Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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El gobierno: un periódico de ayer

Ya lo dijo el ponceño Héctor Lavoe: “Tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer”. Lo cito reconociendo mi debilidad por dicha música, tanto por su riqueza sonora como por su amplio caudal de sabiduría. Caudal que, con magia, se ajusta a las circunstancias.

“Periódico de ayer…”, grito de despedida y de despecho, convertido en símil del diario vivir. Despedida que también aplica a los negocios e instituciones, tanto privados como gubernamentales que no evolucionan, cambian o se renuevan. Una ruta que los convierte en nada más que “un periódico de ayer”. En eso pensé durante los años que serví como Secretario de Hacienda, particularmente al interactuar con instituciones tales como el Banco Gubernamental de Fomento, la Compañía de Fomento Industrial y la Autoridad de Carreteras entre otras. Todas éstas creadas en una época clave en nuestra historia por iniciativa de Rexford Tugwel, último gobernante norteamericano.

Tugwell, miembro distinguido de la escuela económica institucionalista, identificó la necesidad de establecer una serie de instituciones que sirvieran de zapata para el desarrollo económico del país. Instituciones que fueran más allá de un cúmulo de empleados en un edificio y que sirvieran de herramienta para moldear tanto el presente como en el futuro del país. Herramienta que, como dice el economista Catalá en su obra “Promesa Rota”, estableciera los parámetros sobre la forma de ver, organizar y hacer las cosas. Estas instituciones junto a otras de la época tales como la Compañía de Fomento Industrial, el Banco de Fomento, la Junta de Planificación, el Negociado de Presupuesto, la Autoridad de Transporte y la Autoridad de Comunicaciones fueron parte de ese gran proyecto institucionalista de los años 40 en la isla.

Con el pasar de los años nos hemos acostumbrado a tantas instituciones gubernamentales que ya nos olvidamos su razón de ser y su utilidad. Hemos llegado a un punto que, en muchos casos, más que necesitarlas, las toleramos. En la década de los 40, el desarrollo económico y social de la isla se logró, en gran parte, gracias a las instituciones que se crearon. Algunas de estas instituciones trastocaron lo que era la forma de gobernar hasta ese momento y sirvieron de agente de cambio y de progreso.

Pero Tugwell falló en enseñarnos (o tal vez nosotros en entender) que esas instituciones no podían permanecer estáticas ante un mundo cambiante. En algunos casos nos aferramos a ellas como un náufrago a una tabla, congelándolas en el tiempo, mirando los nuevos problemas bajo la misma óptica institucional y recurriendo a las mismas soluciones de siempre. En otras ocasiones dejando atrás sus raíces, mutando hacia el lado de la mala administración y el despilfarro como si el barril no tuviera fondo.

Ejemplo de lo primero es la Compañía de Fomento Industrial, arraigada a una forma de hacer las cosas que ya paso a mejor vida. Portaestandarte de un programa de “desarrollo económico”, bajo la sombrilla de la Secretaria de Desarrollo Económico, que se niega a soltar las herramientas que le fueron “exitosas” hace décadas. Por eso insisten en promover y atraer industrias a base de exenciones, créditos y subsidios que en ocasiones incentivan actividades que no necesitan incentivos por ser rentables y viables, en otras, incentivan industrias o sectores más por sentimentalismos del pasado que por su papel en el desarrollo económico. Podría escribir un libro de terror de las industrias que hoy gozan de créditos contributivos que cubren hasta 90% de los costos de operación (ej. La industria del cine) cuyos subsidios no van a la par con su aportación al desarrollo económico.

Ejemplo de lo segundo es el Banco Gubernamental de Fomento. Hoy moribundo porque evolucionó en la dirección incorrecta, no tan solo alejándose de las raíces que provocaron su creación en 1945 sino convirtiéndose en barril sin fondo del Gobierno Central y de los municipios. Convirtiéndose, además, en residencia de alquimistas financieros que pasaron por allí, creyendo que solucionaban los problemas del país con transacciones financieras, que más que atender los problemas, lo que hacían era generar comisiones para intermediarios.

Por eso, el camino a la reestructuración del país tiene que incluir como ingrediente imprescindible una revisión, reestructuración y rejuvenecimiento de nuestras estructuras gubernamentales porque es a través de ellas que vemos, organizamos y ejecutamos la política pública. En ausencia de esta renovación, estaremos mirando un país con unos anteojos con cristales con una receta de hace 70 años. Todavía nos preguntamos el por qué seguimos usando las herramientas de antes para solucionar los problemas de hoy. Nos guste o no muchas de nuestras instituciones no se justifican en el siglo 21, por lo menos como están diseñadas en la actualidad. A los que se aferran a ellas tengo que recordarles que: “todo tiene su final, nada dura para siempre…”.

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