Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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El gran “comeback” de lo escrito

Pero, ¿quién dijo que los jóvenes no leen? Seguramente fue un profesor aburrido o tal vez un editor amargado. Pues sí, claro que leen. Y también escriben. No hay más que asomarse al patio de una escuela, a las gradas de un estadio, a un vagón del tren urbano o a cualquier restaurant de comida rápida para contemplar un paisaje de cabezas inclinadas y dedos afanosos sobre una orquesta sinfónica de celulares.

Ironías de la historia. Cuando parecía que la lectura y la escritura ya habían pasado de moda, la telefonía móvil las relanzó. Y eso a pesar de la competencia desleal de la imagen. Videos, selfis, memes, series de Netflix, clips de YouTube, en fin, todo tipo de tentaciones gráficas irresistibles secuestran a cada instante el ojo y la imaginación del transeúnte virtual. Asombra que, bajo ese asedio incesante, la expresión escrita haya logrado plantar bandera en el ciberespacio. Y, más aún, que haya afincado su dominio con la creación de nuevos géneros.

Del mensaje telefónico al correo electrónico, del post al chat, del blog a las redes sociales, cada nueva forma de escritura va creando sus propias reglas. Los estilos telegráficos de la comunicación instantánea marcan un contraste notable con las pomposidades de algunos blogueros, las confesiones del usuario “facebookdependiente” o las diatribas rabiosas que, so pretexto de interactividad, infligen los odiantes a sus odiados.

En cuanto al lamento borincano de los profesores por el alegado desapego de sus discípulos a la lectura, admitamos que tiene su cuota de verdad. Los programas escolares no siempre asignan obras lo suficientemente motivantes para una juventud ávida de emociones y novedades. La posibilidad de apasionarse por un libro dependerá, en gran medida, del talento del maestro para entusiasmar a los alumnos y guiarlos en la exploración de universos desconocidos con potencial de encantamiento.

Hay quienes recomiendan un práctico cambio de formato, cuestión de avivar el interés del estudiante. Promueven, por ejemplo, los “e-books”, publicaciones digitales que pueden ser leídas en tabletas, celulares o computadoras. De más está decir que esa opción no cuenta con el visto bueno de los amantes incondicionales del olor de la tinta y del roce de la página. La lectura es una experiencia tan mental como sensorial, aseguran los defensores del libro impreso y encuadernado.

Ningún género de la ciberescritura es más útil y conveniente que el correo electrónico. Tanto así que, si no fuera por los paquetes entregados a domicilio, ya hubiera destronado al servicio postal. Hijo de la prisa y la impaciencia, el “e-mail” permite obviar la formalidad epistolar. Adiós cortesías retóricas, saludos protocolares y despedidas ceremoniosas. Para confirmar la recepción de un mensaje, basta con un seco “recibido” o un ambiguo “OK”. No dudo que existan otras fórmulas fulminantes para despachar situaciones espinosas como botar a un empleado o desahuciar a un marido sin contemplaciones.

Ya sea por descuido de dedos o por delito de ignorancia, la corrección ortográfica es una de las víctimas mayores de la premura con que se redactan los mensajes. En aras de la inmediatez, se inventan curiosos neologismos, abreviaciones experimentales y fantasiosos códigos de puntuación y acentuación. Sin olvidar el recurso de los llamados “emojis”, esas caritas con las que pueden saltarse ciertas efusividades embarazosas. En cambio, los obsesivos del perfeccionismo exasperan a los corresponsales con versiones enmendadas de sus textos y listas de erratas para salvar su reputación.

El “e-mail” es un producto perecedero y desechable pero no deja de representar un riesgo para la protección de la privacidad. La soledad del escribiente le hace perder su sentido de prudencia. No es lo mismo confiarse en persona a un oído benévolo que hacerlo a través de un mensaje escrito copiable a terceros. Los reenvíos se prestan no sólo para la difusión de datos y opiniones sino para la confrontación y el chantaje. Por eso a veces los interlocutores digitales abren cuentas alternas, adoptan pseudónimos y se fabrican identidades de resguardo.

En el territorio fantasmal entre la mente y la pantalla, se difumina la frontera entre lo real y lo virtual. La comunicación a distancia procura una ilusión de intimidad que alimenta la tentación del destape. Si a ello se suma la tendencia a “compartir” que persigue a “e-mailistas”, “texteros”, “facebookeros” y otros divulgadores “online”, no queda otra vía que la de reservar secretos y confidencias para un indispensable cara a cara, sujeto a la confianza que nos merezca el oyente.

Nunca se había leído y escrito tanto como en estos tiempos. Con sus errores, informalidades e indiscreciones, la palabra que pasa de un cerebro a otro a través de las pupilas ejerce una influencia determinante. Ahora faltaría redirigir el temible poder de los aparatos transmisores para evitar que terminen por dominarnos. Esperemos, contra todo pronóstico, que de esa vorágine de letras en tránsito surja una humanidad más sabia y menos egoísta.

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