer puesto. Intentar re-transmitir su mensaje sería embarcarse en un ejercicio de violencia epistémica. No será sin razón que Fichte caracterizará la filosofía romántica como “una no-filosofía, donde el ser reside en el no saber”.

Poco a poco, el recuerdo de lo que pasóesa noche se comienza a tornar efímero, grisáceo, nebuloso. Si tormentosa se torna la naturaleza en noches de huracán, tormentoso se torna también el recuerdo en la consciencia del sujeto que la contempla. A lo más que podemos aspirar es a lo que Goethe llamó “impresión sublime”. El paso del tiempo ya se ocupará de reorganizar los archivos de nuestra memoria para, obedeciendo un orden afectivo, reposicionar el recuerdo—que es en realidad un “no-recuerdo”—de la noche del huracán María en un lugar privilegiado. Y ya nunca volveremos a ser los mismos.

En los días y noches de huracán, los puertorriqueños somos románticos, radicalmente románticos. Nuestro barroquismo innato, nuestro apetito por el zurracapote, adquieren un sutil matiz romántico en los días y noches de huracán.

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