Leo Aldridge

Punto de Vista

Por Leo Aldridge
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El gobierno nos falló, una vez más

Lo que pasó en la Compañía de Fomento Industrial (Pridco) es una de las desviaciones de dinero público más grandes que jamás haya ocurrido en Puerto Rico en un solo día y en un solo y único evento. Ha habido timos más cuantiosos, pero esos – como el caso del Departamento de Educación bajo Víctor Fajardo – sucedieron con paciencia, de poquito en poquito. Este, en cambio, fue de sopetón.

En un solo día – el viernes de las Fiestas de la Calle San Sebastián – se esfumaron $2.6 millones que le pertenecían a los pensionados. A pocas horas de conocer sobre el timo, es importante tomar un respiro, darle pausa a la indignación que ha generado la noticia, y pasar revista sobre lo que se sabe y no se sabe en este momento.

Lo que el gobierno nos ha dicho a cuentagotas hasta ahora es esto: la transacción fraudulenta ocurrió el 17 de enero. El secretario del DDEC, Manuel Laboy, se enteró el 10 de febrero, casi tres semanas después. Supo lo que había pasado en una de las agencias de su sombrilla porque el FBI lo llamó a contárselo. Dos días después de enterarse, el jefe de finanzas de Pridco radicó una querella en la Policía. Hay una investigación federal corriendo. Supuestamente se identificaron a las personas involucradas, pero aún no se han revelado sus nombres ni su rol. También sabemos que el timo lo divulgó mediáticamente el propio DDEC y no un tercero externo, por lo cual el gobierno retiene algún control de la narrativa que continúa en desarrollo.

Sabemos, asimismo, que este evento provee municiones excepcionales para que Donald Trump repita su reclamo de que no se le debe dar dinero a Puerto Rico porque no sabemos cómo manejarlo. ¡Si hasta regalamos millones de los pensionados! La desconfianza en el gobierno local no es exclusiva de Trump. Los mismos puertorriqueños, a pocos meses de tener que pagar la planilla, se cuestionarán por qué remitirle su bien ganado dinero a un gobierno que es corrupto o, en el mejor de los casos, incompetente con la administración de los recursos.

Sabemos bastante de las consecuencias que tendrá este timo gubernamental. Pero restan aún muchos datos que desconocemos.

No sabemos, por ejemplo, si las personas involucradas en la transacción actuaron de forma negligente por carecer de estudios, experiencia o adiestramientos o si, por el contrario, operaron con la intención criminal de desfalcar al gobierno. La distinción es fundamental, no sólo para la suerte de esos funcionarios si no prospectivamente de cara a las acciones correctivas que sin duda alguna tendrán que adoptar quienes están a cargo de la ciberseguridad del gobierno. No es lo mismo la actuación concertada de unos funcionarios determinados a robar que una actuación por parte de personal no adiestrado ni capacitado que erró tratando de trabajar de buena fe. Hayan actuado negligente o criminalmente, lo cierto es que, hasta este momento, tampoco sabemos si los funcionarios del DDEC involucrados en la transacción de ese fatídico 17 de enero serán suspendidos o despedidos.

Si no fue un acto criminal interno de los funcionarios del DDEC, ni fue una actuación negligente impulsada por personal no capacitado que se dejó seducir por cantos de sirena cibernéticos, cabría la posibilidad de que ocurrió un hackeo. Tampoco eso lo sabemos.

Otros asuntos que hasta el momento permanecen en ascuas: ¿quién recibió los $2.6 millones? Porque alguien los recibió. ¿Están esas personas en las playas de Bali riéndose de los pensionados de Puerto Rico y vacilándose los controles de ciberseguridad del Gobierno?

Puerto Rico está en quiebra. No hemos pagado a nuestros acreedores por el pasado lustro. El Congreso nos envió una Junta de Control Fiscal. Crearon una ley fiscal especialmente para nosotros. Hay un presidente republicano y nacionalista que frena las ayudas a Puerto Rico porque dice que despilfarramos el dinero y que los políticos de la isla son corruptos.

El dinero, cuando es poco, se tiene que velar aún más celosamente. Sea por negligencia o corrupción, el gobierno nos falló una vez más. Y eso, aunque duele e indigna, ya lamentablemente casi ni sorprende.





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