Vanessa Droz

Punto de Vista

Por Vanessa Droz
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El grafiti del que nadie habla

Corre mucha indignación por los grafitis que los “manifestantes” de la marcha del pasado jueves, 23 de enero, dejaron en las paredes de establecimientos comerciales y casas en el Viejo San Juan. Y se entiende. Todo lo que atente contra nuestra zona histórica, contra nuestra bella ciudad murada, pone en alerta a todo el país. Y ello se aplaude

Hay muchas similitudes entre el Verano de 2019 y las recientes protestas. Una de ellas —los grafitis— solo se entiende si apuntamos a las otras.

Quienes vieron las transmisiones en vivo de lo sucedido, tanto en el verano como el jueves pasado, tienen que coincidir en que la Policía no actuó para detener a los vándalos. Casi inmóviles, los efectivos de la Policía permitían que se iniciaran pequeños incendios y que se vandalizara propiedad, ya fueran los responsables manifestantes “bona fide” o de “otra índole”. Esa permisividad funcionó en el Verano de 2019 para que el encono recayera en quienes protestan. Esa es una de las similitudes, pero hay más. 

Por la desidia gubernamental, murieron 4,645 personas debido al huracán María y se disparó la emigración. Por ineptitud gubernamental, después de los terremotos están en juego las vidas de más de 8,000 refugiados en el suroeste —que están sufriendo ante nuestros ojos— y se está disparando de nuevo la emigración. Ante ambos desastres, la incompetencia gubernamental ha sido evidente mientras se han hecho irrebatiblemente manifiestas la fuerza y generosidad del pueblo.

Los engaños y mentiras del estado han permeado las secuelas de ambos desastres. Los furgones después de María y el agua “perdida” en un aeropuerto. Ahora: el almacén con suministros de Ponce y otros más. Sobre el almacén de Ponce, la mentira institucionalizada tiene sus ejemplos más gloriosos en la gobernadora y en la alcaldesa; y sus expresiones sobre el estado de felicidad y contentura de los refugiados rayan en la insanidad.

En julio pasado, expuse en otra columna publicada en este medio que la verdadera destrucción del Viejo San Juan es la que se da lenta y silenciosamente por la negligencia del Instituto de Cultura Puertorriqueña, del Municipio de San Juan y de la Compañía de Turismo al no ejercer algunas de sus responsabilidades en la ciudad capital.

Ante los muchos y profundos problemas que tiene el Viejo San Juan, la preocupación por los grafitis me parece el resultado de una mirada decorativa y superficial (literalmente). Existe la percepción de que nuestra ciudad es un decorado que debe estar prístino para el turismo mientras, como dice la gente de Puerta de Tierra, “aquí vive gente”. Aquí vive y trabaja gente. Los molestos por los grafitis, ¿acaso se quejan de las ruinas o de cómo ponen en peligro las estructuras cuyas paredes medianeras comparten, más ahora en caso de terremoto? ¿Por qué no denuncian la fealdad o desdoro para la ciudad de algunas restauraciones? ¿Acaso protestan por la peste de las cunetas y de las basuras? La lista es extensa. 

Y sí, los manifestantes pintaron grafitis. El inolvidable Rodolfo Walsh decía que “las paredes son la imprenta del pueblo”. Algunos de los elocuentísimos grafitis que tanto han molestado son “Esto lo pintan y la gente sigue sin techo” y “El grafiti no mata, tu indiferencia sí”.

Empero, el grafiti más terrible es ese del que nadie habla —en palabras de Mario A. Agrait Reyes— quien lo señaló el sábado en Facebook: el cuadrado con una X en el medio que se le pone con aerosol rojo a las estructuras de la zona suroeste que no pasan inspección estructural porque están débiles, no habitables.

Ese es el grafiti del que hay que hablar, en el que hay que pensar en estos momentos; el grafiti que debemos ayudar a borrar. 

Lea también la columna de Magaly García Ramis.

Vea: El brazo de la indignación no debe ser violento

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